Más allá del espectáculo: show político vs proyecto país
La polarización convierte a los ciudadanos en hinchas de sus líderes y permite justificar comportamientos que se condenarían si los protagonizara el adversario
El presidente Donald Trump saluda a la multitud en un mitin en la escuela secundaria Wheeler, al norte de Atlanta.
La verdad es que estoy completamente alejado del periodismo político, pero hay hechos que simplemente resultan imposible pasar por alto. Ante el fanatismo ciego que hoy despiertan las nuevas estrellas del show business político latinoamericano —vengan de la izquierda o de la derecha—, abro con una advertencia clara: no me identifico con ningún extremo. Para mí, la inmensa mayoría de quienes hoy ostentan cargos de poder no son más que oportunistas disfrazados de servidores públicos, vestidos con el color y el discurso de moda que mejor les funcione para transformar a países en su negocio personal.
En la era del consumo rápido y la atención fragmentada, la política sufre cambios acelerados. Lo que antes se debatía en despachos, comisiones parlamentarias y tomos de proyectos de infraestructura, hoy se dirime en videos de quince segundos, declaraciones pensadas para volverse virales y puestas en escena que parecen más diseñadas para un estudio de televisión que para un palacio de gobierno. Latinoamérica, por supuesto, está en esa tendencia; la está abrazando con un dinamismo preocupante.
Tras el mapa político que ha quedado configurado en la región luego de los recientes procesos electorales, observamos un fenómeno transversal que cruza todo el espectro ideológico: la sustitución del proyecto de país por la personalidad del líder: líderes que incluso, en muchas ocasiones tienen el descaro de contradecirse. El debate público ya no gira en torno al "cómo" vamos a resolver los problemas estructurales de nuestras naciones, sino al "quién" grita más fuerte, quién rompe más protocolos o quién genera la mayor cantidad de titulares en el ciclo de noticias. El principal ejemplo, lo tenemos sentado en la oficina oval de la Casa Blanca.
La polarización superficial
Durante décadas, la discusión política se daba entre modelos económicos e ideológicos. Sin embargo, en el escenario actual, asistimos a una especie de "teatro de la gestión pública". Por un lado, vemos figuras con discursos altisonantes y puestas en escena espectaculares, donde la provocación verbal se presenta como sinónimo de valentía política. Por el otro, observamos liderazgos que basan su narrativa en el choque constante, la hiperactividad mediática y la polarización cotidiana. ¿En qué momento gobiernan?
El problema de fondo no radica en la estética o en el estilo de comunicar. Un líder puede ser carismático, histriónico, reservado e incluso histriónico. El problema surge cuando la ciudadanía juzga la calidad de una gestión únicamente en función del color ideológico de quien hace el espectáculo.
¿Por qué tendemos a calificar de "populismo irresponsable" o "circo político" las actitudes estrafalarias cuando provienen de la izquierda, pero justificamos o celebramos la excentricidad y el tono incendiario cuando provienen de la derecha? O viceversa. La respuesta está en la trampa de la polarización: cuando compramos el discurso del "enemigo común", cualquier exceso de nuestro lado del tablero queda “funado” y sin argumento de debate, en nombre de “la causa”. Un “Rock Star”, digo, un político, no se vuelve estadista simplemente por profesar la ideología con la que simpatizamos.
El mesianismo y la amenaza a la institución
Este fenómeno no se limita únicamente a los líderes más llamativos. Existen figuras en la región que, con un estilo mucho más moderado en las formas, representan una variante del mismo dilema central: la concentración de la causa nacional en una sola persona.
Casos como el de El Salvador nos obligan a hacernos preguntas incómodas y profundas sobre la naturaleza de la democracia. Nadie puede negar la popularidad ni los resultados inmediatos que determinados líderes logran en áreas sensibles como la seguridad pública. Sin embargo, cuando la continuidad de un proyecto de país parece depender de la alteración de las reglas de alternabilidad en el poder o del debilitamiento de los contrapesos institucionales, el riesgo latente es enorme. ¿Es que la falta de alternabilidad en el poder es buena de un lado y del otro no?. ¿No hay nadie capaz de dar continuidad a un proyecto exitoso?
