Una historia llamada TURISMO
El turismo español es el resultado de décadas de inversión, transformación y trabajo de millones de personas que hicieron de España uno de los grandes destinos del mundo
La concejalía de Turismo estrena el programa de visitas guiadas en barco por el Mar Menor.
Mañana, día 27 de septiembre, se celebra el Día Mundial del Turismo. Una buena ocasión para detenernos, mirar atrás y recordar que España no se convirtió por casualidad en una de las grandes potencias turísticas del mundo.
Detrás de lo que hoy somos hay siglos de viajes, decisiones políticas y empresariales que supieron anticiparse al futuro y, sobre todo, generaciones de trabajadores, pioneros y destinos que construyeron una de las mayores historias de éxito colectivo de nuestro país.
Mucho antes de que habláramos de turistas, ya había viajeros recorriendo España. Las calzadas romanas permitieron atravesar Hispania y alrededor de ellas surgieron ciudades, termas, posadas y lugares en los que detenerse. Viajar era entonces lento, difícil y, muchas veces, peligroso.
Siglos después, miles de peregrinos comenzaron a cruzar Europa siguiendo un camino que terminaba ante la tumba del Apóstol Santiago. Necesitaban comer. Dormir. Orientarse. Curarse. Sentirse seguros. A lo largo de aquella ruta aparecieron hospitales, hospederías, mercados, puentes y poblaciones. Personas que llegaban y otras que aprendieron a recibirlas.
Todavía no lo llamábamos turismo. Pero España ya aprendía a recibir. Mucho después llegaron otros viajeros.
Durante el siglo XIX escritores, artistas, diplomáticos y aventureros europeos comenzaron a recorrer una España que les resultaba fascinante, exótica y diferente.
Washington Irving llegó a Granada y encontró en la Alhambra mucho más que un monumento. Sus relatos contribuyeron a llevar su imagen por el mundo. Richard Ford recorrió durante años nuestros caminos y dejó escrita su particular mirada sobre el país.
Aquellos viajeros no solamente conocían España. También empezaban a contarla.
Y eso, en turismo, siempre ha sido importante.
Porque mucho antes de Instagram, de las campañas digitales o de los grandes portales de viajes, alguien tenía que regresar a casa y contar que había descubierto un lugar al que merecía la pena viajar.
Después llegaron los balnearios. El ferrocarril acercó ciudades y lugares que hasta entonces parecían remotos. Aparecieron nuevos hoteles y comenzó a cambiar la propia idea del viaje. Viajar ya no era solamente desplazarse. También podía significar descansar, descubrir, disfrutar.
España comenzaba a intuir una industria que todavía estaba muy lejos de imaginar hasta dónde sería capaz de llegar.
El siglo XX aceleró aquella transformación. Alfonso XIII entendió pronto que el turismo podía ser una oportunidad para España. Se impulsaron organismos dedicados a promocionar nuestro país y en 1928 abrió sus puertas el Parador de Gredos, primero de una red que terminaría convirtiéndose en una de las grandes singularidades de nuestro modelo turístico.
Castillos, conventos, monasterios y edificios históricos encontraron una nueva vida alrededor de algo tan antiguo como viajar y algo tan nuestro como recibir.
Pero la verdadera revolución todavía estaba por llegar. Y no llegó sola. La hicieron personas. Hombres y mujeres que fueron capaces de imaginar algo que todavía no existía.
Empresarios que levantaron hoteles cuando nadie podía asegurarles que aquellas habitaciones se llenarían. Familias que hipotecaron propiedades, comprometieron sus ahorros y trabajaron durante años dentro del mismo establecimiento que habían construido.
En muchos de aquellos primeros negocios familiares no existían departamentos de marketing, revenue management o experiencia de cliente. Una misma familia podía recibir al huésped, llevar las maletas, preparar la comida, atender el comedor y hacer las cuentas cuando terminaba el día.
Primero tuvieron que creer que vendrían. Después llegaron por millones. A partir de los años cincuenta, y especialmente durante los sesenta y setenta, Europa empezó a mirar masivamente hacia el sur.
Llegaron los vuelos chárter. Los turoperadores. Los autocares atravesando las fronteras. Los primeros grandes complejos turísticos.
Y también aquel inolvidable «Spain is different», que consiguió resumir en tres palabras algo que el turismo lleva décadas intentando conseguir: diferenciar un destino.
Millones de europeos descubrieron nuestras costas.
Mallorca. Canarias. La Costa Brava. La Costa del Sol. La Costa Blanca. Andalucía. El Mediterráneo.
España entera comenzaba a cambiar. Se construyeron aeropuertos y carreteras. Nacieron hoteles, apartamentos, restaurantes, agencias de viajes, empresas de transporte, comercios y servicios.
Pequeñas empresas familiares terminarían convirtiéndose en algunas de las grandes compañías turísticas del mundo.
Y ocurrió algo todavía más importante. El turismo no solamente cambió España. También ayudó a construir la España que hoy conocemos.
Trajo empleo, inversión y divisas en momentos decisivos de nuestra historia económica. Transformó municipios. Modernizó infraestructuras. Impulsó empresas. Nos obligó a aprender idiomas. Nos conectó con Europa y con el mundo.
Y cambió también nuestra sociedad. Quienes llegaban traían consigo otras costumbres, otras formas de vestir, de pensar, de relacionarse y de entender la vida. España se abría al mundo al mismo tiempo que el mundo empezaba a descubrir España.
