Cambios lentos invitan a venezolanos a continuar planes de emigración
El poder puede cambiar en una madrugada; la confianza tarda años en regresar. Venezuela ha entrado en un escenario nuevo, pero muchos ciudadanos todavía toman sus decisiones con las expectativas que dejó el país anterior.
Uno de los grandes problemas de Venezuela es la casi total ausencia de líderes políticos con el nivel necesario para llamarlos estadistas. A esa categoría podríamos decir que ha llegado María Corina Machado, después de décadas de aprendizaje sobre un país situado mucho más allá de su propio círculo social y de una denodada lucha democrática. Salvo ella y algunos pocos dirigentes con mucha menor relevancia política y mediática, el venezolano promedio carece de un liderazgo asertivo capaz de exponerle con claridad cuál es la sociedad que se pretende construir a partir del contexto actual.
El ciudadano común, especialmente el más educado, no está recibiendo ese mensaje. No sabe si el rodrigato (la estructura de poder encabezada por los hermanos Rodríguez) mantendrá la senda aperturista cuando Donald Trump abandone la Casa Blanca en 2029. Tampoco tiene garantías de que el legítimo liderazgo opositor, representado por Machado, vaya a encontrar un camino pavimentado para tomar el control institucional y comenzar la reconstrucción nacional.
El ánimo positivo de algunos sectores empresariales existe, pero no es suficiente para disipar la cautela del resto de la sociedad.
La cautela es positiva cuando se dispone de tiempo para esperar. Cuando las circunstancias personales indican que dedicar varios años a esa espera resulta subóptimo, la inacción deja de ser una alternativa racional. El individuo continúa trabajando, ahorrando y tomando decisiones, pero lo hace bajo otros escenarios. No abandona su proyecto de vida, lo traslada fuera del país.
A ese fenómeno se refiere el estudio que acaba de publicar ANOVA Policy Research, firma dirigida por Omar Zambrano, uno de los economistas venezolanos que más respeto.
ANOVA estima que el 4,48% de los adultos venezolanos, hablamos de unas 889.702 personas, desea emigrar. De ellos, el 28,02%, aproximadamente 249.268 adultos, ya tiene un plan concreto para marcharse durante los próximos doce meses. Para estas personas, las condiciones no han mejorado lo suficiente como para intentar recomenzar desde el lugar en el que se encuentran. Prefieren arrancar desde cero en otro país. Así las cosas.
Desde mi perspectiva, esa postura es perfectamente razonable. La discusión política de estos meses ha girado alrededor del petróleo, de la permanencia o no del rodrigato y del reparto del poder. Se habla mucho menos de la apertura integral de la economía, de la recuperación de la productividad, de la modernización empresarial o de las condiciones necesarias para que un profesional pueda construir una carrera en Venezuela. Ni hablar del golpe que llevaron los caraqueños y guaireños a causa del doblete sísmico.
Los líderes políticos, empresariales, intelectuales, académicos y sociales todavía no consiguen salir del embrollo emocional al que han estado sometidos. Permanecen en un estado casi catatónico mientras la sociedad espera escuchar líneas de acción, una visión de futuro o, cuando menos, una explicación coherente del proceso en marcha que no sea un retrato del acontecer noticioso. Hace un par de semanas estuve en una videollamada con un líder político reconocido y siento que quedó debiendo un mejor análisis situacional. En lugar de eso, el ciudadano recibe el ruido de una rebatiña por espacios electorales, la opacidad de contratos entre mafiosos locales con empresas estadounidenses y una sensación general de anomia.
Es un verdadero caso de estudio para la psicología social y la antropología. El caso venezolano es extraordinariamente complejo por donde se le mire.
Mientras tanto, la gente continúa moviéndose. Actúa con pragmatismo.
En 2025, con Nicolás Maduro todavía en el poder, el 4,98% de los adultos venezolanos manifestaba su deseo de emigrar. Entre ellos, el 31,03% tenía un plan concreto. En 2026, con Maduro encarcelado en Nueva York y después de un vuelco político que parecía imposible apenas unos meses atrás, el deseo de emigrar solamente descendió hasta el 4,48%, mientras que la proporción con planes concretos bajó al 28,02%.
Existe una reducción, por supuesto. Pero es demasiado modesta frente a la magnitud del acontecimiento político como para sostener que las expectativas de la población han cambiado estructuralmente. Grosso modo, el país político se transformó mucho más rápido que la perspectiva con la cual los ciudadanos organizan sus vidas.
Eso es la desesperanza aprendida traducida al funcionamiento de los mercados. No implica que la gente haya dejado de actuar. Significa que ha dejado de creer que su esfuerzo producirá una recompensa suficiente dentro de Venezuela. La iniciativa individual no desaparece sino que cambia de destino.
El mercado laboral venezolano ilustra esta distorsión. ANOVA no habla exactamente de trabajadores con empleo estable, sino de personas ocupadas. Pero su hallazgo no pierde fuerza por esa precisión: entre quienes desean emigrar, estar ocupado se asocia con un aumento de 22,2 puntos porcentuales en la probabilidad de tener un plan concreto de salida.
El trabajo, que debería funcionar como mecanismo de arraigo, está financiando la emigración.
La razón es la precarización salarial. El mercado laboral venezolano es un desmadre. Alcanzar un ingreso suficiente para cubrir la canasta alimentaria no reduce significativamente el deseo de marcharse. Por el contrario, entre quienes ya quieren emigrar, disponer de ese ingreso aumenta en 18,3 puntos porcentuales la probabilidad de transformar la aspiración en un plan. El salario no garantiza una trayectoria profesional ni un proyecto de vida, sino apenas proporciona la liquidez necesaria para pagar un pasaje y sostener los primeros meses en otro país.