Cualquier ciudadano comprometido con el futuro de su nación debería plantearse las siguientes interrogantes:
● ¿Este líder es el único ser humano capaz de hacer cumplir un plan de seguridad, economía o desarrollo?
● ¿O es que el proyecto no fue diseñado para el país, sino para girar indefinidamente alrededor de la persona que lo encabeza?
Cuando un proyecto de nación depende de la permanencia indefinida de un individuo, no estamos ante una democracia sólida, sino ante una fragilidad institucional disfrazada de eficiencia. Las instituciones fuertes son aquellas que sobreviven a los hombres y mujeres que las dirigen; las democracias sanas son las que forman equipos, respetan los tiempos constitucionales y garantizan que el progreso no sea patrimonio de un apellido, a pesar del juego político.
Se espectador del espectáculo pero a su vez un ciudadano fiscalizador
El verdadero desafío de la Latinoamérica contemporánea no es elegir entre la izquierda o la derecha, entre el discurso estruendoso o el estilo sobrio. El desafío fundamental es pasar de ser una audiencia pasiva que consume entretenimiento político a ser una ciudadanía activa que exige rendición de cuentas. Por cierto, esto no se hace desde las redes sociales.
Las figuras políticas con rasgos narcisistas y ególatras no surgen en el vacío; prosperan porque encuentran un electorado frustrado, cansado de la política tradicional. La fascinación por los liderazgos disruptivos —aquellos que prometen romper el sistema con una frase ingeniosa o un gesto grandilocuente— es comprensible en sociedades desgastadas por la corrupción y la ineficiencia. Pero el aplauso fácil no construye hospitales, no mejora la educación ni garantiza la seguridad jurídica a largo plazo.
Es hora de cambiar el filtro con el que evaluamos a nuestros gobernantes:
1. Exigir indicadores, no titulares: Un tuit viral o una declaración provocadora no equivalen a un indicador económico favorable o a un plan de infraestructura ejecutado.
2. Defender las instituciones por encima de los nombres: Las reglas del juego democrático (la separación de poderes, la alternancia, la libertad de prensa) deben defenderse con la misma fuerza sin importar quién esté en el poder.
3. Ejercer el rol de contralores: El voto no es un cheque en blanco ni una declaración de fanatismo deportivo. La labor del ciudadano empieza, precisamente, el día después de las elecciones, ejerciendo una fiscalización respetuosa pero firme sobre las promesas empeñadas.
Un llamado a la madurez
Latinoamérica no necesita salvadores mesiánicos ni actores consumados en el arte de la provocación mediática. La región necesita administradores públicos honestos, proyectos de Estado diseñados a largo plazo y ciudadanos dispuestos a evaluar la gestión pública con rigor técnico y no con apasionamiento ideológico.
La próxima vez que un discurso altisonante o una puesta en escena nos genere entusiasmo —o indignación—, valdría la pena hacer una reflexión y mirar más allá del foco de luz. Preguntémonos qué hay detrás del escenario: ¿existe un plan estructurado, medible y respetuoso de las libertades humanas, o simplemente estamos asistiendo a una función más del teatro político de nuestro tiempo?
Además, hay que evaluar con especial lupa a quienes están en el lado contrario y darnos cuenta si los ataques en contra del político con el que tu simpatizas, van en contra de su persona o de su proyecto.
De la respuesta que le demos como sociedad a esa pregunta dependerá que el futuro de nuestras naciones se construya sobre bases institucionales firmes o sobre la volatilidad de un show de redes sociales.
Economía
Copiloto inteligente: Cómo usar la IA para multiplicar tu audiencia sin perder tu alma
Roberto Alejandro Betancourt