La masa inflamada y la sinrazón al servicio del poder
Conexiones cerebrales
«La multitud ha sido en todas las épocas de la historia arrastrada por gestos más que por ideas: la muchedumbre no razona jamás». La frase, atribuida apócrifamente a Gregorio Marañón, adquiere una inquietante actualidad cuando la tensión social sufre repuntes agudos en momentos de particular relevancia sociopolítica, como los que vivimos.
El estudio del comportamiento del individuo inmerso en la colectividad, desde Psicología de las Masas, de Gustave Le Bon, hasta La Rebelión de las Masas, de José Ortega y Gasset, ha puesto de manifiesto que la inclusión en el grupo puede debilitar el juicio individual y hacer que la emoción desplace a la razón.
Sin embargo, la masa no crea las pasiones: las exacerba y libera al tiempo que diluye la responsabilidad, envalentona al individuo y cohonesta comportamientos extremos y moralmente cuestionables. Pero el fundamento de esta metamorfosis es anterior a la incorporación al grupo. Paradójicamente, la conducta irracional viene ya de serie en la estructura cognitiva del ser que se denomina a sí mismo inteligente.
En Pensar Rápido, Pensar Despacio, el psicólogo Daniel Kahneman distinguió entre un modo cognitivo rápido, automático e intuitivo, y otro lento, deliberativo y analítico. En 2002 recibió el mal llamado Premio Nobel de Economía por integrar la investigación psicológica en la ciencia económica y contribuir decisivamente al desarrollo de la economía del comportamiento.
El «pensamiento automático» es indispensable para la vida cotidiana, pero no conlleva necesariamente análisis crítico. Opera sobre creencias, experiencias, prejuicios y afinidades previamente asentados, filtra la información a través de ellos y genera respuestas sin exigir una examinación consciente. Se parece más al reflejo de retirar la mano de una superficie muy caliente que a someter una cuestión a verdadero escrutinio intelectual. Esta arquitectura cognitiva, moldeada por la evolución, favorece respuestas rápidas que, en determinados contextos, resultan esenciales para la supervivencia, como escapar de una amenaza repentina.
Las capacidades cognitivas superiores que hacen posible el pensamiento analítico (modo lento de Kahneman) se desarrollaron progresivamente sobre los mecanismos conductuales automáticos más antiguos, firmemente consolidados en nuestros ancestros. Por su complejidad integradora y lentitud, no constituyen nuestro modo basal de funcionamiento. Al contrario, exigen una intervención deliberada que interrumpa la respuesta automática, cuestione sus premisas y someta sus conclusiones a examen. Es decir, requieren proactividad consciente y volitiva.
Más aún, a menudo el razonamiento no actúa como juez de nuestras intuiciones, sino como su abogado defensor. El sesgo de confirmación nos lleva a seleccionar e interpretar la información de manera que preserve nuestras convicciones, una vía cognitiva menos exigente, y emocionalmente más reconfortante, que cuestionarlas.
A esta dificultad se añade el efecto Dunning-Kruger: nuestras limitaciones pueden afectar tanto a la calidad de nuestros juicios como a nuestra capacidad para reconocer sus deficiencias. En determinadas circunstancias, quienes tienen menor competencia tienden a sobreestimar sus capacidades porque carecen de los recursos necesarios para identificar sus propios errores.
En conjunto, todos estos elementos contribuyen a que los mecanismos rápidos, las respuestas emocionales y los atajos mentales que pudieron resultar críticos en determinados contextos, y que siguen dominando gran parte de nuestro comportamiento, opiniones, acciones y decisiones, limiten nuestra capacidad para juzgar adecuadamente la complejidad de las sociedades actuales. Su transformación ha superado, en muchos ámbitos, la capacidad de evolución de nuestra arquitectura cognitiva.
No es extraño, por tanto, que confundamos las respuestas automáticas con las conclusiones razonadas. Pero lo cierto es que tener una opinión no equivale a haber razonado para llegar a ella. Aun así, la inmensa mayoría de nosotros, en la inmensa mayoría de las ocasiones, consideramos que nuestras opiniones (no así necesariamente las de los demás) constituyen sofisticados productos del intelecto. Como dijo Descartes en Discurso del Método, «el sentido común [refiriéndose a la razón] es el bien mejor repartido: todo el mundo cree tener suficiente».
