| 08 de Diciembre de 2022 Director Antonio Martín Beaumont

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Dos de dos no es casualidad, es soberbia

La impuntualidad por segundo año consecutivo del presidente del Gobierno solo puede interpretarse de una manera

| Ely del Valle Opinión

El año pasado ya fue muy comentado el retraso de Sánchez que llegó más tarde que los Reyes al desfile del 12 de octubre, y en esta ocasión lo ha vuelto a hacer saltándose de nuevo, no solo el protocolo, sino también esa norma de educación que es la puntualidad y que se supone que le va en el sueldo 

El gesto no puede ser fruto de la casualidad. En medio de una campaña publicitaria a mayor gloria de su persona, el presidente ha debido pensar que más vale quedar como Cagancho en Almagro delante del Jefe del Estado que aguantar unas cuantas decenas de segundos de abucheos y de gritos del público asistente pidiendo su dimisión. 

Horas de grabación perfectamente estudiadas para su documental no pueden quedar empañadas por culpa de un puñado de energúmenos incapaces de darse cuenta de que no hay primer ministro en todo el globo terráqueo más alto, más guapo y con más asesores que él. 

La premeditada impuntualidad de Sánchez solo ha servido para destacar la profesionalidad del Rey

El gesto, a medio camino entre el afán de protagonismo y la cobardía de no querer aguantar el chaparrón, que por lo visto Sánchez piensa instaurar como costumbre, solo ha servido para destacar el del Rey que, aparte de sacarle media cabeza para disgusto (seguro) del susodicho, le ha dado toda una lección de saber estar. Cualquier otro se hubiera esperado cinco minutitos más antes de bajar del coche para no privarle de la ración de improperios. Claro que los demás no estamos entrenados para no inmutarnos ante la soberbia ajena.

Dos de dos es demasiado como para buscarle otra explicación a ese minuto que Sánchez ha hecho esperar a don Felipe… a no ser que de tanto viajar en Falcon se le haya trastocado la medida del tiempo entre trayectos, o que  ese colchón que compró cuando llegó a la Moncloa tenga tal capacidad de arrullo que haya que despegarlo de él con rasqueta cada mañana aunque la cita sea la del Día Nacional del país que tiene el privilegio de gobernar y que le seguirá pagando un sueldo vitalicio cuando ya nadie le guarde un sitio en la tribuna de honor de ningún desfile.