| 20 de Mayo de 2024 Director Benjamín López

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Pedro el Destripador

Sánchez ha estado dispuesto a soplar y sorber, a aceptar lo uno y lo contrario, a vender y comprar lo que fuera con tal de compensar el modesto dictamen de las urnas.

| Antonio R. Naranjo Opinión

Lo he oído a menudo, en algunas tertulias, dicho a mi vera por gente seria con gesto solemne, aunque fuera una gansada: “Pedro Sánchez ha demostrado valor al saltar al ruedo”.

Uno, que es poco taurino, entiende sin embargo que un torero sale y que un espontáneo salta. Involuntariamente, los paladines del pobre Pedro nos han regalado una metáfora excelsa: la del tipo de la España de antes de la Iglesia de Pablo que le echaba cojones arrojándose desde la grada al ruedo para pedir una oportunidad.

Eso ha sido Pedro, aunque por buscar tanta oreja es posible que le acaben cortando el rabo. O la coleta. Reconocerle “valor” a un dirigente político que, en uno de los peores momentos de la historia reciente de España, lo ha hipotecado, condicionado, negociado y aceptado todo al único objetivo personal de ser presidente, con apenas 90 de los 350 diputados electos es como, equivale a reconocerle mérito a Jack el Destripador por salir de paseo por la noche lúgubre de Whitechapel mientras andaba suelto un psicópata.

Sánchez ha estado dispuesto a soplar y sorber, a aceptar lo uno y lo contrario, a vender y comprar lo que fuera con tal de compensar el modesto dictamen de las urnas, que siempre se equivocan pero siempre tienen también razón.

Sánchez lo dejó todo claro cuando, la misma noche del recuento electoral y tras cosechar un resultado deplorable, lo calificó de histórico

En estos meses se ha visto a escondidas con Junqueras, ha mirado hacia otro lado cuando Podemos e IU invitaban al Parlamento europeo a Otegi, ha acudido a casa de Puigdemont, ha firmado con Rivera y a la vez ha querido hacerlo con Iglesias y, en el rizo supino del indecoro, ha presentado todo ello como una consecuencia del grito unánime de cambio clamado por la ciudadanía.

Sánchez lo dejó todo claro cuando, la misma noche del recuento electoral y tras cosechar un resultado deplorable, lo calificó de histórico e insistió en que quería seguir siendo el secretario general del PSOE.

Ese deseo, respondido con infinita torpeza con el silencio de Susana Díaz y tanto barón confortablemente aristocrático, delató un camino que luego ha cumplido fielmente: todo valía con tal de seguir al frente de lo que fuera, pero al frente.

Lo que ha hecho que vayamos a otras Elecciones y se frustre un razonable acuerdo entre PP, PSOE y Ciudadanos no es la negativa del primero y el tercero a entenderse; sino la insistencia absurda del segundo en encabezarlo.

Eso explica la resistencia en el acuerdo programático –que no de Gobierno- de Albert Rivera -¿para qué moverse si, al ser imposible el pacto, le ha permitido ocupar el escenario y agradar probablemente a los votantes moderados de los otros dos partidos?- y el rechazo de Mariano Rajoy a sentarse sólo con Ciudadanos -¿para qué adelantarlo, si se puede hacer detrás de unos nuevos comicios a los que llegar pretendiéndose única alternativa del centro y la derecha?- y retrata, una vez, al hijo de Sancho, patronímico mundano para un político mundano como pocos: le encanta asegurarse una pensión.

El mal que subyace de fondo tiene mucho que ver con las cosas del comer, con la agotadora profesionalización de la política como un camino sin alternativa en gentes sin oficio estable

El mal que subyace de fondo tiene mucho que ver con las cosas del comer, con la agotadora profesionalización de la política como un camino sin alternativa en gentes sin oficio estable que han hecho de este oficio el segundo más antiguo de la humanidad: quizá si el concejal más joven de España, Javier Arenas, no fuera ahora el exconcejal más viejo; o quizá si Esteban Ibarra hubiera dejado la presidencia de Jóvenes contra la Intolerancia en lugar de rebautizarlo como Movimiento; al ya sentenciado líder socialista le hubiera dado algo más de alipori convertir en asunto de Estado el más prosaico acto de supervivencia propia.

El valor es hijo de la prudencia, no de la temeridad; decía Calderón, y aunque Pedro Sánchez es un temerario, la insólita complicidad de tantos en sus aventuras desarrapadas describe perfectamente a España y explica el auge de otro tipo que va, coge y dice que los medios de comunicación son un coñazo tras haber bailado el ego en ellos y que la solución a todos los problemas consiste en hacerle caso a él, a otro señor al que no se le entiende y a uno más al que es mejor no entenderle.

Porque Pablo, Echenique, Errejón y toda la batukada que hacía el bobo en la cafetería de la facultad a la edad en que usted y yo criábamos callos en las manos son el epítome de un país poco instruido y siempre convencido de que la culpa es de otro y el esfuerzo también.

Pablo, Echenique, Errejón y toda la batukada que hacía el bobo en la cafetería de la facultad a la edad en que usted y yo criábamos callos en las manos son el epítome de un país poco instruido

Con ser repulsivo el ejemplo de tanto Pujol, tanto Bárcenas y tanto ERE; ninguno de ellos ni lo que representan -un zafio poscomunismo vintage, una antigualla ideológica kamikaze y una chulería púber indocumentada- se explican en la corrupción y no del todo en la crisis económica; pero sí en la combinación letal del infantilismo de Zapatero y la falta de escrúpulos de Pedro Sánchez, dos moñas de la misma madera que lanzaron la iletrada idea de que los derechos dependen de los valores antes que de los recursos.

Que Pedrito se vaya a su casa no es una cuestión ideológica, sino la única manera de que el PSOE vuelva a ser decisivo para estructurar España tras demasiados años amamantando a un respetable que no tiene edad ya de teta pero se aferra a ella como un koala al tronco de un eucalipto.