así lo hemos vivido

Sánchez pierde la batalla y las elecciones asoman: así hemos vivido una jornada frenética

Benjamín López

EnfoquES del Director

Sánchez, noqueado: baraja tres opciones y ninguna buena para él, aunque morirá matando

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Pedro Sánchez ha encajado esta madrugada un nocaut parlamentario. Junts tumba los dos decretos de vivienda, PP y Vox votan en contra y el PNV no salva la papeleta. El presidente se queda sin la operación con la que pretendía exhibir músculo social y, de paso, tapar el ruido de los sumarios. A partir de ahora baraja tres salidas. Ninguna es buena para él. Todas lo son, en cambio, para alargar la agonía.

La primera es convocar elecciones. No hay que descartarla. Sánchez puede ver una rendija en un mensaje tan populista como grosero: las derechas no me dejan aplicar mis políticas superprogresistas, votadme. El relato le sale barato. Él propone, los demás impiden, y la culpa es del bloqueo. No es probable que cuelgue. El votante ya ha visto el truco demasiadas veces y la calle, además, no está comprando el cuento del alquiler milagroso. Pero tiene al menos la posibilidad de intentarlo, y Sánchez nunca ha despreciado una ventana, por estrecha que sea.

La segunda es agotar la legislatura hasta el último día. Es la que, a tenor de sus declaraciones públicas, parecía preferir antes de esta derrota. Seguir en la Moncloa le permite algo que fuera de ella se le complica: tratar de controlar, ralentizar o condicionar los casos de corrupción que le rodean. El problema es que la corrupción no se disuelve por decreto. Los sumarios avanzan, las decisiones judiciales llegan y cada semana que pasa el coste de aguantar es mayor. Ceuta, las imputaciones y el incumplimiento de la Constitución no se aparcan porque el presidente decida no mirar el calendario.

La tercera vía, la más inquietante, la apuntaba hace unas horas el periodista Miguel Ángel Pérez: que no haya elecciones cuando toque. Para eso bastaría con declarar el estado de alarma o de excepción en Ceuta y paralizar el proceso electoral. España no puede esperar más ni aguantar más a un presidente sin apoyos suficientes, sin presupuestos y dispuesto a forzar la legalidad para no soltar el poder. Morirá matando. La duda es cuánto daño está dispuesto a hacer antes de caer.