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Rajoy desactiva el lobby de ultraizquierda y su añoranza de Aznar

Más grave parece la mal disimulada ansiedad de Pedro Sánchez, agazapado a la espera de ver si el Gobierno da un paso que justifique sacar apresuradamente la pancarta del "No a la guerra".

Manifestándose en la tribuna del Congreso.

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Hay determinados personajes en este país que tienen la curiosa habilidad de ponerse siempre en el lado equivocado. La última expresión de esa capacidad inagotable es la reedición del famoso "No a la guerra" que tanto éxito les proporcionó en tiempos de José María Aznar. Ahora, bajo el lema de "No en nuestro nombre", los de siempre han firmado un manifiesto y han convocado una manifestación contra el terrorismo, la islamofobia, las guerras, los recortes de libertades y los bombardeos aliados en Siria. Es decir, la equidistancia habitual entre los verdugos y las víctimas, entre los terroristas y los que sufrimos el terrorismo.

No hace falta ser muy avispado para adivinar quién apoya este infame manifiesto. Wyoming, Ada Colau, "el Kichi", Pilar Manjón, Pilar Bardem, Juan Diego Botto, Alberto San Juan, Couso... Todos lo tienen claro: frente a las bombas, flores; frente a las decapitaciones, una mesa de diálogo; frente a los prisioneros quemados vivos, una canción. No es buenismo tontorrón, es mucho peor que eso; es un lobby de ultraizquierda que busca objetivos mucho más altos que parar la guerra en Siria y que se aprovecha de la idiotez de una parte de ciudadanos bienintencionados y del odio y rencor al sistema de otros.

El manifiesto no hay por donde cogerlo. "Ni los recortes de libertades ni los bombardeos nos traerán la seguridad y la paz", afirma. A juicio de los firmantes, "si al dolor por las víctimas inocentes se responde provocando más dolor a otras también inocentes, la espiral será imparable". Quieren dar a entender así que los bombardeos se dirigen contra la población civil en lugar de ir contra los terroristas de DAESH. Bajo esa premisa falsa acusan a los gobiernos europeos de practicar "xenofobia institucional y bombardeos indiscriminados". Ellos, almas cándidas, se oponen por tanto a cualquier acción que conlleve "más dolor, más odio, más intolerancia, más muertes y menos derechos y libertades".

La verdad es que no hay nada nuevo bajo el sol. Todo era esperable y, además, no preocupa en exceso. A esos se les da por perdidos hace mucho tiempo. Más grave parece la mal disimulada ansiedad de Pedro Sánchez, agazapado a la espera de ver si el Gobierno da un paso que justifique sacar apresuradamente la pancarta del "No a la guerra". El viernes pasado enseñó la patita por debajo de la puerta. En una entrevista radiofónica dio total verosimilitud a una información de El País según la cual el Gobierno español habría ofrecido a Francia relevar a su ejercito en la lucha contra el yihadismo en Mali y República Centroafricana. No esperó a ver qué decía el Gobierno ni creyó lo que le había dicho Rajoy unas horas antes. Estaba ansioso por meter el cuchillo y sacar tajada. Luego resultó que la información fue desmentida por todos los implicados, por los gobiernos francés y español. Y Pedro se quedó con las ganas de desplegar la pancarta del "No a la guerra" que guarda, doblada y planchada, en un cajón desde tiempos de Aznar, junto al manual del buen "zapaterista" y otros recuerdos de esa época que tanto añora.

Rajoy lo sabe de sobra y por eso no va a mover un dedo antes del 20-D. Aunque en público los dirigentes del PP digan que no tienen nada que reprochar a nadie e incluso alaben el comportamiento de los demás partidos, en privado reconocen que las declaraciones de Sánchez escocieron y molestaron bastante. Y es que el líder del PSOE ya ha demostrado que es capaz de cualquier cosa para intentar llegar a La Moncloa. Pactó con populistas e independentistas tras las elecciones autonómicas y municipales y ahora, si viera la ocasión, no tendría reparos en enarbolar la bandera antibelicista si su calculadora electoral le dice que eso le va a dar votos.

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