| 13 de Agosto de 2022 Director Antonio Martín Beaumont

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Isabel Díaz Ayuso y Teodoro García Egea.
Isabel Díaz Ayuso y Teodoro García Egea.

Lo que la crisis del PP no esconde y lo que sí tapa en una semana desenfrenada

La guerra interna abre un escenario de dimensiones insospechadas que deja en evidencia a los actores que la han protagonizado

| H.G. Edición Valencia

Mitrídates VI,  rey del Ponto, amplio territorio que se expandía por la antigua Asia Menor, logró fama inmortal por su demostrada capacidad para guerrear contra el imperio romano y conseguir derrotarlo en diversas batallas hasta finalmente caer.

Además de su faceta belicosa, destacó en la constante búsqueda de la inmunidad ante los múltiples venenos que, durante siglos, han acabado con incontables dirigentes. En esa persecución del antídoto perfecto mezcló todo tipo de sustancias y probó sus efectos en numerosos infelices. Así halló lo que se ha llamado mitridato.  Todo ese esfuerzo se volvió definitivamente en su contra. Derrotado por Pompeyo, decidió envenenarse, aunque en vano. Su cuerpo resistía todo lo que dañino que ingería. No le quedó más remedio que recurrir a uno de sus oficiales -cuyo nombre ha quedado en el anonimato- para que le quitase la vida con su espada.

Teodoro García Egea, secretario general del PP, constituye una suerte de émulo de ese oficial con su Mitrídates, con el presidente de su formación, Pablo Casado. Ambos han evitado toda clase de ´envenenamientos´ en la forma moderna de debacle electoral. Las elecciones nacionales de abril y noviembre de 2019, las autonómicas catalanas de 2021, las vascas de 2020, incluso las castellanoleonesas de la pasada semana podrían haber acabado perfectamente con su reinado.

Egea hace buenos a sus antecesores

Ha resistido despejando responsabilidades. Hasta ahora, que se ha enfrentado a su posiblemente más poderoso rival, el interno, el que mejor lo conoce. Si no le pide a su oficial que le dé la puntilla, posiblemente Casado tenga que hacer lo propio con Egea, un secretario general que, con sus continuos errores y su arrogancia, ha hecho buenos a antecesores que resultaban tan antipáticos como Francisco Álvarez Cascos y María Dolores de Cospedal.

Casado confundió la excepción (el triunfo de Ayuso en la Comunidad de Madrid engullendo a Ciudadanos y frenando a Vox) con la norma (los 88 escaños del PP en las nacionales de 2019, su estrepitosa caída en las autonómicas catalanas con ascenso de Vox, la infructuosa repesca de Iturgaiz en el País Vasco o el incomprensible adelanto electoral en Castilla y León para ver cómo el único partido capaz de convivir en gobierno con el PP, Cs, desaparecía).

La excepción no es la norma: Ayuso

Y como esa excepción ha dejado en evidencia la norma, ha convertido su partido en un polvorín para  quemar a ese brillante verso suelto. Casado ni levanta pasiones ni despierta ilusiones, al contrario de lo que sí consigue Isabel Díaz Ayuso. Tampoco concita enemigos políticos externos tan acérrimos. No obstante, el PP tenía serias posibilidades de gobernar España, con Casado de presidente.

No por méritos propios, sino por deméritos ajenos, como suele suceder. Por el desgaste del PSOE, que provoca que una parte del electorado oscilante, el más pragmático y menos ideologizado, no quiera votarlo y viera en el PP el mal menor.

En ese crecimiento demoscópico y electoral andaba sumido el Partido Popular cuando, por ajuste de cuentas propio, ha querido transformar la letanía de la corrupción de la década pasada de la que ya apenas se escuchaba el eco en concierto a todo volumen. Detectives privados, empresas públicas utilizadas para fines políticos, asesores con sueldos desorbitados, comisiones.... todo términos que evocan lo peor de lo peor de la política en la mente del electorado.

 

El PP ha decidido autoflagelarse con el cilicio más destructivo. Su líder ha determinado poner a prueba su antídoto más poderoso en una lucha cainita a la que asiste estupefacta toda España y que jalean todos sus rivales políticos no para que venza Ayuso o Casado, sino para que caigan ambos y, con ellos, el partido, su partido, por KO.

De Oltra a Rivera: todos en segundo plano

En una semana que empezó con la vicepresidenta del Consell, Mónica Oltra, casi acorralada por falta de cooperación en la investigación por abusos a su ex; con el PSOE lamiéndose la derrota en Castilla y León; con Podemos escribiendo ya su epitafio tras estos últimos comicios; con Albert Rivera acabando de sepultar a Ciudadanos y con un largo etcétera de cuestiones que beneficiaban al PP, Pablo Casado ha dado la vuelta a la tortilla para quemar la parte que resultaba más jugosa para su electorado.

¿Y el expediente a Alberto Casero?

Ha dado un giro inverosímil a la actualidad nacional y ha decidido abrir un expediente informativo a su líder regional más popular. Además, ha tomado esta decisión después de pasarse dos semanas exculpando a Alberto Casero, el diputado cacereño que se equivocó con reiteración e hizo posible que la reforma laboral del Gobierno saliera adelante.

Pese a haberse erigido Casero y, por extensión, su partido, en el hazmerreír nacional, la dirección del PP se ha lanzado a una incomprensible dispensa. Teodoro García Egea no le ha abierto expediente, aunque los motivos deberían de sobrar por su incomprensible -y letal para los intereses de su partido- fallo. En cambio, a Ayuso, por plantarles cara pero no por perjudicar con un error al electorado, le sacan la tarjeta amarilla en forma de expediente y le avisan de la roja.

 

El tándem Casado-Egea ha concatenado hasta la fecha tal cúmulo de equívocos estratégicos que en un partido en la oposición, sin el poder institucional que sí puede repartir su antagonista socialista, Pedro Sánchez, para acallar críticas internas, bien debería de haberles enviado con anterioridad al sumidero de la historia política.

La inmovilidad clásica-amansada incluso por el carácter de Mariano Rajoy- del PP y la lealtad de sus cuadros al mando han sido los mejores antídotos de Pablo Casado hasta la fecha. Casi tan efectivos como los de Mitrídates VI. No obstante, puede haber llegado la batalla final, esa en que Pompeyo (Ayuso) lo derrota y tiene que pedir a su oficial que le clave su espada. Y que luego haga lo propio políticamente con él. Al fiel estilo del considerado suicidio patriótico romano: la inmolatio. Eso o corrobora su capacidad para dar un nuevo giro a esta visceral historia de desenfreno político en el PP.