| 24 de Febrero de 2024 Director Antonio Martín Beaumont

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Pinocho de madera.
Pinocho de madera.

“Una mentira puede salvar el presente, pero condena el futuro” (Buda)

Cuando una persona miente repetidamente deja de tener una respuesta emocional de culpa ante sus mentiras, y esa ausencia casi absoluta de sentimientos de culpabilidad lo convierte en hábito

| Jose Carlos Fuertes Opinión

Hoy tenemos datos neurofuncionales suficientes para afirmar que, cuando una persona miente de forma repetida deja de tener una respuesta emocional de culpa ante sus propias mentiras, y esa ausencia casi absoluta de sentimientos de culpabilidad, hace que la mentira se convierta en una conducta habitual sin que origine ningún tipo de malestar. La conclusión neuropsicológica es relativamente sencilla: el cerebro de un mentiroso funciona de manera diferente, ya que sus circuitos cerebrales están adecuadamente entrenados para esa finalidad

 Por otro lado, si hay algo define y caracteriza al cerebro humano es su plasticidad, es decir, su capacidad de transformarse, que, aunque tiende a disminuir con el paso del tiempo, no desaparece nunca. En consonancia con lo anterior podemos aceptar psiquiátricamente, que la mentira no es otra cosa que una habilidad como cualquier otra, y que, como ocurre con la música, el deporte, la escritura, etc. para ser un “gran mentiroso”, bastaría en principio con practicarla a diario hasta convertirla en un hábito.

 Las neurociencias se han interesado desde hace tiempo por las mentiras y por todo lo relacionado con el engaño y nos están ofreciendo una información valiosa a la vez que inquietante.

 Las neurociencias se han interesado desde hace tiempo por las mentiras y por todo lo relacionado con el engaño y nos están ofreciendo una información valiosa a la vez que inquietante.

 Los datos que se manejan en neuropsicología y en neurociencias nos permiten afirmar que la personalidad mentirosa es el resultado (como suele ocurrir con el resto de las conductas) de una combinación entre la biología (genética) y el entrenamiento continuo (aprendizaje).

Quien empieza con pequeñas mentiras, estas, pasado un tiempo relativamente breve, algunos autores lo sitúan en no más de un mes, se convierten en un hábito que induce al cerebro a un estado progresivo de desensibilización. De esta forma gradual y continuada, las grandes mentiras duelen menos y llegan a convertirse en un estilo de vida.

Políticos mentirosos

Vemos, por ejemplo, lo que pasa, por ejemplo, con algunos políticos aferrados a sus mentiras, defendiendo su honestidad y normalizando actos que, por sí mismos son altamente reprobables e incluso pueden ser hasta delictivos. ¿Nacen o se hacen mentirosos? ¿Son conscientes de su conducta? ¿Es un trastorno de la personalidad?

Según algunos expertos en la materia, hay un componente biológico, pero también un proceso de entrenamiento, por lo tanto, se puede decir que nacen con una tendencia a la mentira, que posteriormente, se perfecciona. En este sentido son siempre conscientes de su comportamiento, pero la moralidad del mismo (lo bueno o lo malo) tiende a disminuir de forma intensa. Solo en aquellos casos en los que se produzca un perjuicio importante para sí mismo o para terceras personas se podrían considerar como un Trastorno de la personalidad

La estructura cerebral que más se relaciona con la mentira es sin duda la amígdala cerebral, que llega a modificarse cuando el hábito de mentir se establece como una pauta frecuente de conducta. En resumen, la observación empírica nos dice que el cerebro del mentiroso acaba prescindiendo de toda emoción o sentimiento de culpa.

 

En resumen, la observación empírica nos dice que el cerebro del mentiroso acaba prescindiendo de toda emoción o sentimiento de culpa.

En la revista Nature Neuroscience se publica un artículo muy completo datado en el 2017, donde se profundiza esto mismo.  Cuando la mentira es habitual, la amígdala deja de reaccionar, crea tolerancia y ya no emite ningún tipo de reacción emocional. La sensación de culpabilidad desaparece, no hay remordimientos ni preocupación alguna. El cerebro de un mentiroso, por así decirlo, se adapta a sus continuas falacias.

Memoria y frialdad emocional

Tradicionalmente se ha dicho que: “El mentiroso necesita dos cosas: memoria y frialdad emocional. Hay experimentos que constatan como la estructura cerebral de los mentirosos patológicos dispone de un 14% menos de sustancia gris. Sin embargo, presentaban entre un 22 y 26% más de materia blanca en la corteza prefrontal. Es decir, el cerebro de un mentiroso establece muchas más conexiones entre sus recuerdos y sus ideas. Esa mayor conectividad les permite dar consistencia a sus mentiras y un acceso más rápido a esas asociaciones. No obstante, todo ello son aspectos pendientes de confirmar en series más amplias de personas estudiadas.

 

Es decir, el cerebro de un mentiroso establece muchas más conexiones entre sus recuerdos y sus ideas. Esa mayor conectividad les permite dar consistencia a sus mentiras y un acceso más rápido a esas asociaciones

Todos estos elementos inciden en que el mentiroso importante nacería con esa cualidad. Más tarde, con un entrenamiento cognitivo continuado va a perfeccionar su conducta, al inhibir el estado emocional negativo de culpa que el ser humano desarrolla al mentir. El hecho de que la amígdala deje de reaccionar ante ciertos estímulos nos indica que la mentira continuada vamos perdiendo las consecuencias que nuestras mentiras tienen sobre los demás, y por lo tanto, se pierde también una característica esencial del yo humano.

Deseo de poder

 El “mentiroso habitual” (también llamado patológico, aunque este término es muy discutible), realiza esta conducta, además de por su “facilidad genética”, por una serie de motivaciones o estímulos, entre las más frecuentes están: deseo de poder, necesidad de estatus, tendencia a la dominación, por interés personal económico, como forma de compensar complejos de inferioridad, por comodidad y evitar excusas parciales.

 El mentiroso habitual y continuo (también llamado patológico cuando llega a cuasi creerse sus propios engaños) es, en la opinión del médico psiquiatra que suscribe, una anomalía, una alteración de la personalidad a caballo entre el narcisismo, la psicopatía, teniendo como característica esencial darse prioridad a sí mismo en detrimento de todos los demás.