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A propósito de Escolar y Cebrián

En realidad, todo el mundo ha hecho lo que tenía que hacer, y a partir de ahí el resto es espectáculo, un buen espectáculo, pero un espectáculo.

| Antonio R. Naranjo Opinión

Tuit (hay que empezar a dejarlo, las redes son ya la barra de un puticlub lúgubre de extrarradio) de ayer a media tarde:

Un abrazo gordo a @iescolar. Un buen tipo y un buen periodista con el que siempre es un placer debatir. Que lo siga haciendo muchos años”.

Tuit de medianoche:

“Vamos ya con la tertulia de @abarceloh25 en @La_SER, que es un sitio estupendo para debatir. Por si gustan y se pasan ustedes”.

Tuit de ahora:

Yo creo que Escolar tiene derecho a informar y opinar lo que le dé la gana. Y la Ser a contar con quien le parezca. Sin más”.

Los tres son míos. Ya me doy por vilipendiado a la voz de equidistante, bienqueda, abrazafarolas y todas las palabras que rimen con cabezón o terminen con el sufijo del sinónimo más espontáneo de cacerola.

En realidad, todo el mundo ha hecho lo que tenía que hacer, y a partir de ahí el resto es espectáculo, un buen espectáculo, pero un espectáculo. Nacho Escolar es un estupendo periodista, una persona lo suficientemente seria como para que sus notables prejuicios ideológicos pesen menos que su evidente oficio, su laborioso trabajo y sus conocimientos profesionales: ha hecho bien en contar, informar y opinar sobre algo que a su juicio le parece interesante, y es de un mérito incontestable que sólo necesite su propio permiso para hacerlo.

En este caso, la aparición en los ‘Papeles de Panamá’ de la exmujer del primer directivo del Grupo Prisa y, a continuación y ya fuera de ellos, sus negocios con otros empresarios en remotos lugares del mundo. Cebrián no es un cargo público y, en consecuencia, su vida y milagros personales y empresariales no me parecen especialmente noticiables. Pero entiendo perfectamente que a Escolar, a La Sexta o a El Confidencial les parezca primera plana. Sólo faltaría: son tres medios con contrastado criterio y un éxito que jamás llega por casualidad.

Es absolutamente normal que la empresa dirigida por Cebrián no quiera contar con Escolar ni ceder a sus periodistas al resto de medios que le han cantado los 40 Principales

En la misma medida, es absolutamente normal que la empresa dirigida por Cebrián no quiera contar con Escolar ni ceder a sus periodistas al resto de medios que le han cantado los 40 Principales: tiene poco sentido llevarles a los tribunales por mentir, según su interpretación, y luego mantener en la casa a quien tildas de mentiroso.

Yo, de haber sido Escolar, hubiese hecho lo mismo que Escolar. Y de ser Cebrián, lo mismo que Cebrián. No es tan difícil de entender, y en todo caso el episodio sirve para que nos preguntemos a dónde estamos llevando el periodismo, que siempre es hijo, reflejo y altavoz de su tiempo.

Antes las crónicas, como los libros, empezaban con un “Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados”; pero ahora terminan inevitablemente con demasiados “me cago en tu puta madre”, una frase especialmente premiada en tertulias transformadas en una lucha de gladiadores en la que todos queremos ser el de la lanza.

Nos quejamos mucho de las trincheras, pero las plumas se ha tornado azadas para excavar otro palmo

Nos quejamos mucho de las trincheras, pero las plumas se ha tornado azadas para excavar otro palmo, sacar otro quintal de tierra y echar en la cárcava algún cadáver glorioso o modesto que siempre termina oliendo.

Escolar es un tipo estupendo, quizá con Manuel Rico, Jesús Maraña, Antonio Papell o Javier Aroca; el mejor a ese lado del río para tener un debate serio sobre casi cualquier cosa: con todos ellos he tenido muchos, y de todos ellos he aprendido algo básico. En esta profesión, con las tertulias como henchido epítome del amor en los tiempos del cólera, no hay periodistas de izquierdas o de derechas; sino buenos y malos. Como en todas, ésa es la única clasificación.

Y Cebrián es una leyenda que, como todas las leyendas, escribe su historia con aguafuertes. Pero que, sobre todo, cobra por defender a su empresa: y esto empieza por no dejar que se convierta en altavoz de quienes la ponen en aprietos.

No hace falta que tenga razón para entender, en fin que prescinda de alguien que, felizmente, tiene su propio medio –bravo- y un montón más para que su voz sea escuchada. El único problema sería que no tuviera dónde, si a Évole no le parece mal que algunas tengamos dudas sobre su condición de catedrático de periodismo.

Hace unos días, en el aniversario del célebre Watergate, Carl Bernstein soltó una andana que tal vez sirva de aviso para todos, empezando por uno mismo. “La gente ya no está igual de interesada que antes en la verdad”. Su colega Woodward no le fue a la zaga al recordar el papel del mítico Ben Bradlee, director del Post, cuyas memorias son de obligada lectura para cualquiera que tenga curiosidad por la extraña convivencia del periodismo y la política y no se conforme con el maravilloso placebo de House of Cards.

“Fue un gran editor no sólo por lo que ponía en el papel, también por lo que alejó del papel”. Y creo que esta frase, postrera, sirve para los dos. Y nos sirve un poco a todos.

No me digan cómo, pero sirve. El resto es lucha libre. Y mira que nos gusta.