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Largo de aquí: el odio étnico de los socios de Gobierno

Al nacionalismo exacerbado y canalla se la han dado numerosísimas concesiones políticas para que los herederos de ETA apoyen el sanchismo.

Largo de aquí: el odio étnico de los socios de Gobierno

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Pamplona, Navarra, Día de la Hispanidad. Un hombre de color (de color negro, para ser exactos; es un joven cubano) rodeado por una jauría abertzale (siempre suelen atacar así, una cáfila de exaltados en manada) que le intenta agredir por llevar la bandera de España en España. Y qué poquito bombo mediático se le dio en las subvencionadas teles bajo control gubernamental (que son la mayoría), tan acostumbradas a montar su tinglado propagandístico con otras agresiones intrascendentes, manipuladas o inventadas.

Es innecesario un vídeo para saber que determinadas zonas de Navarra y del País Vasco son un estercolero totalitario lleno de desquiciados patriotas aranistas, con ese racismo violento que exudan por cada poro.

Y Bildu, como socio prioritario del gobierno más pérfido e inmoral que ha conocido la democracia, afila el colmillo para esquilmar lo máximo posible a una ciudadanía que tiene que hacer como que no sabe lo que son, a cambio de que hayan dejado de matar, mientras se abandona a esos pequeños núcleos de resistencia al nacionalismo; un nacionalismo que ejerce de forma implacable su hegemonía social, cubierto de una radicalismo pegajoso, contumaz, que arrastra desde los de las parafilias ideológicas tribales más aberrantes hasta la izquierda iliberal.

La trágica evidencia de la incompatibilidad de esas ideas reaccionarias, agresivas y excluyentes con un modelo de convivencia y de civilización sin estar expuestos a los comisarios del pensamiento.

Sacó Bildu también, y mediante su rostro más reconocible, Arnaldo Otegi, un cartelón virtual que simulaba en el centro de Bilbao el Alde Hemendik (Fuera de aquí) que siempre dedican los afables proetarras a la Guardia Civil, con el silencio ecuánime de la Fiscalía, tan ufana en otras bagatelas, que ahí no ve odio ni nada que se le parezca.

Los guardias civiles, olvidados y menospreciados incluso por su propio ministro, en esos pueblos de paisaje idílico convertidos en un albañal infecto, con todo en contra y sin los recursos necesarios, son los verdaderos héroes en territorio hostil, y bueno es reconocerlo

Además de haber asesinado a 210 de ellos, los quieren desterrados de su privilegiada tierra milenaria, que no manchen más con su presencia los entornos nunca romanizados ni la supremacía de la etnia vascuence promocionada por los del Rh negativo.

En caso de no poder mandarlos extramuros, les basta con amedrentarlos a ellos y a sus familias, acosar a los niños en las escuelas y, si surge la oportunidad como surgió en Alsasua (de nuevo ceporros en manada) poder dar una paliza sin distinguir agentes de sus parejas, aprovechando que en casos así el entusiasta feminismo de cuota suele mirar para otro lado. Mujeres, sí, pero poquito.

Los guardias civiles, olvidados y menospreciados incluso por su propio ministro, en esos pueblos de paisaje idílico convertidos en un albañal infecto, con todo en contra y sin los recursos necesarios, son los verdaderos héroes en territorio hostil, y bueno es reconocerlo. El último bastión galo contra el imperio; en este caso un imperio de xenofobia que lo carcome todo, donde aún rezuma la agria humedad de la sangre derramada.

A ese nacionalismo exacerbado y canalla se la han dado numerosísimas concesiones políticas para que los herederos de ETA apoyen el sanchismo. No sé si se dice poco o mucho, pero hay que decirlo más, con especial énfasis, después de la ley de Memoria Democrática que contenta a Mertxe Aizpurua (nunca una cara fue tan manifiesto reflejo del alma) y las exigencias frente a los presos que alegran a Txapote, el asesino de 14 personas, Miguel Ángel Blanco entre ellas, y que ya disfruta, como tantos otros compañeros de armas, de unas instituciones penitenciarias en manos del PNV.

Sánchez, incapaz de desoír su naturaleza de mentiroso compulsivo y epigenético, ya inmune a las hemerotecas que lo retratan como un cínico pertinaz, se entrega sin pudor a una espiral de abyección donde mientras va perdiendo apoyos entre propios y extraños, va ganando control sobre las instituciones del Estado, encastillado su poder. Un poder hasta ahora se ha demostrado incapaz de detenerse ante nada. Ni ante la más mínima dignidad.

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