| 16 de Enero de 2022 Director Antonio Martín Beaumont

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La última bala del capitán Arenas

Se cumplen 100 años de la heroica muerte en combate del capitán Félix Arenas en Monte Arruit. Un cuadro de Ferrer-Dalmau nos lo muestra cargando por última vez su fusil frente al enemigo

| Juanjo Crespo * Edición Valencia

Nacido en 1891 en Puerto Rico en el seno de una familia de tradición militar, Félix Arenas siempre supo cómo quería vivir, y seguramente, cómo morir. A los 14 años ya había ingresado en la Academia de Ingenieros de Guadalajara ¿Para qué perder tiempo cuando alguien tiene claro su destino?

A finales de 1920, ya como capitán, tomó el mando de la compañía de telégrafos de la comandancia militar de Melilla, y fue allí donde le sorprendió una serie de ataques rifeños contra varias posiciones españolas en el verano de 1921.

Podía haberse quedado en su puesto, aún lejos del enemigo, pero el capitán Arenas pidió permiso para ir al epicentro de los combates, dirección a Monte Arruit.

Mientras se acercaba con su vehículo, se encontró con una columna de militares españoles heridos que se replegaban hacia Melilla. Arenas consiguió un caballo cediendo su vehículo para el transporte de sus lastimados camaradas.

Antes de llegar a las posiciones españolas se encontró con un sargento, malherido, que también buscaba socorro en Melilla. Arenas bajó de su caballo y se lo dio. Seguiría el resto del camino a pie.

Llegó al frente y tomó el mando del campamento Titulvis, fortificando y defendiendo la posición, y reparando las líneas telegráficas desde ese punto hasta Monte Arruit. Las oleadas rifeñas se hacían imparables. Los soldados españoles apenas tenían víveres ya y estaban a punto de quedar rodeados, así que el general Navarro ordenó replegarse hacia Monte Arruit.

Una retirada, en ese momento y en aquellas circunstancias, era casi una acción suicida. Pero quedarse allí, también era una muerte segura.

El capitán Arenas enseguida entendió por qué una fuerza misteriosa le había empujado a salir de su despacho en Melilla para llegar a aquella posición: se presentaría voluntario para proteger –junto a 200 hombres- la retirada de todo el ejército.

Había oficiales más antiguos, con más galones, pero él insistía que debía ser él quien mandara la fuerza. Y así fue.

Sin dar la espalda jamás al enemigo, aquel puñado de valientes respondía al fuego rifeño intentando evitar la masacre.  

El camino hasta Monte Arruit era largo y tortuoso, el calor de julio, asfixiante, y el olor a sudor y a sangre acompañaba aquella procesión errante en la que destacaba el valor y la serenidad de Arenas.

Una de aquellas noches mientras se replegaban, Arenas, solo, abandonó la posición para acercarse a los rifeños y quemar un pajar desde el que les hacían fuego. Aquella acción le produjo unas graves quemaduras, pero consiguió que cesara el fuego y de esta manera la columna pudo seguir su retirada buscando refugio.

En aquel heroico sendero de salvación -que acababa en Monte Arruit- iban quedando carromatos, cocinas de campaña, botiquines, pertrechos y monturas… pero lo que el capitán Arenas no iba a permitir era que el enemigo capturara los cañones.

El peso de las piezas de artillería dificultaba mucho su avance. Además, la arena y las piedras dañaban los ejes de las ruedas, y los soldados españoles ya no tenían fuerza para empujar más aquellos cañones.

Al fondo se veía ya la bandera en lo alto del fuerte y se adivinaba la puerta de columnas que daba entrada a Monte Arruit, pero Arenas estaba decidido a defender aquellos cañones que se habían quedado parados. Entraría en el campamento con ellos, o no entraría.

Y ese es el momento sublime que recoge Ferrer-Dalmau en su cuadro. Bayoneta calada, rodeado de soldados ya muertos, cargando por última vez su fusil.

Su gorra de plato de oficial caída a su derecha, las cartucheras también en el suelo ya vacías, con la munición agotada. Las tres estrellas de capitán bordadas en la manga, y el castillo –emblema de los ingenieros militares- en su cuello.

Sí, está cargando el fusil con un gesto altivo, mirando de frente a la muerte. Su rostro también refleja dolor, le duelen las quemaduras de la mano derecha, y todavía más al hacer fuerza para cargar por última vez su fusil Máuser.

Sudor y sangre en el uniforme y polvo en sus botas. Mira a alguien, sí. Está mirando a un grupo de rifeños que se acercan a la carrera a por él blandiendo sus machetes y espadas.

Él les observa acercarse sabiendo que no tiene municiones para todos. Les mira enfadado, quizás consigo mismo por no haber podido guardar más balas.

Desde Monte Arruit le gritan. Unos le dan ánimos y otros le instan a abandonar los cañones. Pero el capitán Arenas ya sabe por qué y para qué dejó Melilla y se presentó voluntario para la misión: para morir allí.

El cuadro de Ferrer-Dalmau ya no lo pinta, pero de haberlo hecho, el instante siguiente a este momento hubiera sido un golpe mortal en la cabeza de Arenas. Y al caer, herido de muerte, un segundo antes de entregar su alma a Dios, habría recibido el abrazo postrero de su hermano el teniente Arenas, que cuatro días antes también había muerto en combate en otra posición.

Era imposible que el Capitán Arenas supiera que su hermano había muerto, y sin embargo aquellos cuatro últimos días de su vida se comportó como si sólo quisiera ir en su búsqueda.

Quizás lo sabía. O no. No digo que fuera más valiente por temerario, por querer buscar la muerte. Digo que quizás, sólo quizás, de alguna manera una fuerza superior lo acercaba a él.

Nunca los sabremos. Ni siquiera estamos seguros de dónde están enterrados, aunque es muy posible que ambos cuerpos se encuentren en el Panteón de los Héroes de Melilla, donde llegaron los restos de los caídos españoles en las acciones en las que murieron el capitán y el teniente Arenas.

Ferrer-Dalmau captó en su cuadro el momento sublime de la última carga de su fusil, de la bala final. Después, un golpe que mata pero no duele, el silencio, la paz eterna, la gloria y el descanso junto a otro héroe, junto a un hermano.

Por aquella acción el capitán Arenas recibió a título póstumo la Cruz Laureada de San Fernando en 1924 y desde entonces en el Anuario Militar de los Ingenieros que recoge el listado de oficiales, aparece siempre -como el primero de los capitanes- don Félix Arenas Gaspar.

El capitán Arenas no se fue aquel día. Murió, sí, pero cada día forma -el primero- en la lista de capitanes ingenieros. Qué suerte haber formado junto a ti, aún sin merecerlo.

 *Experto en Seguridad y Geoestrategia.