Esta limitación intrínseca supone un techo cognitivo que no puede superarse de forma espontánea ni inmediata por el mero hecho de describirla o denunciarla. Desarrollar capacidad metacognitiva en el grueso de la población requiere plazos muy superiores a aquellos en los que una sociedad puede deteriorarse irreversiblemente o colapsar bajo el peso de sus errores.
A estos condicionamientos se suma la heterogeneidad de la capacidad intelectual, del nivel educativo y de los conocimientos técnicos necesarios para evaluar con solidez las ideas, los conceptos y las propuestas, así como sus posibles efectos y consecuencias. Cuantos más requisitos deben concurrir para llevar a cabo un análisis fundamentado, menor es la probabilidad de que se reúnan simultáneamente.
Así, la mayoría de los ciudadanos nos exponemos a la influencia del grupo en una situación de gran vulnerabilidad cognitiva de base, por lo que no cabe esperar que la mera agregación produzca una colectividad más racional. Por el contrario, la interacción grupal puede generar conformidad, contagio emocional y polarización, y debilitar aún más el juicio autónomo. Y es precisamente eso lo que ocurre normalmente.
Surge así el comportamiento de rebaño, en el que las convicciones compartidas adquieren apariencia de evidencia y la adhesión se interpreta como prueba de su solidez racional. Una mayoría puede decidir, pero su decisión no es más verdadera por el mero hecho de ser mayoritaria. Al contrario, cuando la movilización emocional prevalece sobre la calidad del pensamiento, la razón de la fuerza se impone a la fuerza de la razón.
El rebaño obliga a la uniformidad, reprime con contundencia la alteridad, incluso cuando esta se limita a cuestionar parcialmente sus argumentos, y alimenta la amenaza tácita de expulsión del disidente, que es especialmente eficaz entre quienes son emocionalmente más vulnerables al aislamiento. La presión puede conducir al silencio cómplice y estratégico, o incluso a la revisión del juicio propio para adaptarlo al pensamiento dominante, dos formas de alienación que erosionan la dignidad. Lo más perverso es que todo ello ocurre mientras el individuo continúa creyéndose dueño de su destino y de su parte alícuota del común.
En estas condiciones de desamparo queda el ciudadano expuesto a la manipulación de aquellos que saben movilizar los resortes emocionales para explotar sus limitaciones cognitivas e intelectuales y están dispuestos a hacerlo. Quienes ejercen el poder o lideran la voz pública pueden así beneficiarse de la irracionalidad sin necesidad de haberla provocado. Si en el pasado la coerción se articulaba abiertamente mediante la fuerza bruta, hoy día se perpetra a través del abuso intelectual de forma sibilina.
Pero ni siquiera es imprescindible una intención torticera para arrastrar a individuos y colectividades hacia posiciones contrarias a sus propios intereses. El imperioso instinto identitario puede ser suficiente para hacernos seguir, obnubilados, la melodía del flautista de nuestro bando, sin preguntarnos adónde nos conduce.
El principal antídoto, no la solución definitiva, es la educación, entendida no solo como la adquisición de conocimientos, sino también como el ejercicio de las capacidades analíticas y el aprendizaje de su aplicación crítica a las circunstancias de la vida. Pero esta defensa tropieza con obstáculos difíciles de salvar.
El primero es el tiempo prolongado que exige, y que impide su aplicación inmediata. El segundo, el bucle consistente en que reconocer las propias limitaciones cognitivas requiere, en cierta medida, haber desarrollado ya la capacidad de hacerlo. Y el tercero, el poder político, del que depende en buena medida la orientación y el fomento de la educación: a las mismas limitaciones cognitivas que nos aquejan a los demás se suma la ausencia de incentivos para promover el juicio crítico que debilita la adhesión emocional de la que se vale.
Paradójicamente, la sinrazón se blinda en un círculo vicioso del que es difícil escapar porque somos incapaces de reconocerlo. Y aunque lo hiciéramos, carecemos de la capacidad de desarrollar las capacidades necesarias para librarnos de él. La mejor prueba de ello es que nada de todo esto va con usted, ¿verdad?