| 20 de Mayo de 2024 Director Benjamín López

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Camarero, una de socialdemócratas

Es bien normal que ahora sean alternativa y que puedan permitirse resumir sus mutantes ideas en un panfleto de Ikea perfectamente adaptado a una tropa, la suya.

| Antonio R. Naranjo Opinión

Pablo Iglesias, o Errejón o Garzón, son comunistas porque podían permitírselo. Era esto o esquiar, como la gente bien, y lo malo de la nieve es que apenas dura tres meses. Se podía ser comunista todo el año, un lujo sólo al alcance de desocupados con algo más que un plato de comida caliente al volver a la casa paterna.

Hay un vídeo, bien conocido, que lo resume todo. Se ve a una amplia muchachada cantando La Internacional en un escenario que bien podría ser la fiesta de fin de curso de la hermandad Alfa y Omega o cualquier otra salida de ‘Porkys’.

 

En el rincón derecho, ante una legión tal vez famélica pero nunca sedienta, aparece un señor llamado Pablo Hásel, al parecer rapero e hijo de un exitoso empresario del sector de plagas y desratización –en casa de herrero-, que lleva la voz cantante junto a otros dos individuos, algo así como el pandereta de la tuna y un extra de la serie Weeds, que ondean una bandera comunista con el careto de Lenin estampado y ponen a prueba la resistencia de un micrófono a los gorgoritos.

Más allá ya irrumpe Pablo Iglesias, dándolo todo, aunque el todo sea algo inferior al de Errejón, que en evidente homenaje a la bebida soviética por antonomasia, se muestra dispuesto a socializar sobre la parroquia los litros de vodka ingeridos con sacrificio a la salud del camarada.

Hay un momento especialmente épico del que sólo parecen darse cuenta un señor ataviado con la camiseta de Brasil –viva Lula- y otro con una de Heineken –viva Ramoncín-. Pasadas las estrofas más conocidas de La Internacional, el maestro de ceremonias –le reconocerán por su atuendo casual y dos pendientes a juego con lustrosos sobacos- pone a prueba a Iglesias –Errejón ya debía estar preguntando por las existencias de B12- reta a Iglesias a seguir cantando las frases menos conocidas del himno obrero e incluso le cede el micrófono: Pablo, a mí no me pillas, cubre el expediente durante unos segundos con una perfecta sincronización con Míster Axila. Sólo fata Garzón, probablemente muy ocupado en esa mina oscura que siempre fue el paso de alumno a profesor de Universidad.

Todo muy loco. Hoy Hasél, procesado por manifestar su apoyo a ETA y a otros incomprendidos luchadores, sigue cantando rap, con rimas algo así:

No te doy mi culo,

te doy por el culo,

Culo obrero, culo quiero

Con mi culo hago lo que quiero.

No es suya, pero puede usarla. Se la regalo para un repertorio que incluye sagaces alegatos sociales con nombres como ‘La resaca no miente’ o ‘Lo siento, tengo ideales’.

Iglesias, Garzón y Errejón, en ese par de años transcurridos en que los colegas se han hecho más malotes, más Guevaras, más Chés y más legendarios sin perder una conexión con las bondades de la manutención heteropatriarcal; han evolucionado a socialdemócratas, algo así como ser del Villareal en una discusión entre merengues y culés.

A su edad, la gente normal no esquiaba y no podía ser comunista porque estaba ocupada en pagarse el bonobús poniendo copas

Y han sacado un catálogo/programa nórdico para resumir su nuevo ideario, tras la resaca. No deja de ser otro lujo que pocos pueden permitirse. A su edad, la gente normal no esquiaba –ellos sí, busquen la enternecedora foto de Pabli e Iñi en las lomas de Baqueira- y no podía ser comunista porque estaba ocupada en pagarse el bonobús poniendo copas.

Sus callos son, a ver si me cogen la metáfora, de quererse mucho a sí mismos, y con una trayectoria tan consentida, tan mantenida y tan chupi; es bien normal que ahora sean alternativa y que puedan permitirse resumir sus mutantes ideas en un panfleto de Ikea perfectamente adaptado a una tropa, la suya, que habla, chilla y se queja como si sus padres, abuelos o incluso hermanos mayores vinieran todos de Beverly Hills y hasta esta maldita generación España hubiera atado los perros con longaniza.

Algo habremos hecho mal, pero como excusa razonable digamos que tanta tontería nos pilló trabajando.

La Juventud sin Futuro, dicen, en una última parábola tediosa que sorprendentemente cuela: si algo no le falta a los chavales es porvenir, aunque sólo sea por una cuestión de edad. El triunfo del consumismo, que suena casi igual que el comunismo tan excitante para estos parias niños de papá.

Algo habremos hecho mal, pero como excusa razonable digamos que tanta tontería nos pilló trabajando.