29-N El observatorio de Felip

“Te quiero, Begoña”: la política como telenovela

Un beso vale más que una rueda de prensa; una lágrima, más que una memoria económica; un ‘te quiero’, más que una explicación

Pedro Sánchez y su esposa, Begoña Gómez. Y un besoJESUS HELLIN / STUDIOMEDIA19

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Pedro Sánchez ha descubierto que, cuando el entorno se llena de expedientes, dimisiones y banquillos, nada despeja el ambiente como un beso en directo, una canción de Rusowsky y un “te quiero” coreado por tres mil militantes. El pasado fin de semana, en Fuenlabrada, el presidente del Gobierno convirtió un mitin de precampaña en una declaración de amor televisiva, con Begoña Gómez como coprotagonista, ovación incluida.

No es que el PSOE haya renunciado a hablar de vivienda, pensiones o Ceuta. Las ha mencionado, claro. Pero el gran titular, la gran emoción y la gran foto fueron el abrazo, el beso y las lágrimas. La política, que ya era espectáculo, ha dado el salto cualitativo al reality romántico: “La isla de las tentaciones de La Moncloa”.

Sánchez entró de la mano de su mujer, la besó sobre el escenario y le dedicó un mensaje que era a la vez íntimo, electoral y perfectamente coreografiado: “Nos han intentado quebrar de todas las maneras y han logrado justo lo contrario”. Después, el remate: “Te quiero”.

Es una escena humana, sin duda. También es una operación de comunicación impecable. Porque cuando la esposa del presidente está a la espera de juicio por presuntos delitos de tráfico de influencias y malversación, y la fiscalía a las órdenes de la Moncloa pide su absolución, la mejor forma de hablar del caso no es explicar hechos: es convertirlo en una historia de amor perseguido por el odio.

Así, cualquier pregunta sobre instituciones, responsabilidades o transparencia puede quedar automáticamente clasificada como “fango”, “persecución” o “ultraderecha”. No hace falta discutir el expediente: basta con señalar al villano de la película.

Lo verdaderamente sorprendente no es que Sánchez quiera a su mujer. Lo esperable, incluso lo digno, sería que la protegiera del circo político. Lo llamativo es que la haya convertido en activo de campaña: no como ciudadana privada, sino como símbolo, emblema y argumento emocional del PSOE.

Begoña Gómez, que apenas había aparecido en actos socialistas desde diciembre de 2024, regresó precisamente en el momento más delicado: tras el fin de la instrucción y con la causa encaminada a juicio con jurado popular. Y en lugar de mantenerla al margen del ruido, el partido la recibió con “Buenos días, Begoña, estás en tu casa”. Qué comodidad: la casa del militante. Qué práctica: el banquillo queda tan lejos cuando el escenario tiene luces, música y una grada que corea “qué bonito”.

El mensaje no es “evalúen los hechos”; es “voten con el corazón”. Sánchez sabe que la emoción desplaza al análisis. Un beso vale más que una rueda de prensa; una lágrima, más que una memoria económica; un “te quiero”, más que una explicación sobre por qué tantos asuntos acaban salpicando a quienes le rodean. Y funciona. La militancia se emocionó, los ministros aplaudieron, las cámaras dispararon y la noticia dejó de ser judicial para convertirse en romántica. El presidente no tuvo que desmentir nada: solo tuvo que amar en público. Es el viejo truco del prestidigitador, actualizado para la era del Tik-Tok.

Qué mejor defensa ante las preguntas incómodas que convertir al interrogador en un cínico, al ciudadano atento en un conspiranoico y al fiscal en un enemigo del romance

Sánchez ha demostrado, una vez más, que es un animal político extraordinario. Sabe convertir cada golpe en relato, cada ataque en agravio y cada debilidad en emoción. Esta vez ha elegido el género romántico, con beso, lágrima, canción de Rusowsky y público entregado. Si la política fuera el cine, ya le habrían dado el Goya a mejor dirección de desvío de miradas.

Porque qué mejor manera de responder a los expedientes de corrupción que rodean a su entorno que no responder, sino abrazar. Qué mejor forma de hablar de transparencia que no hablar de transparencia: declarar amor. Qué mejor defensa ante las preguntas incómodas que convertir al interrogador en un cínico, al ciudadano atento en un conspiranoico y al fiscal en un enemigo del romance.

El beso de Fuenlabrada no arreglará ningún proceso judicial, no aclarará ningún informe y no devolverá la confianza a nadie que la haya perdido. Pero sí consigue algo muy valioso: durante veinticuatro horas, los titulares hablan de “te quiero” y no de “a la espera de juicio”.

Al final, Sánchez ha entendido que en la España del vídeo viral no se gobierna con resultados: se gobierna con bandas sonoras. Y mientras el país discute si el presidente es un romántico incomprendido o un prestidigitador con corbata, él ya está buscando la próxima canción, el próximo abrazo y la próxima ocasión de que, cuando alguien mencione la palabra “corrupción”, la multitud responda, emocionada: “¡Te quiero!”.