De la robótica al riego: qué tecnología agrícola es realmente rentable

La innovación en el campo solo genera beneficio económico cuando resuelve problemas críticos como la escasez de agua, mientras que la maquinaria autónoma no siempre amortiza su alto coste en fincas pequeñas

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Agricultura inteligente: ¿moda o inversión rentable?

Las posibilidades que introduce la nueva agricultura inteligente o de precisión son asombrosas: gafas con inteligencia artificial que detectan enfermedades de los cultivos, un láser capaz de eliminar las malas hierbas sin productos químicos o un tractor que planta siempre las semillas en la posición correcta e incluso cosecha de forma autónoma sin conductor. Sin duda, estas nuevas herramientas pueden facilitar numerosas tareas del campo, pero la gran pregunta es si verdaderamente son rentables.

El nuevo robot sabueso desarrollado en España

Hace unos días se presentó Agrhound, un proyecto innovador impulsado por el Centro Tecnológico Nacional Agroalimentario de Extremadura (CTAEX), Bodegas Matarromera, Social Berries 4.0, SpectralGeo y Soltel, que cuenta además con la colaboración de la Fundación Prodti. El nombre parece jugar con agr-, de agricultura, y hound, que en inglés significa sabueso, el perro de caza que rastrea por el olfato. Este curioso perro robot, diseñado para vigilar viñedos y frutales, ya recorre las tierras de Matarromera recogiendo datos con sus sensores para que la inteligencia artificial pueda indicar qué zonas están listas para cosechar, calcular la cosecha prevista e identificar zonas con problemas. Otros proyectos de investigación españoles han desarrollado propuestas en la misma dirección: en los cultivos de olivar de Jaén se han probado plataformas para obtener información del terreno mediante láser combinándolas con imágenes de satélite y sensores de suelo; y en la Universidad de León están trabajando con robots cuadrúpedos para el manejo y la vigilancia de ganado.

El denominador común entre estos desarrollos es obtener más información en el campo y ejecutar tareas con menos intervención manual. En ese sentido la utilidad parece evidente -aunque algunos expertos, como el investigador estadounidense Chad Fiechter, advierten del riesgo de incorporar complejidad a la gestión de la explotación-, pero la clave está en demostrar si la inversión es rentable para los agricultores.

Los estudios realizados en Estados Unidos

En Estados Unidos, adaptar un tractor convencional para que trabaje sin conductor cuesta 60.000 dólares, a los que hay que sumar una suscripción anual de 9.000 dólares, según el fabricante de la tecnología. La Universidad de Purdue -una universidad pública de referencia en investigación agraria con sede en Indiana (Estados Unidos) que forma parte de las llamadas land-grant universities- ha calculado cuándo compensa esa inversión en las explotaciones de maíz y soja del Medio Oeste: con el rendimiento actual de estas máquinas, solo resultaría más rentable que la maquinaria convencional si el coste de un trabajador agrícola superase los 140 dólares por hora. Uno de sus autores admite que muchos agricultores las comprarán igualmente, no porque les salga a cuenta la inversión, sino por calidad de vida, para poder cenar en casa en plena cosecha.

Hay que tener en cuenta que las explotaciones comerciales de cereal del Medio Oeste, que son el tipo de explotación analizado en el estudio de Purdue, superan con facilidad las 500 hectáreas. En el caso de Castilla y León -la región cerealista por excelencia- el tamaño medio de las explotaciones es de 63 hectáreas, apenas una octava parte del tamaño de las utilizadas como referencia para calcular la rentabilidad de la inversión en herramientas autónomas.

El campo español se ha digitalizado, pero no se ha vuelto inteligente

En España los datos de adopción tecnológica en el campo a primera vista parecen espectaculares: el estudio elaborado por el Ministerio de Agricultura y Cajamar “Evolución de la transformación digital del sector agroalimentario español: diagnóstico 2022-2025” sitúa en el 96 % las explotaciones agrícolas que usan al menos una herramienta digital. Sin embargo, al entrar en detalle, encontramos que el principal dispositivo es el teléfono móvil, solo una de cada cinco emplea herramientas específicas para detectar plagas y enfermedades, y el uso del GPS en los tractores apenas ha pasado del 7,9 % al 17,9 % en tres años.

Aun así, España está por delante de Europa - el 32 % de sus explotaciones ha incorporado soluciones digitales o maquinaria avanzada, frente al 20 % de la media comunitaria, según la Comisión Europea y el Banco Europeo de Inversiones - pero eso no significa que el campo español se haya vuelto inteligente, sino que se ha digitalizado. De hecho, los propios expertos de la Comisión ya advertían de algo similar a lo que muestran los estudios realizados en Estados Unidos: muchos agricultores consideran que las técnicas de precisión no son rentables en explotaciones pequeñas, y la solución que proponían era compartir servicios y maquinaria.

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Conclusión: la tecnología que merece la pena es la que resuelve un problema

Curiosamente, los resultados en rentabilidad se hacen evidentes cuando la tecnología no sustituye a un trabajador, sino que ahorra el recurso más escaso y más caro del campo español: el agua. La agricultura concentra en torno a tres cuartas partes de la demanda de agua del país y en los años de escasez, las pérdidas económicas son muy elevadas. El Banco de España ha estimado que la sequía de 2022 y 2023 redujo entre un 20 % y un 30 % los rendimientos del trigo y la cebada. En este contexto, los resultados del riego de precisión son muy sólidos: los ensayos del Instituto de Investigación y Tecnología Agroalimentarias (IRTA) en cítricos lograron ahorros anuales de entre el 13 % y el 24 % gracias a sondas de humedad en el suelo, y otros ensayos en cítricos han alcanzado ahorros cercanos al 30 % sin pérdidas significativas de producción ni de calidad. La pregunta clave no es si el campo debe digitalizarse -ya lo está haciendo- sino qué tecnologías resuelven verdaderamente un problema. Por tanto, la inversión “inteligente” en la agricultura no es necesariamente la que incorpora la tecnología más puntera, sino la que sabe para qué la incorpora.