Saltando entre muros

Sánchez, el relator

El Gobierno prorroga Almaraz hasta 2030 después de defender durante años el cierre nuclear y mientras mantiene intacto su relato sobre Ceuta

Sánchez, un personaje con dos caras.Generado por IA

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El célebre personaje cinematográfico “Terminator”, que nos acongojaba con su capacidad de destrucción llegado de un futuro robótico para salvar a los buenos, se queda pequeño al lado de nuestro Sánchez Pérez-Castejón, Pedro. Aunque nuestro presidente no vive del futuro sino del pasado y su misión principal es empoderar a los malos para destruir la convivencia y cualquier atisbo de normalidad en el presente y en el futuro inmediato. Y al contrario que Arnold Schwarzenegger, primero se hizo político y fue después cuando se ha transmutado en actor profesional.

Ceuta lleva tres semanas ofreciendo una imagen que debería avergonzar a cualquier Gobierno democrático: decenas de millas de personas cruzando ilegalmente una frontera española, más de cien muertos, millas de inmigrantes todavía atrincherados en una ciudad de apenas 83.000 habitantes, servicios públicos tensionados, jueces pidiendo refuerzos y los ceutíes atrapados e intimidados en su propia casa, sin saber cuándo recuperarán la normalidad. Pero en Moncloa, Sánchez parece haber identificado ya el problema principal: el PP. Muy poco original.

El guion de la escenificación sanchista se repite, con cansina falta de imaginación. Primero se desoyeron los avisos. Después, se nos dijo que la situación estaba “revertida” en veinticuatro horas. Y transcurridas casi tres semanas, cuando Ceuta sigue desbordada, llegan las acusaciones al gobierno de la ciudad y al PP por “tensionar” la situación y hacerse “fotos con agitadores”. En la misma semana, hasta Felipe VI, que había expresado su “indignación” por lo ocurrido en Ceuta, recibió el rapapolvo de un ministro por una fotografía completamente ajena a la crisis. Para todos hay munición. Para Marruecos, en cambio, guante de seda: la estrategia bilateral de apaciguamiento permanece intacta y hasta se ha calificado de “ejemplar” su reacción.

Ya ocurrió con la DANA, con el apagón o con Adamuz. No son sucesos comparables, pero sí lo es el reflejo político de Sánchez: primero negar o minimizar las responsabilidades; después improvisar para parecer superar la inacción inicial; Finalmente, encontrará un responsable exterior al gobierno. Gobernar deja así de consistir en anticipar problemas y ejecutar planes y políticas para convertirse en una disciplina más cinematográfica: conseguir que la relación se imponga y distraiga al personal para evadir la responsabilidad.

Sánchez no cambia tanto de opinión como parece. Para cambiar de opinión hay que tenerla. Una opinión nace de un armazón intelectual y moral previo y, por eso, cuando la realidad obliga a revisarla, es momento de rendir cuentas para explicar el por qué de la modificación del andamiaje preexistente.

Una posición es más cómoda: se coloca donde conviene y se cambia de sitio cuando deja de convenir. Lo único imprescindible es dominar el neolenguaje para que la posición de hoy parezca consecuencia natural de la contraria de ayer. El relato del relator es lo que verdaderamente cuenta en este cuento.

Así, entre los pliegues de la escenificación escapista de Sánchez sobre Ceuta, nos coló de tapadillo otra escapada, la de Almaraz. Tras el apagón, Sánchez calificó de “gigantesca manipulación” vinculándolo al debate nuclear. A quienes defendieron prolongar las centrales los presentaron como “lobistas aficionados” de las eléctricas y llegó a decir que habían “vendido su espíritu crítico a un buen pagador”. Después prometió solemnemente que el Gobierno no se desviaría “ni un solo milímetro” de su hoja de ruta energética: “el futuro energético de España será verde o no será”.

Quince meses después ha decidido y aprobado prorrogar la central nuclear de Almaraz hasta junio de 2030. Y lo verdaderamente delicioso no es la prórroga, sino la Exposición de motivos de la Orden Ministerial que lo publica en el BOE.

La Orden explica que la crisis internacional ha elevado el precio y la volatilidad del gas y aumentado nuestra vulnerabilidad; calcula que mantener Almaraz reducirá un 7 % la generación con ciclos combinados frente al escenario del Plan Nacional Integrado de Energía y Clima (PNIEC) y solo un 1,4 % la renovable; afirma que ayudará a moderar la exposición de los consumidores a picos de precios y reconoce que aporta seguridad y estabilidad al sistema eléctrico.

Es decir, Sánchez ha hecho suyos y el Gobierno ha terminado de escribir en el BOE el argumentario de aquellos “lobistas aficionados” a los que acusaba de intenciones espúreas. Sin despeinarse y sin dejar de buscar pulpos en las aguas de La Mareta. Según su relación, antes tenían razón. Y ahora, manteniendo exactamente lo contrario, también la tienen.

Naturalmente, los guardianes de la ortodoxia verde han puesto el grito en el cielo: dicen que se destruye una década de planificación, se frena a las renovables, se compromete la electrificación, se encarecen los residuos y se abre un dominó para los demás efectos nucleares. Sumar habla de incumplimiento del acuerdo de Gobierno. La grieta está servida.

Lo divertido es que la propia Orden pone la venda antes que la herida, respondiendo anticipadamente a la previsible reacción al discurso de sus socios, que era también el de Sánchez hasta ayer: considera limitado el impacto renovable, niega costos adicionales para consumidores por residuos y defiende la utilidad coyuntural de Almaraz. Ergo, antes mentían cuando afirmaban exactamente lo contrario desde el otro lado de la trinchera. La bandera de la sostenibilidad transformada en un sucio trapo que se pisotea, se restriega y se estruja a conveniencia. Como la salubridad en Ceuta. Como la propia convivencia democrática.

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Dicen que rectificar es de sabios, pero Sánchez nos ha enseñado que depende del volumen y la cantidad de las rectificaciones. Porque es una virtud cuando la realidad desmonta la construcción mental y moral y sirve para corregirla. Pero la rectificación constante en casi todo dudo que pueda tenerse por sabiduría. Salvo que se quiera llamar a todos los demás, -con una sonrisa y en pose veraniega mientras se despliega el enésimo relato-, idiotas. El enésimo relato. Hasta el siguiente. En el mundo de Sánchez, la sabiduría está en el relato. Y la destrucción, en el Relator.