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Mi bisabuelo republicano

Para catetos y terraplanistas en la política, y aunque les parezca imposible, había republicanos de derechas.

El ministro de la Presidencia, Justicia y Relaciones con las Cortes del Gobierno de España, Felix Bolaños y la secretaria general del PSPV-PSOE y ministra de Ciencia, Innovación y Tecnología, Diana Morant, durante su visita al Paredón de España en Paterna

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Luis Motes

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Me suelo acercar al asunto de la Guerra Civil con extrema cautela. Según me cuentan, tengo familiares víctimas de la guerra en un solo bando, como millones de españoles, pero, aunque no fuera así, me asquea el revisionismo y el uso del maldito conflicto. Porque mi semana empezó con la resaca del 14 de abril, fecha en el que, como saben, se conmemora la proclamación de la República, en 1931. Tengo una efeméride familiar relacionada con este hito histórico. Mi bisabuelo, Federico Gimeno Cases, fue quien entró con la bandera republicana en Manises -el municipio del que procede toda mi familia- para izarla en el mástil del ayuntamiento.

Mi antepasado -materno en este caso- era un tipo estupendo, ceramista serio y con una moral a prueba de bomba. Tengo el privilegio de recordarlo en mis primeros años de infancia, recuerdo que fumaba Ideales. Por desgracia y por edad recuerdo poco más. Lógicamente no pudo transmitirme directamente su vivencia histórica, pero intuyo que la república, en su momento, en su primera versión, desarbolaría diferencias e ilusionó a buena parte del pueblo, de izquierda y derecha. Luego ya sabemos cómo fue la historia.

El caso es que, por aquello de las etiquetas, el abuelo Federico militaba en el Partido Republicano Progresista, es decir, era un republicano de derechas. Muchos ignoran que sí, había republicanos de derechas. Originariamente esta formación se denominaba Derecha Liberal Republicana (DLR), liderada por Niceto Alcalá Zamora. Para catetos y terraplanistas en la política, y aunque les parezca imposible, había republicanos de derechas. Lo digo porque a mayor gloria de la perversión de la historia -la revisión de la que escribía el domingo pasado- asistimos a la apropiación de los referentes y a una re-escritura de los hechos que no puede llevar a nada bueno. Creo firmemente en la construcción de la concordia por encima del ajuste de cuentas con el pasado y de la igualdad entre víctimas. No hay unas “más víctimas” que otras. Hay cierto exhibicionismo vigente, que a veces genera vergüenza. En el hemiciclo de las Cortes Valencianas o en ejemplos puntuales. Léase lo de Juan Antonio Sagredo, alcalde de Paterna, un político solvente que iluminó como un local de lenocinio la fachada del ayuntamiento de su población con los colores de la tricolor. Una república, de neón, quieren algunos. Con Bolaños de telonero.

Caso Erial

Lo más llamativo del caso que tiene sentado a Eduardo Zaplana y otros encausados ante el tribunal de justicia es que no podía librarse de esa estrategia de defensa que consiste en echarle la culpa al muerto, que es un atajo para eludir responsabilidades. En este caso el finado es Juan Cotino. Pero lo que más me llama la atención, por la perversión que supone, es lo de las conformidades, los acusados que pactan confesiones a cambio de perdón parcial.

No sé de leyes. Intuyo sobre lo que veo y conozco. La fiscalía es necesaria, nos defiende del delito, es la garantía de defensa de la ciudadanía contra el mal. Pero usa atajos que en ocasiones bordean la ética. Las conformidades con los acusados a cambio de que señalen al pez gordo o que confiesen, parecen legítimas. Pero si son a cambio de nada o los procesados no pueden señalar, porque no tienen nada que esconder o que reconocer, entonces interviene el miedo. Y recuerden que los acusados en un juicio pueden mentir. Están en su derecho. Y de hecho lo hacen. Esta es la táctica, y conozco casos. La fiscalía te acusa de mil cosas y te pide una pena que te acojona. Pero te la quita o te la rebaja si cantas. Pedir penas que son absurdas en su tamaño y conformar una acusación a cambio cuando no hay nada que reconocer pervierte el sistema. Es un atentado contra el derecho a defenderse. En el Caso Erial unos acusados amedrentados están señalando a un tipo que les puso en casa. Por miedo a ir a la cárcel. Tan miserable como, en ocasiones, la condición humana.

La Comunitat está que arde

Se ha quemado Tárbena y su microrregión, en la Marina Baixa, un enclave mallorquín, origen del que se sienten orgullosos sus pobladores desde el siglo XVII, y donde aún se “sala” el valenciano. La solución a los incendios forestales de última generación, como el que ha calcinado importantes masas forestales en La Marina, pasa por intervenir en el medio natural, considerar a los agricultores como agentes medioambientales y financiar los cultivos para regular el medio. Pero los políticos piensan que eso es “enterrar” recursos. En lugar de buscar soluciones de calado, los partidos se enzarzan entre sí.

El problema de los incendios forestales para la izquierda es, ahora,… Carlos Mazón. Semejante reduccionismo no es solvente intelectualmente. Es cierto que la gestión de emergencias -el secretario autonómico Javier Montero solo lleva desde septiembre en el cargo- no puede resolver la desidia del Botànic en la gestión de los montes. Sin embargo, las reivindicaciones de los bomberos indican un malestar heredado de los gobiernos de izquierda y no resuelto por el actual, que ya lleva casi un año en el poder. Es fácil culpar a VOX -es un buen saco de boxeo- de recurrir a la UME a las primeras de cambio y manipular los niveles de Previfoc, pero parece más bien una estrategia. Señalaba el alcalde de Tàrbena, Francisco Javier Molines, que el gran problema es que la agricultura ya no es rentable, y que los montes se abandonan. Europa quiere acabar con su granero tirando de la Agenda 2030 y las víctimas son muy próximas. Que se lo digan a mi amigo Javier Matoses, que se tiene que comer sus sacos de arroz de l’Álbufera porque han desembarcado arroz chino en Valencia, a mayor gloria de la cifra de negocio de la Autoridad Portuaria. I després voldrem una paella d’arròs valencià.

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