17 de Junio de 2021 Director Antonio Martín Beaumont

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Hablamos español. Y también valenciano.

La asociación Hablamos español ha convocado una manifestación el día 2 de junio en la que reivindicará el aprendizaje en lengua materna; pero, realmente, ¿es el castellano o el valenciano?

| Héctor González Edición Valencia

La asociación Hablamos Español ha convocado una manifestación en Valencia, el próximo sábado 2 de junio, con los lemas “no a la imposición del requisito lingüístico” (en valenciano, se sobreentiende) y “por la libertad de elección de lenguas”. Por supuesto, su protesta va dirigida a la política emprendida por Conselleria de Educación de promocionar el valenciano hasta tal punto que condena al castellano a un segundo lugar y vulnera la equidistancia, la convivencia cordial como lenguas cooficiales. Más aún, descuelga de la docencia a profesores que carecen de la capacitación en valenciano, sin que, por encima de este requisito, prime su propia capacitación profesional como docentes.

El manifiesto difundido por los organizadores de la protesta va en la línea de esa libertad de elección a la que apelan cuando recalcan que “en la Comunidad  Valenciana queremos poder elegir en cuál de las lenguas que tradicionalmente se ha hablado serán educados nuestros pequeños”. Hasta aquí, todo ecuánime, que cada familia escoja, en igualdad de condiciones, entre las dos lenguas. Disponemos de esa opción que la mayoría de autonomías no tiene. De poder elegir. De contar con dos alternativas lingüísticas en nuestro día a día.

De hecho, aunque tendamos a expresarnos preferible o predominantemente en una u otra, somos bastantes  quienes en muchas ocasiones escogemos en función de nuestro adlátere de conversación. Es decir, en una misma mesa, si tenemos un interlocutor valencianohablante y otro castellanohablante, con uno intercambiaremos frases, e incluso interjecciones, en una lengua, y con el otro, en la otra. Con la que cada persona se sienta más cómoda. Una singular riqueza idiomática. Y lo hacemos sin la menor duda mental. Nos nace. Cuando miramos a alguien las palabras nos brotan en castellano o en valenciano. Indistintamente. Y sin que se produzcan confusiones. Aunque hablemos mejor una lengua que otra.

Y hecho este inciso, vuelvo al manifiesto de Hablamos español (me gusta más denominar a nuestra lengua común castellano, que también la reconoce así la Real Academia de la Lengua Española, aunque en las comunidades monolingües en ocasiones les chirríe que utilicemos ese vocablo). “No es sensato ni respetuoso borrar el español de los edificios oficiales”, continúa.

Totalmente de acuerdo. Voy más allá. Dudo incluso que sea legal. Tampoco me parece práctico limitar muchas señales de megafonía en transporte público o indicaciones viarias al valenciano. Somos bilingües. Si a un castellanohablante ya le cuesta comprender esas indicaciones, pongámonos en el lugar del turista italiano o británico, el que más nos visita. Y creo que todos estamos de acuerdo en considerar que el turismo aporta una riqueza fundamental a nuestra economía. Si nuestras instituciones, en sus campañas promocionales, subrayan el supuesto carácter hospitalario valenciano, qué menos que intentar que el visitante nos comprenda.

Y llegados a este punto de la libertad de elección, me topo con una frase, en ese manifiesto, que desmonta todo su argumento.  “Como mejor aprende un niño es en su lengua materna; lo contrario supone un esfuerzo que solamente es recomendable si existe un especial interés en aprender la otra lengua. Y siempre se resentirá la adquisición de la terminología y del registro culto en lengua propia”. En este caso, ¿cuál es la lengua materna? Porque para un niño de Camporrobles será el castellano y para una niña de Miramar, el valenciano. No podemos prejuzgar. Cada familia sabe, de entre las dos, cuál es su lengua materna.

Respecto a lo de resentirse el aprendizaje, lo pongo en bastante tela de juicio. Entonces, ¿les ocurre eso a todos los niños a los que enviamos a estudiar en centros anglófonos o germanófonos y que están aprendiendo una lengua que no es la suya materna? ¿Les resentirá aprender inglés o alemán en la obtención de terminología culta en castellano?

Por tanto, no se trata de que hablemos español/castellano o de que hablemos valenciano. La cuestión consiste en que cada habitante de la Comunidad Valenciana disponga de las mismas oportunidades y herramientas  para aprender y para estudiar en ambas, que, no lo olvidemos, son cooficiales. Que no le impongan una ni le priven de la otra. De manera que, en el ejercicio de su libertad individual y de la riqueza lingüística autóctona, escoja.

 Y que lo mismo pueda hacer con sus descendientes, que pueda elegir el centro escolar sin que el requisito lingüístico condicione. Que solamente sume. Sin imponer con la excusa de promover. Y sin mirar con la óptica de habitante de una autonomía monolingüe. Porque somos españoles y valencianos. Tenemos esa doble vertiente.