Pero sería injusto contar esta historia únicamente hablando de grandes empresarios, hoteles, aeropuertos o millones de visitantes.
Porque las estadísticas nunca cuentan toda la historia.
Detrás de cada hotel hubo alguien que decidió abrirlo y alguien que hizo una cama.
Detrás de cada restaurante hubo alguien que arriesgó su dinero y alguien que entró en una cocina.
Detrás de cada avión hay pilotos, tripulaciones, controladores, trabajadores de tierra y aeropuertos enteros funcionando.
Y detrás de cada experiencia turística hay recepcionistas, camareros, camareras de piso, cocineros, agentes de viajes, guías, taxistas, transportistas, comerciantes, socorristas, policías, personal de limpieza, trabajadores públicos y miles de autónomos y pequeñas y medianas empresas.
Muchos trabajan precisamente cuando los demás descansamos.
Cuando estamos de vacaciones.
Cuando es domingo.
Cuando es Navidad.
Cuando celebramos.
Ellos también son la marca España.
Como lo son nuestros destinos.
Porque tampoco ellos llegaron hasta aquí por casualidad.
Ciudades, pueblos, islas y costas llevan décadas reinventándose, compitiendo, invirtiendo y adaptándose a viajeros que cambian cada vez más deprisa.
El turista que llegaba buscando exclusivamente sol y playa fue descubriendo que España podía ofrecerle mucho más.
Cultura. Patrimonio. Gastronomía. Naturaleza. Deporte. Compras. Congresos. Música. Salud. Turismo rural. Enoturismo. Grandes acontecimientos.
Hoy se puede llegar para recorrer el Camino de Santiago, conocer la Alhambra, entrar en el Prado, asistir a un congreso, disfrutar de un concierto, visitar una bodega, navegar por el Mediterráneo, perderse por un pueblo del interior o simplemente disfrutar durante unos días de nuestra manera de vivir.
Cambió la forma de viajar.
Cambió la forma de reservar.
Cambió la forma de promocionarnos.
Pasamos de los carteles y las agencias a internet, de los folletos a las redes sociales, del mapa de carreteras al teléfono móvil.
Pero hay algo que no ha cambiado.
Siempre hubo alguien que llegaba y alguien dispuesto a recibirlo.
Quizá toda la historia del turismo pueda resumirse así.
Durante los últimos años he tenido la oportunidad de recorrer buena parte de esa historia mientras escribía Turismo. El oro silencioso que sostiene a España.
Y cuanto más investigaba, más convencido estaba de algo.
El turismo español no tiene un único padre.
Ni una única ciudad.
Ni una única empresa.
Ni una única fecha de nacimiento.
Tiene millones de protagonistas.
Los pioneros que imaginaron lo que todavía no existía.
Los empresarios que arriesgaron.
Los trabajadores que lo hicieron posible.
Las familias que levantaron pequeños negocios.
Los destinos que supieron transformarse.
Los profesionales que aprendieron a recibir al mundo.
Y las generaciones que recogieron aquel legado y lo hicieron todavía mejor.
Gracias a todos ellos España es hoy uno de los grandes destinos turísticos del planeta.
Pero sería un error pensar que siempre será así.
El turismo no es un recurso natural que basta con encontrar y explotar. No basta con tener playas, buen clima, patrimonio o gastronomía. Otros también los tienen. El turismo se construye cada mañana.
Se construye cuidando nuestros destinos. Formando profesionales. Mejorando infraestructuras. Garantizando seguridad y conectividad. Innovando. Invirtiendo. Facilitando que nuestras empresas compitan. Respetando a quienes nos visitan y haciendo compatible el turismo con la calidad de vida de quienes viven en los destinos.
Y, sobre todo, entendiendo que aquello que varias generaciones tardaron décadas en construir merece ser cuidado.
Mañana, cuando celebremos el Día Mundial del Turismo, seguramente volveremos a hablar de récords, millones de visitantes, gasto turístico y aportación al PIB.
Son cifras importantes.
Pero mañana yo prefiero acordarme de las personas.
De aquellos primeros viajeros que recorrieron nuestros caminos.
De los pioneros que imaginaron hoteles donde todavía no los había.
De los empresarios que arriesgaron su patrimonio.
De las familias que hicieron del turismo su vida.
De los destinos que se atrevieron a transformarse.
Y de los millones de profesionales que mañana volverán a levantarse para recibir, cocinar, limpiar, conducir, informar, atender, proteger o simplemente conseguir que alguien que ha recorrido miles de kilómetros se sienta como en casa.
Hemos recorrido un camino extraordinario.
De las antiguas calzadas a la alta velocidad.
De las hospederías a algunas de las mejores cadenas hoteleras del mundo.
De aquellos primeros viajeros a millones de visitantes.
De aprender a recibir al mundo a convertirnos en uno de sus destinos preferidos.
Esta es nuestra historia.
Una historia de pioneros y visionarios. De empresarios y trabajadores. De ciudades, pueblos y destinos. De decisiones políticas y empresariales. De esfuerzo, riesgo, innovación y hospitalidad.
Una historia que ha creado empleo, generado prosperidad, abierto España al mundo y contribuido decisivamente a transformar nuestro país.
Una historia de la que deberíamos sentirnos profundamente orgullosos.
Una historia llamada TURISMO.
Mañana es su día.
Y la mejor manera de celebrarlo es dar las gracias a quienes la hicieron posible y asumir la responsabilidad de que las próximas generaciones puedan seguir escribiéndola con letras doradas.
Feliz Día Mundial del Turismo.
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Patricia de la Torre