La hipocresía de Zapatero y sus palmeros
El expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero
Zapatero ya sabe de dónde salieron las joyas encontradas en su despacho. Se las regaló el rey de Arabia Saudí en junio de 2007. Asegura que fue una atención “estrictamente personal”. Vamos: un pequeño detalle entre amigos.
Hay que tener mucho cuajo para después de esto seguir diciendo, como dice Sánchez, que sigue manteniendo su confianza quien fuese su secretario general. Hace falta desayunarse un sapo bien gordo para después seguir defendiendo los valores éticos de Zapatero, tal como hacen correveidiles mediáticos y partidarios socialistas.
La explicación no tiene sostén: el monarca saudí vino a Madrid en visita oficial y quien recibió el regalo vivía en La Moncloa porque era presidente del Gobierno. Si Abdullah hubiera querido obsequiar al ciudadano José Luis Rodríguez Zapatero, eligió una manera bastante oficial de hacerlo.
El expresidente sostiene que guardó las piezas junto a regalos familiares y de amigos, sin usarlas y sin conocer su valor. La tasación preliminar de Ansorena asciende a 1,3 millones de euros. Es verdad que una tasación puede revisarse. También que uno puede recibir un regalo y no saber cuánto cuesta. Lo difícil es imaginar que unas joyas de esa categoría pasen casi veinte años inadvertidas en una caja fuerte. Zapatero nos toma por tontos. Y sus palmeros se prestan encantados a hacer ese papel.
¿Por qué un obsequio recibido de un jefe de Estado durante una visita oficial se convirtió en propiedad privada del presidente que lo recibió? Zapatero podrá aportar documentos, discutir la valoración y defender ante el juez que no cometió ningún delito. Está en su derecho. Pero pretender que una visita de Estado explique el regalo y, a la vez, que el regalo no tenga nada que ver con el cargo es tomarnos el pelo.
Para explicar las joyas, Zapatero necesita recordar que era presidente en 2007. Para justificar que se las quedó, necesita que olvidemos que lo era. Y ahí están sus incondicionales, dispuestos a repetir la historia sin hacerse una sola pregunta.
La justicia determinará el origen de las piezas y si existe alguna responsabilidad penal. Mientras tanto, el expresidente nos pide que aceptemos una versión singular de la diplomacia: el rey saudí visitó oficialmente España y salió de La Moncloa habiéndole hecho un regalo privado a su inquilino.
Así da gusto ejercer el cargo de presidente. La visita era de Estado. Las joyas, al parecer, eran para su casa.
A. M. BEAUMONT