| 18 de Octubre de 2021 Director Antonio Martín Beaumont

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Denúncieme a mí también, presidente

| Antonio R. Naranjo Opinión

La amenaza de acciones legales que La Moncloa difundió como primera respuesta a las informaciones de OKdiario y Abc sobre la tesis plagiada de Sánchez resume la implacable arrogancia del sanchismo, asentada desde una insólita minoría parlamentaria pero también desde un sistema asentado en el tuétano institucional de España sin el cual jamás se hubiera atrevido asaltar al Gobierno. 

Y también, en el caso de los escasísimos medios y periodistas que nos atrevemos a decir con la boca lo que vemos con los ojos, resume la escasa y valiente oposición a ese régimen preexistente que sobrevivirá a un eventual cambio de Gobierno en el futuro como sobrevivió -y siguió activo- durante los años de dominio del PP:

Sólo hay que mirar a la televisión para entender que el bochornoso asalto al poder, pese al escrutinio adverso de las urnas por dos veces en medio año y en compañía de todos los rufianes posibles, no hubiera sido posible sin una concatenación de voluntades políticas, judiciales, sociales y mediáticas que han estado siempre activas y ahora, logrado el fin de corregir a los ciudadanos y su torpe manera de votar, se quitan la careta para hacer lo de siempre sin discreción alguna.

El abordaje de RTVE, tan descarado como para poner de emblema al mismo tipo que ejercía de chequista desde el siniestro Consejo de Informativos; el bloqueo del Senado, la indefensión de Llarena o el suntuoso despilfarro de la pareja presidencial en aviones y helicópteros son el resumen de una manera de entender la democracia que considera justificable el uso de cualquier medio para lograr un fin: acceder y conservar el poder, desde la premisa cercana al fascismo de que ése es el estado natural de las cosas, obedece a una incontestable autoridad superior y merece ser impuesto aun a costa de corregir a los ciudadanos si por alguna razón piensan y votan de otra manera.

La gestión de la escandalosa carrera académica de Pedro Sánchez es el corolario de esa combinación entre la arrogante sensación de que son los buenos y esa impúdica utilización de todos los recursos y aliados para destruir, silenciar, apartar o estigmatizar a todo aquel que se atreva a contradecir el estado natural de las cosas.

Para un político que no ha tenido empacho en plagiar una victoria electoral ajena con tal de obtener la presidencia negada por los votos ni tampoco ha tenido reparo en apoyarse en los partidos que menos creen en el país cuya presidencia le han regalado; asustarse por una acusación de plagio académico o proceder tal y como él mismo exigía para casos idénticos, es tan improbable como que Torra deja de ser independentista, Garzón un niñato o Iglesias un jeta.

La amenaza a los periódicos  o la chulería contra Rivera en el Parlamento -"Os vais a enterar"- concentran en dos imágenes la respuesta a la pregunta que cualquier homínido razonable se ha hecho en las últimas semanas: ¿Cómo es posible que un tipo rechazado en su partido y en las urnas, aliado con lo peor de cada casa, entregado de un modo u otro al independentismo, chuleta de concierto y vividor de Falcón, acabe mandando y sobreviva ahora al bochornoso episodio de la tesis

Porque puede. Ésa es la repuesta. Es la misma para Iglesias y su palacete serrano. Y para Puigdemont y su fuga subvencionada. Y para Rosa María Mateo y su purga ideológica en la televisión de todos. La tesis copiada, a trozos que cuantitativamente serán del 13% o del 30% del total pero cualitativamente le convierten en un fraude académico y políticamente en un cínico insoportable, es el clímax de una manera de actuar y de pensar que se ha impuesto en España desde hace años y considera una anomalía a rectificar, como sea, que no gobiernen ni manden en todo los buenos.

El trabajo de Sánchez es un bochorno desde un punto de vista universitario y muy probablemente una porción del traje a medida que comenzó con su contratación en una universidad privada dirigida por un amigo del PSOE, continuó con la elaboración a varios manos de una tesis de chichinabo y coronó con el regalo de un doctorado por un tribunal repleto de amigos; pero tiene una virtud: describe, sin necesidad de citas, el modo de actuar y de pensar en una parte no desdeñable de la población española, con su correspondiente reflejo en la política y el periodismo, al respecto de quién debe gobernar, qué se debe pensar y cómo se tiene que actuar para el bien se imponga al mal al precio que sea menester.

Una vez que el actual presidente no tuvo reparos en plagiar la victoria electoral ajena para llegar a La Moncloa, despreciando a esos ciudadanos frívolos que por dos veces no le dieron en las urnas lo que era suyo, descubrirle que también plagió su tesis tiene toda la lógica y confirma la victoria de un relato político hegemónico en España que obliga siempre a las víctimas a dar más explicaciones que a los verdugos y presenta a éstos como ofendidos damnificados por quienes, simplemente, perciben y denuncian sus abusos.

"Rajoy obtuvo una plaza de profesor, sin competición alguna, en una universidad privada dirigida por el PP que le regaló el doctorado con una tesis plagiada en parte y con artículos de miembros del tribunal examinador que le calificó cum laude". Cuando los mismos hechos se juzgan de antagónica manera en función del color ideológico del protagonista y la denuncia de esa conculcación resulta más agresiva y paga un precio más alto que los hechos en sí, el paradigma de sociedad orwelliana está más cerca de imponerse que nunca.

Tener en La Moncloa a un señor con los votos de Bildu y sin los votos de los ciudadanos en plena tormenta independentista, que además carece de la "ejemplaridad" exacerbada que esgrimió para justificar el abordaje a La Moncloa en semejantes circunstancias predemocráticas, debiera provocar una respuesta sancionadora unánime.

Pero sólo la tiene para quienes tienen el valor de decirlo, conscientes de que la purga va a ser la respuesta y el oprobio la consecuencia: Sánchez no copia, restituye la verdad. Aunque para el resto de la humanidad sea preciso tener más votos o estudiar si quiere obtener los mismos resultados.