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Ely del Valle

El "Memento Mori" que nadie se atreve a susurrar a Pedro Sánchez

Ni la Ley de amnistía, ni sus bajadas de pantalones ante Puigdemont, ni su papel de felpudo del BNG. La culpa siempre es de los otros

El "Memento Mori" que nadie se atreve a susurrar a Pedro Sánchez

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Cuando los emperadores y generales romanos volvían triunfales de una batalla, desfilaban ante el pueblo coronados de laureles. Si regresaban después de una derrota, lo hacían con la vergüenza y el deshonor de haber sobrevivido.

Está claro que eso era así porque Pedro Sánchez no vivió en la antigua Roma. Ni vergüenza ni deshonor tienen cabida en su particular diccionario, y prueba de ello es su reacción ante la debacle de su partido en Galicia: ni una mínima dosis de autocrítica, ni un entrecejo fruncido, ni un paso atrás.

No deja de ser admirable la capacidad de dar constantemente la vuelta a la tortilla de este presidente que, mal que le pese, pasará a la Historia, no por haber sacado a Franco de su tumba – gesto que como todo el mundo sabe, ha mejorado de manera notable la calidad de vida de los ciudadanos– sino por haber conseguido que al PSOE no lo reconozca ni la madre que lo parió, que diría Alfonso Guerra.

Como todo César que se precie, Sánchez se ha rodeado de una cohorte de vasallos que le ríen las gracias porque saben que su líder es muy de sacar el pulgar hacia abajo

Ahora resulta que el culpable de la bofetada que le han arreado los gallegos no la tienen ni la Ley de amnistía, ni sus múltiples bajadas de pantalones ante Puigdemont, ni su papel de felpudo del BNG. La culpa es, a partes iguales, del malvado PP que ha anticipado las elecciones para que a Besteiro no le dé tiempo a darse a conocer, y de los propios hijos de Galicia, que están desnortados y votan como pollos sin cabeza.

Y lo peor es que, como todo César que se precie, se ha rodeado de una cohorte de vasallos que le ríen las gracias porque saben que su líder es muy de sacar el pulgar hacia abajo en cuanto huele discrepancia.

Hoy para Sánchez, la derrota memorable es algo anecdótico, un capítulo sin importancia, una excentricidad de los gallegos que, aunque ellos no lo sepan, son de izquierdas, voten lo que voten. Y por eso, él va a seguir paseándose por España, y por lo visto también por Marruecos, como un general romano triunfante olvidándose de que aquellos, cuando aparecían ante su pueblo, llevaban consigo una esclavo que sostenía sobre sus cabezas la corona de laurel mientras les susurraba al oído «memento mori»: recuerda que eres mortal.

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