Incendios forestales: no solo arden los árboles… así se salvan las víctimas de grandes quemaduras
Una persona trabaja en las labores de extinción del incendio de La Adrada, en Ávila
Otro verano más, y de forma prácticamente inevitable en España, nuestros campos y montes se enfrentan con una lacra que nos sacude regularmente. Los incendios nos enervan e indignan por igual. Y aunque sabemos que en nuestro orden de prioridades debe figurar primero la lucha contra el fuego, en aquellos en los que no hay un pirómano o un accidente por medio, nos cuesta evitar buscar culpables de entrada, ya sean conceptuales, como el cambio climático, o tangibles, como las administraciones públicas. Si necesitan ayuda, que la pidan. Ni una lágrima por Madrid. ¿Cómo podemos no pensar que hay gente, y gentuza, que nos divide y polariza?
Al drama de los bosques quemados, de las pérdidas de nuestras casas y nuestros medios de vida, se viene a unir el dolor inconsolable de las víctimas y sus familiares. Terminaremos esta temporada veraniega con un saldo terrible de fallecidos y otros muchos heridos por las llamas. Horrible forma de morir. Con muertos por medio, cuesta hablar y escribir de otra cosa. Pero en las unidades de grandes quemados estamos, tristemente, acostumbrados a ello.
El sistema sanitario español dispone de una serie de centros, servicios y unidades de referencia nacional, CSUR, para tratar patologías concretas, como los grandes quemados. En estos centros trabajan de forma ininterrumpida distintos profesionales sanitarios, desde personal de enfermería hasta especialistas médicos y quirúrgicos, entre los que destacan médicos intensivistas y cirujanos plásticos, intentando salvar vidas y mitigar las secuelas de las quemaduras. No todas las quemaduras deben tratarse en un CSUR, pero si debe procurarse que una quemadura importante, sea atendida por personal altamente especializado.
La gravedad de una quemadura viene definida por muchas características. La profundidad con la que afecta a nuestro organismo nos permite clasificar las lesiones desde quemaduras de primer grado, en las que solo tenemos afectación muy superficial de la piel, hasta quemaduras de tercer grado, en las que toda la capa más importante de la piel, la dermis, y los niveles por debajo de ella, están afectados. También consideramos la extensión de la quemadura para definir esa gravedad, empleando de forma genérica y poco precisa una regla que establece que el 0,7% de la superficie corporal total equivale a la palma de la mano del paciente. Y, por supuesto, la gravedad también la definen el mecanismo de la quemadura (llama, contacto, electricidad, escaldadura por líquidos, productos químicos…), la localización (no es lo mismo un párpado que un muslo) y las características del paciente (enfermedades que presente, edad, etc.).
Ante una quemadura, y de forma genérica, sin entrar en algunos detalles de quemaduras químicas concretas, hay que aplicar agua fría. Continuamente. Nada de pasta de dientes, cremas o potingues que tanto gustan. Agua fría. De cajón. Pero hay que decirlo más, porque también parece de cajón evitar echar gasolina al fuego para avivar las llamas de una barbacoa y, sin embargo, atendemos continuamente a pacientes por esta imprudencia. Ya se aplicará una cura concreta en un hospital; para eso no hay tanta prisa. Sí es urgente aplicar agua de forma continua, tanto que puede suponer la necesidad, o no, de precisar una intervención quirúrgica.
Si finalmente una quemadura necesita pasar por cirugía, esta consiste principalmente en retirar el tejido que ha muerto por esa quemadura y sustituirlo por otro: piel del propio paciente. Es fácil adivinar que la situación se complica mucho cuando es tanta la superficie corporal quemada que no podemos obtener suficiente piel del mismo. Y todo lo que escuchamos de cultivos celulares y de piel artificial ni tiene tanta aplicación habitual ni es tan sencillo de obtener.
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En esos casos, cada centímetro de piel sana adquiere un valor enorme. La cirugía reconstructiva exige experiencia, planificación y paciencia, porque el tratamiento rara vez termina en una sola intervención. Tras la fase aguda comienza un largo proceso de curas, rehabilitación y seguimiento encaminado a recuperar la movilidad, disminuir el dolor y reducir unas cicatrices que pueden acompañar al paciente durante toda la vida. A menudo, además de las secuelas físicas, aparecen importantes consecuencias psicológicas, derivadas tanto del trauma sufrido como de los cambios en la imagen corporal.
Por eso el abordaje de los grandes quemados requiere un trabajo verdaderamente multidisciplinar, en el que también participan fisioterapeutas, terapeutas ocupacionales, psicólogos y trabajadores sociales. Solo así es posible ofrecer a estos pacientes la mejor oportunidad no solo de sobrevivir, sino también de recuperar su autonomía y su calidad de vida.
Lo principal es evitar llegar a esto. Y en este contexto veraniego y de espectaculares incendios, de todos depende prevenir las llamas y evitar tragedias. Por cierto, el que firma es partidario de limpiar el bosque, aunque eso implique retirar algunas ramas y piñas secas. Que al parecer es un terrible delito.