| 19 de Octubre de 2021 Director Antonio Martín Beaumont

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El Rey Felipe y el Rey Juan Carlos, en 2015
El Rey Felipe y el Rey Juan Carlos, en 2015

No es Juan Carlos I, es España, estúpido

España libra una batalla entre demócratas y nacionalpopulistas en la que hay que posicionarse. Los pecados de Juan Carlos I son otra excusa, burda, para que los segundos se impongan.

| Antonio R. Naranjo Opinión

 

"La afrenta que se hace a un hombre debe ser tal que no haya ocasión de temer su venganza". Maquiavelo. El Príncipe.                                                                                                                               

"Es la economía, estúpido".  ¿Bill Clinton?

 

Todas las portadas se han llenado en las últimas horas de otra filtración de Moncloa según la cual el Rey Juan Carlos no volverá a España por Navidad, por un acuerdo del Gobierno con La Zarzuela, a falta de comprobarse si el Emérito obedecerá de nuevo o, esta vez, se plantará en Madrid en pocos días como es su intención confesada.

Es decir, por la misma imposición de Pedro Sánchez a Felipe VI, aceptada por éste con temblor de piernas, que ya obligó al anterior Jefe de Estado a marcharse de su casa en agosto y a abdicar en 2014 como primer y más ilustre trofeo del populismo que, como un virus, ya recorría las arterias constitucionales de España.

Entonces, como ahora, no pesaba sobre él ninguna imputación, ningún juicio y, mucho menos, una condena. Lo tuvo que aclarar el propio Tribunal Supremo, de manera oficial, viendo la caza de brujas desatada contra Juan Carlos I por los mismos que, vaya por Dios, defienden el fin de la Monarquía Parlamentaria, la demolición de la Constitución y la desmembración de España.

La falsa fotografía que de la sociedad española ofrecen la mayoría de los medios televisivos simula un inexistente apoyo de la calle a esa agenda perversa

Que son los mismos que quieren implantar la República guerracivilista, más de Largo Caballero que de Besteiro; más de Venezuela que de Francia. Y los mismos que quieren la independencia de Cataluña y del País Vasco por lo civil o por lo militar. Y los mismos que quieren soltar a los etarras e ilegalizar a VOX, presentando a Abascal como un peligro público y a Otegi como un apóstol de la paz.

Y los mismos que quieren asaltar el Poder Judicial. Y los mismos, en síntesis, que gobiernan en España por decisión de Pedro Sánchez desde que éste okupara el PSOE y lo transformara en una indigna herramienta al servicio de los peores enemigos del país que preside.

La desgracia para Juan Carlos es que se apellida Borbón y no Monedero. Este último se enriqueció cobrándole 400.000 euros a un país donde la gente se muere de hambre por un informe cutre de cuatro folios. Y no lo declaró. Cuando le avisaron de que tenía que pasar por el fisco, abonó la diferencia y su propio partido defendió que con eso iba volvía a ser un prohombre.

 

Con Juan Carlos I no vale. Da igual que Hacienda haya confirmado que no tiene cuentas en el extranjero. Da igual que no pese sobre él imputación alguna. Da igual que todas las causas sean teledirigidas por Dolores Delgado. Da igual que el origen del dinero de sus tarjetas sea la donación de un amigo y no un atraco a Venezuela. Da igual que el Supremo no le haya acusado de nada. Da igual que, para una inmensa mayoría, sus inolvidables logros pesen mucho más que sus lamentables pecados.

Y da igual que enterrara la Dictadura, impulsara la Democracia, frenara un Golpe de Estado y ayudara como nadie a España en el mundo en todos los sentidos, incluyendo tantos negocios internacionales, generadores de riqueza y empleo, en los que tal vez la recepción de maletines era un asunto de Estado, un peaje inevitable conocido por los Gobiernos y aceptado por ellos tras la oportuna consulta del propio Rey:

¿Y si para hacer el AVE de turno a la Meca hay que aceptar el bochornoso modus operandi de jeques que no cierran un trato si no va incluido en el viaje el reparto fraternal de millonarias canonjías, la caza de elefantes o el despliegue de rubias?

Solo es una hipótesis, obviamente ofensiva para el ciudadano normal, pero una sociedad adulta puede llegar a entender que determinadas reglas en las alturas es mejor no conocerlas para disfrutar sin más del resultado.

 

En el caso que nos ocupa, sin fabulaciones literarias y con los meros hechos en la mano, incluso da igual ya que tenga más de 80 años, esté solo y quiera volver al país que sí permite volver a su pueblo, entre aplausos, a tanto etarra con sangre en las manos. La coalición de Otegis, Rufianes, Echeniques y Lastras, erigida en Inquisición disfrazada de bruja de Salem, ha decidido que hay que quemarle en la hoguera.

Que hacer una complementaria en Hacienda es un pecado, pero gobernar con terroristas, sediciosos, defraudadores, plagiadores, estalinistas, atracadores de banco o presos es perfectamente presentable. 

Como Atila

Ese maximalismo impide hacer un juicio razonable sobre la reprobación moral que sin duda merece descubrir que el primero de los españoles no es también el primero de los contribuyentes, pues la sanción que se reclama no es proporcional a los hechos, sino una excusa para derribar la institución y con ello la última línea roja que a los bárbaros les separa de dejar la Constitución como la hierba al paso del caballo de Atila.

Esto no va de qué castigo merecen las andanzas de Emérito. Ni tampoco de un debate entre monárquicos y republicanos. Y ni siquiera de un enfrentamiento entre izquierdas y derechas: va, en este caso y tantos otros desde 2018 al menos, de una pugna entre demócratas y populistas en la que hay que posicionarse, sin ambages, aunque en el equipo elegido no gusten todos los jugadores ni todas las estrategias ni todos los objetivos.

En España no hay una lucha entre republicanos y monárquicos ni entre izquierdas y derechas, sino entre demócratas y nacionalpopulistas

Porque aquí no debe engañarse nadie: la ofensiva no es contra Juan Carlos I. Y ni siquiera contra Felipe VI, que algún día deberá plantarse un poco y recordar que reina desde Madrid y no desde Estocolmo. Ni siquiera es solo contra la Corona.

Es contra lo que simbolizan todos ellos: el último obstáculo constitucional, simbólico y anímico que les queda por desarbolar para abrir su famoso periodo constituyente, en marcha desde aquella moción de censura de 2018 y jalonada desde entonces de investiduras, pactos presupuestarios, acuerdos en Navarra, asaltos a la separación de poderes, indultos, ministerios de la verdad y todos los hitos que, en pureza semántica, constituyen una traición política al país que se dice servir.

La calle no está en eso

Todo ello ha sido reclamado a voces por Iglesias, Otegi y Junqueras, que son un peligro pero nunca engañan; y asumido por el Fausto de Moncloa en pago al apoyo de los Mefistófeles del nacionalpopulismo que le llaman presidente pero le tratan como a su mayordomo.

La falsa fotografía que de la sociedad española ofrecen la mayoría de los medios televisivos para simular un inexistente apoyo de la calle a esa agenda perversa, provoca que la escasa resistencia política y mediática al sanchismo se comporte temerosa, como extras de "El silencio de los corderos" convencidos de que es mejor callarse no sea que les critiquen.

Pero si no empieza a haber una reacción tranquila, argumentada, sensata y contundente a la vez, será los siguientes en el matadero. Si no han sido ya, sin darse cuenta, los anteriores.