La normalización de la mentira en política vista por un psiquiatra

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante el acto ‘La Formación Profesional: el impulso de un país’Carlos Luján / Europa Press

Creado:

Actualizado:

La mentira ha acompañado siempre al ejercicio del poder. Lo verdaderamente preocupante para una democracia no es, por tanto, descubrir que un político ha mentido, sino comprobar que una parte significativa de la sociedad puede llegar a saberlo, asumirlo y continuar comportándose como si nada hubiera ocurrido.

Ese tránsito desde la indignación hacia la indiferencia merece una reflexión. Porque cuando la mentira reiterada deja de tener coste social, político o electoral, el problema ya no afecta únicamente a quién miente. Afecta también a una ciudadanía que progresivamente rebaja sus exigencias respecto de quienes la representan.

Uno de los mecanismos que permite entender este fenómeno es la normalización. La exposición continua a afirmaciones contradictorias, promesas incumplidas, rectificaciones semánticas, medias verdades y acusaciones cruzadas produce una suerte de saturación. Lo excepcional termina convirtiéndose en habitual. Aquello que en otro momento hubiera provocado un escándalo político acaba incorporándose al ruido cotidiano.

Se produce así una modificación silenciosa pero importante: la pregunta deja de ser “¿ha dicho la verdad?” para convertirse en “¿me perjudica que haya mentido?” o, incluso, “¿mienten más los otros?”.

A ello contribuye poderosamente la polarización afectiva. La política contemporánea no consiste únicamente en defender determinadas ideas. Para muchos ciudadanos constituye también una identidad y una pertenencia. El partido, el líder o el bloque político pasan a formar parte del grupo de referencia del individuo.

En esas condiciones operan mecanismos psicológicos perfectamente conocidos. El sesgo de confirmación facilita aceptar aquello que coincide con nuestras creencias y cuestionar lo que las contradice. La disonancia cognitiva hace incómodo reconocer que la persona o el partido al que hemos apoyado durante años nos ha engañado. Y el razonamiento motivado permite construir explicaciones que hagan compatible la evidencia con nuestra fidelidad previa.

Por eso la misma conducta puede recibir valoraciones radicalmente diferentes dependiendo de quién la protagonice. La falsedad del adversario se interpreta como mentira; la del propio grupo puede transformarse en «rectificación», «pragmatismo», «cambio de circunstancias» o «necesidad política».

España constituye un escenario particularmente interesante para observar estos procesos. La identificación ideológica y partidista continúa teniendo un peso considerable y convive con identidades territoriales, culturales e históricas muy arraigadas. La investigación reciente confirma además la relevancia de la polarización afectiva y de determinadas pautas de consumo informativo en nuestro país. No se trata simplemente de discrepancias sobre impuestos, educación, inmigración o políticas sociales. Existe también una dimensión emocional: la percepción negativa del bloque contrario puede adquirir tanta importancia como la adhesión al propio.

En ese contexto aparece uno de los mecanismos más corrosivos del debate público español: el conocido «y tú más». Ante una mentira, un incumplimiento o una conducta cuestionable, la respuesta deja de consistir en justificar el hecho concreto y pasa a recordar las conductas del adversario. El resultado psicológico es extraordinariamente eficaz: la responsabilidad individual se diluye dentro de una culpabilidad colectiva. «Todos mienten», «todos hacen lo mismo» o «los otros lo hicieron antes». Cuando se alcanza ese punto, la mentira pierde capacidad discriminativa. Ya no sirve para retirar la confianza porque se presupone universal.

A ello se añade la transformación del ecosistema informativo. El ciudadano dispone paradójicamente de más información que nunca y, al mismo tiempo, de una enorme capacidad para seleccionar únicamente aquella que confirma su visión del mundo. Medios, tertulias, redes sociales y algoritmos permiten construir auténticos microambientes informativos donde cada grupo encuentra argumentos suficientes para confirmar que los suyos tienen razón y los otros no solamente están equivocados, sino que constituyen una amenaza. El problema, por tanto, no consiste exclusivamente en la existencia de desinformación. Consiste también en nuestra creciente capacidad para seleccionar la realidad que deseamos escuchar.

Existe finalmente otro fenómeno quizá más inquietante: el cinismo político. Una parte de la ciudadanía puede ser plenamente consciente de que determinados dirigentes manipulan, exageran o falsean la realidad y, sin embargo, considerar inútil reaccionar. Si todos lo hacen, si nada cambia, si las instituciones no sancionan estas conductas y si las alternativas tampoco generan confianza, aparece una forma de indefensión política.

El ciudadano deja entonces de indignarse no porque crea al político, sino precisamente porque ha dejado de creer en él. Esta distinción es fundamental. La pasividad ciudadana no siempre procede de la ingenuidad. Puede proceder del cansancio. Y una democracia debería preocuparse especialmente cuando sus ciudadanos pasan de sentirse engañados a considerar el engaño inevitable.

La responsabilidad tampoco puede atribuirse exclusivamente a los políticos. Una democracia representativa establece una relación bidireccional entre gobernantes y gobernados. Si mentir tiene un coste político elevado, existirán incentivos para evitarlo. Si el coste desaparece siempre que la falsedad proceda del propio bloque ideológico, estaremos creando involuntariamente un sistema de impunidad partidista selectiva.

Por eso quizá la cuestión esencial no sea preguntarnos por qué mienten los políticos. La pregunta verdaderamente incómoda es otra: ¿por qué estamos dispuestos a tolerar determinadas mentiras cuando proceden de quienes consideramos de los nuestros?

La calidad democrática depende de las instituciones, de las leyes y de los mecanismos de control del poder, pero depende también de una determinada cultura cívica. Exige ciudadanos capaces de aplicar criterios semejantes al adversario y al propio partido; de distinguir información de propaganda; de modificar sus opiniones ante los hechos y, sobre todo, de conservar una cierta capacidad de indignación. El mayor triunfo de la mentira política no se produce cuando consigue que una sociedad crea algo falso. Se produce cuando la sociedad sabe que es falso y deja de importarle.