A ello se suma el deterioro gerencial. En numerosas empresas se han impuesto dinámicas provenientes de personas que difícilmente habrían alcanzado posiciones de dirección con el nivel de formación que poseen si Maduro no hubiera destruido el país y provocado la huida de millones de venezolanos. La emigración masiva vació espacios que terminaron siendo ocupados sin que existiera necesariamente la preparación profesional requerida.
Los relevos generacionales dentro de las empresas venezolanas también han abierto las puertas a dirigentes que no han conocido otro país que la distópica Venezuela del chavismo. Nunca trabajaron dentro de una economía funcional, no experimentaron instituciones estables y tampoco vivieron bajo estándares gerenciales equiparables con los del resto del mundo. Esa realidad constituye un obstáculo mayúsculo para construir propuestas profesionales adaptadas a 2026 y capaces de convencer a un adulto educado de que permanecer en Venezuela es una decisión razonable.
El informe de ANOVA muestra precisamente que quienes preparan su salida están relativamente más formados. Los venezolanos con planes concretos de emigrar tienen, en promedio, 12,05 años de escolaridad, frente a los 10,49 años del conjunto de la población estudiada. Si esas 249.268 personas ejecutaran sus planes, el país perdería unos 2,61 millones de años de educación acumulada. La recuperación venezolana podría quedarse sin capacidades antes de llegar a utilizarlas. Y eso es grave y amerita que se le aborde de forma inmediata.
Si emigraran todos los adultos que manifiestan ese deseo, la pérdida potencial ascendería a 8,75 millones de años de educación, equivalentes al 5,05% del capital humano acumulado. No se trata de una predicción de ANOVA, sino de un escenario que permite dimensionar el riesgo. La advertencia, sin embargo, es inequívoca: Venezuela puede comenzar su reconstrucción política mientras continúa perdiendo a las personas que necesitará para ejecutar su reconstrucción económica. Y la economía es lo que me importa señalar.
Allí deberían concentrarse los líderes políticos, empresariales, intelectuales, académicos y sociales. No solamente en diseñar mecanismos para impedir nuevas salidas, sino también en conectar a la diáspora con los venezolanos que permanecen en el país.
Existen muchas iniciativas impulsadas por venezolanos repartidos por el mundo que intentan responder a este problema sin el respaldo de instituciones públicas o privadas. El miércoles 7 de octubre asistí en Madrid, por invitación directa, a la primera edición del Think Tank La Venezuela del Futuro, una iniciativa magníficamente organizada y encabezada por tres mujeres talentosas y exitosas que no solamente se preocupan por lo que sucede en Venezuela, sino que han decidido ocuparse de construir caminos concretos.
Ellas son Victoria Ducournau, managing director de Proximia y profesora en IE e ISDI; Mildred Laya Azuaje, field marketing director en Salesforce y cofundadora de Cruzando Puentes, en Capital Radio; y Daniela Goicoechea, cofundadora de Brandcrops y ex CEO de Goiko.
Las impulsa una pregunta muy concreta: ¿qué puede hacer, en concreto, la diáspora venezolana en España?
El objetivo de la iniciativa es elaborar una lista de proyectos con responsables, calendario y vías de financiación. Allí se habló de diseñar programas, conectar capacidades, crear corredores educativos y acercar a fondos de inversión españoles a Caracas. Cosas concretas. Acciones. No palabras.
Para mi newsletter, Reconstruyendo País, esta iniciativa será uno de los temas centrales. La diáspora no puede limitarse a observar la transición ni a esperar que los dirigentes locales definan el camino. Tiene conocimientos, conexiones, experiencia institucional y acceso a mercados que Venezuela perdió durante los años de aislamiento y destrucción.
Una de las tareas planteadas por el Think Tank La Venezuela del Futuro parte de otra pregunta decisiva: ¿cómo formamos talento venezolano sin tener que sacarlo del país?
La cuestión no consiste solamente en atraer nuevamente a quienes emigraron. También exige acercar la formación a quienes continúan en Venezuela. La iniciativa explora la creación de un corredor educativo entre instituciones españolas y venezolanas, con la empleabilidad remota como una salida natural. Eso permitiría transferir conocimientos, elevar estándares profesionales y conectar a los trabajadores venezolanos con empleos internacionales sin obligarlos a abandonar el país.
Conectar esta iniciativa con los resultados de ANOVA es vital.
La emigración no se detendrá mediante llamamientos sentimentales ni discursos sobre el compromiso con la patria. Las personas responden a incentivos. Permanecerán cuando la rentabilidad esperada de estudiar, trabajar, emprender y formar una familia en Venezuela supere el coste de oportunidad de marcharse. Mientras esa ecuación no cambie, la voluntad individual seguirá buscando otros destinos.
Venezuela no carece de talento. Carece de un liderazgo local capaz de ofrecerle a ese talento una dirección, unas reglas y una expectativa racional de futuro. Mientras buena parte de las élites nacionales permanece atrapada en la anomia y la disputa por posiciones, numerosos venezolanos fuera del país están intentando organizar proyectos, financiación y transferencia de conocimiento.
La transición necesita capital humano para producir resultados, pero necesita producir resultados con rapidez para no perder ese capital humano. Los cambios lentos no detienen los planes migratorios. Los confirman.
Los venezolanos no permanecerán indefinidamente esperando que el país decida qué quiere ser. Si Venezuela no se mueve a tiempo, ellos continuarán moviéndose por su cuenta.
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