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Garzón, el guerrero que sólo servía de rehén

Alberto Garzón, entregado ahora de forma entusiasta a la coalición con Podemos, se presenta como la libertad guiando al pueblo, el famoso cuadro de Delacroix.

Garzón, caracterizado como John Snow, personaje de la serie Juego de Tronos

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Una simple imagen sirvió para saber que aquel tipo no servía de presidente del Gobierno. También los 90 diputados, que equivalen a invadir Alemania con las tropas de Luxemburgo, aunque sorprendentemente a no pocos tal locura les pareció una valerosa apuesta “por el cambio”. Pero ésta, más aparentemente inocente, era aún mejor.

Se veía a Pedro Sánchez zarandeando el Castejón calle abajo, junto a Pablo Iglesias, tentando a los leones del Congreso a decir aquello de “Que no me entere yo de que ese culito pasa hambre”. El líder del PSOE llevaba las manos en los bolsillos, la zamarra abierta, el pantalón prieto y un andar de pasarela de provincias, como en esos pases de modelo algo bochornosos que una Escuela de Peluquería organiza en Navidad con entrañables fines solidarios.

Estaba, y perdonen la expresión tan poco académica pero inevitable, arrimando cebolleta ante las cámaras de televisión allí congregadas, como si el balanceo de culo, las dos cabezas sobre Iglesias y las apreturas inguinales fueran en sí mismas un mensaje político ganador: “A éste me lo follo. Y a todos y a todas también”.

Eso había que mejorarlo, y Alberto Garzón lo ha intentado, abriendo la precampaña de la enésima campaña disfrazado de John Snow, al parecer un heroico protagonista de la misma serie de televisión que su ahora socio en Podemos le regaló al Rey en su primer contacto en el Parlamento Europeo.

Garzón, quien un día me contó en persona su paso como becario de la Universidad de Málaga como épico ejemplo de la ‘Juventud sin Futuro’ –bueno, otra cosa no, pero si algo tiene siempre un joven es eso salvo que te llames Janis Joplin o Jim Morrison- y demostración de un pasado laboral incontestable –se me pone la carne de gallina con tanta epopeya-; acompaña su imagen con varios textos sonrojantes.

“Soy la espada en la oscuridad. El vigilante del muro. El fuego que arde contra el frío. La luz que trae el amanecer” y varias más injustificables incluso en una redacción de niños de seis años para el Día de la Madre.

Ésa es la imagen elegida por Garzón, que como Woody Allen en una guerra sólo serviría de rehén, para presentarse a sí mismo como la libertad guiando al pueblo, el famoso cuadro de Delacroix que aquí inspira una versión cinéfila y, perdóneme don Alberto, un poquito gay: no se puede presumir de “escudo que defiende al pueblo” y tener esa pinta de extra en la escena del lavadero de coches en Zoolander.

Por ese mismo partido pasaron Santiago Carrillo, Gerardo Iglesias, Julio Anguita o Gaspar Llamazares; como por el de Sánchez lo hicieron Guerra, Gómez Llorente, Indalecio Prieto o Julián Besteiro; aunque el abismo sea tan amplio como el de poner en la misma lista a Belén Esteban y a Nebrija.

La respuesta de los dos partidos de la izquierda clásica al populismo cursi de Iglesias, al tertulianismo parlamentario y a la rimbombancia dialéctica –cuanto más pomposo es el lenguaje, más siniestras son las intenciones, decía Huxley-; ha sido mover el culo en la Carrera de San Jerónimo y embutirse en un traje de guerrero blandengue; una copia barata del original de Podemos con el que uno ya se ha fusionado y el otro intentará gobernar.

Lejos de desmontar su demagogia infantil, su manipulación emocional y su indigencia política –vean a Tsipras, ya bajando pensiones y subiendo impuestos-; “la espalda en la oscuridad” se ha vestido de Boabdil para entregarle hasta los calzoncillos al nuevo Rey de Granada a cambio de seis o siete diputados y el Kennedy de Ferraz le ha replicado marcando más paquete que él.

Que con ese paisaje, tétrico pese a su comicidad de quinceañeros de botellón ideológico, aún no esté del todo claro el imprescindible entendimiento entre PP y Ciudadanos, con el apoyo ocasional de un PNV que debe marcar distancias con tanta marea confluyente si no quiere vivir un Waterloo en Ajuria Enea; ejemplifica que tampoco en la derecha es sencillo encontrar un Alcalá Zamora, o al menos un buen constructor de puentes que en lugares como la Comunidad de Madrid ya han demostrado su eficacia para contener tanto Torrente revolucionario.

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