02 de Agosto de 2021 Director Antonio Martín Beaumont

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Tomás Gimeno, asesino de sus propias hijas Anna y Olivia
Tomás Gimeno, asesino de sus propias hijas Anna y Olivia

El mal existe: el caso de Tomás Gimeno y las pobres Anna y Olivia

El psiquiatra desmenuza científicamente al cruel asesino y lanza una reflexión sobre el tratamiento mediático del terrible caso que conmociona a España.

| José Carlos Fuertes Opinión

 

Mi opinión como profesional de la psiquiatría, y exclusivamente en función de lo que se esta comentando en los diferentes medios de comunicación y redes sociales, creo que el sujeto de Tenerife, de nombre Tomás Gimeno, autor presunto de la muerte criminal de sus dos hijas de 6 y 1 año, tenia (hablo en pasado por que es muy probable que se haya suicidado) un severo trastorno de la personalidad (inmaduro-histriónico-narcisista). 

Además, da la impresión que también poseía, por lo que ahora se cuenta y que durante un mes se ha ocultado al parecer para no hacer daño a la madre y perjudicar la investigación, una celotipia, es decir, una ideación de celos desmesurada, sin ningún fundamento lógico, absolutamente errónea, e irrebatible a cualquier razonamiento lógico (es lo que se llama también médicamente idea deliroide). 

Para hacernos una idea, el tal Tomás llego a contratar un detective para vigilar a su exmujer y saber que tipo de vida hacia cuando ya estaban separados. También llego a agredir a la actual pareja de esta, preso de un estado de descontrol de la agresividad. 

 

Además, parece estar acreditado por su biografía, la existencia de un abuso de sustancias estimulantes, severa dificultad para el control de los impulsos y una serie de conductas pseudopsicopáticas, llegando incluso a tener una relación afectiva mas o menos continuada, mientras su mujer estaba embarazada. 

¿De verdad que es posible mantener desde la óptica psiquiátrica que este sujeto no tenía cuando menos un importante desequilibrio/trastorno/alteración de la personalidad? 

A veces me da la impresión al oír ciertos comentarios que estamos volviendo a una especie de Inquisición, esta vez mediática y de las redes sociales.  Los llamados "expertos en ciencias de la salud” hablando en los medios de demonios y ángeles; de bondad o maldad.

También me produce mucho dolor cuando pienso en los padres del filicida: además del sufrimiento por perder a sus nietas tienen que soportar el rechazo

Estamos trasformando, de nuevo, la psiquiatría en demonología, como ocurría en la Edad Media donde el “Malleus Maleficarum”, libro de texto de la Inquisición, servía para diagnosticar los “estigmata diaboli” (los signos del diablo), y que eran la antesala de la terapéutica de la hoguera por donde pasaban los herejes, las brujas y los endemoniados. 

¿Qué autoridad científica tiene un médico, psicólogo, criminalista o criminólogo para pronunciarse sobre la maldad de los actos humanos? El médico psiquiatra debe hablar de signos y síntomas, de trastornos o enfermedades mentales, pero su credibilidad y competencia para hablar sobre lo bueno o lo malo, es la misma que la de cualquier otro ciudadano, en eso no es experto, por muchos años de ejercicio profesional que lleve. 

La hoguera de la televisión

Lo que estamos viendo estos días en las diferentes cadenas de televisión me resulta preocupante. Son especulaciones, opiniones, creencias personales sin base ni fundamento empírico, sin rigor metodológico, sin haber estudiado el caso en profundidad y sin conocer los pormenores del mismo. Se lanza una andanada de exabruptos que, eso si, encajan con el sentir popular y, además, como los dice un “experto” se convierten en un dogma, en una verdad científica. Grave error. 

Lo dicho, como sigamos así, dentro de poco volveremos a quemar en la hoguera a aquellos que sean desalmados y perversos, sin entrar en mas consideraciones. El caso de Tenerife vuelve a poner de manifiesto que la presión social impide o dificulta el análisis objetivo y empírico. 

 

Que conste que el tal Tomás me produce náuseas, repugnancia y rechazo frontal. Quede claro que me invade una enorme tristeza cuando veo esas dos criaturas “ejecutadas” por la sinrazón de un padre que, además, pretende hacer el mayor daño posible a su ex mujer, y castigarla indefinidamente con el tormento peor que se puede le hacer a una madre, matar a sus hijas e intentar dejarla en la duda eterna dificultando al máximo la búsqueda de los cuerpos. 

Pero también me produce mucho dolor cuando pienso en los padres del filicida, del presunto asesino, del tal Tomás, a la sazón abuelos de las niñas, cuando además del sufrimiento por perder a sus nietas tienen que soportar el rechazo y la hostilidad social mas o menos encubierta. 

El delirio de Tomás Gimeno

Cualquiera de los que hoy lanzamos insultos y dardos verbales hacia este sujeto, un día, un mal día, podemos tener un familiar que tenga ese tipo de conductas. Nadie estamos libre, por ejemplo, de tener un hijo que actué de esa forma, que tenga un desequilibrio mental y del que además nos sintamos erróneamente responsables por no haberlo educado adecuadamente, pero claro de eso es mejor no decir nada. Es mas fácil apuntarse al insulto visceral que al razonamiento sosegado. 

Insisto para que no quede ninguna duda, los actos y las conductas del filicida son execrables, horribles, nauseabundos. Solo el pensar en ello me produce, a pesar de mi larga experiencia en el mundo de la psiquiatría forense, un intenso malestar y una rabia incontenible. Pero, a pesar de ello, creo que este individuo ejecutó sus actos sabiendo lo que estaba haciendo, sin duda, pero ciego de un odio patológico y de unos celos contranatura y delirantes.

 

Dr. José Carlos Fuertes Rocañín. Psiquiatra y presidente de la Sociedad Aragonesa de Psiquiatría Legal y Ciencias Forenses.