| 18 de Mayo de 2022 Director Antonio Martín Beaumont

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Jueces, juezas, fiscales y fiscalas

Las redes sociales, en ocasiones, recogen pensamientos disparatados que reflejan la perversión de lo que la ciudadanía entiende por "justicia" y cómo los jueces deberían hacer su trabajo

| José Carlos Fuertes Opinión

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Hace unos días intercambiaba opiniones, en el que posiblemente sea el medio de comunicación social más pujante como es Twitter, sobre el acceso a la carrera judicial y fiscal. Discrepaba respetuosamente con mi interlocutor, de nombre twittero “la Toga Puñetera”, sobre el sistema de oposiciones que rige la entrada a la fiscalía o a la judicatura. En un momento del rico y siempre respetuoso intercambio de opiniones, recibí un mensaje que me gustaría analizar con todos ustedes de forma pormenorizada. 

Lo confieso, me quede sorprendido y en cierta manera absorto por las afirmaciones vertidas, por la “Toga Puñetera”. Parecía obvio que por su seudónimo y comentarios estaba hablando virtualmente con un miembro integrante del Poder Judicial. 

Mi interlocutor empezó su alocución de la siguiente manera: “La justicia requiere resiliencia”. Yo creía que administrar justicia requería una formación jurídica cuanto mayor mejor y una experiencia vital y humana para poder comprender los comportamientos inadecuados y antisociales.

Hablar de resiliencia es hablar de un estrés muy intenso que hace sufrir y del que, en el mejor de los casos, se sale fortalecido, aunque también los hay que quedan dañados de por vida, sobre todo cuando no se hace una valoración previa de tolerancia al estrés agudo y/o crónico.

Añadió mi interlocutor, “Si aguantas la oposición, lo aguantas todo”. Yo intente decirle en el obligado lenguaje lacónico de Twitter, que si sufres un sistema de aislamiento de unos 5 años de promedio tras la licenciatura, que además corre por tu cuenta o la de tus padres, tendrás suerte si no sales daño psicológicamente; en ese caso, y si superas la lotería del examen, podrás obtener plaza y empezar a aprender, no tanto en la Escuela Judicial o en el Centro de Estudios Jurídicos, sino en la práctica al lado de un compañero que te quiera generosamente enseñar. 

Su discurso prosiguió en los siguientes términos: “Además van los mejores expedientes académicos”. Los mejores expedientes académicos o están en despachos privados de alto nivel, donde los requisitos de entrada son muy diferentes, pero donde se tienen que revalidar día a día, o, bien, están en la Universidad investigando y creando doctrina, doctrina que junto con la Jurisprudencia guiará a los juristas en su proceder y manera de actuar.  

Para acabar su discurso añadió: “A ver si vamos a empezar a bajar el nivel para no traumatizar. Se puede mejorar, por supuesto, pero hay que garantizar un proceso selectivo objetivo”. Esto último ya fue épico, al introducir en la conversación el concepto de “no traumatizar”, es decir, mi interlocutor, juez o fiscal, empleando conceptos como dureza, resiliencia, aguante, sufrimiento y acabando con el de traumatizar. 

El trauma posiblemente se le producirá al opositor cuando sea destinado a un lugar y se encuentre solo, agobiado por asuntos sin resolver, con jornadas interminables y sin medios materiales ni humanos suficientes y con un salario exiguo; eso si le va a crear un trauma importante, como lo observo en mi propia consulta sin ir más lejos.

No obstante, me pareció una interesante conversación sobre todo haciendo un análisis psicopatológico, algo inevitable en un servidor, quien por cierto en todo momento estaba hablando sin saber con quién, aunque el, la “Toga Puñetera” si sabía perfectamente quién era yo. Curioso, ¿no les parece?

La forma de entrar y continuar en la carrera judicial tiene que someterse a una profunda revisión, y en mi modesta opinión, también a una reforma sustancial

La forma de entrar y continuar en la carrera judicial tiene que someterse a una profunda revisión, y en mi modesta opinión, también a una reforma sustancial. Al igual que debe ocurrir con mis colegas los médicos forenses (lo soy por oposición), quienes siendo médicos generalistas están obligados a informar sobre temas cada vez más complejos, y enfrentarse con avezados especialistas, emitiendo informes, por cierto, de los que muchas veces depende la libertad y la economía de los justiciables.

En mi opinión profesional, no es sano mentalmente el sistema actual para acceder a actividades profesionales tan relevantes socialmente y tan singulares en su ejercicio diario como las que estamos describiendo. Salir de una universidad, encerrarse por un tiempo no fijado en una casa, introducir memorísticamente más de 300 temas de derecho, para luego llegar y “vomitarlos” ante un tribunal variopinto compuesto por jueces o fiscales, profesores universitarios y letrados, dicen que es lo menos malo, lo más ecuánime, discrepo, no por referencias de terceros, sino por haberlo vivido muy de cerca. 

Ser juez es una forma de vida, al igual que lo es ser médico, o maestro, y por ello hay que prestar exquisita atención para que lleguen los mejores por sus mérito y capacidad jurídicas en este caso y, también por su equilibrio y madurez emocional. El sistema actual es manifiestamente mejorable.