30 de marzo de 2020
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Los últimos coletazos de Puigdemont que busca blindarse ante los “traidores”

El expresidente catalán, Carles Puigdemont.

El expresidente catalán, Carles Puigdemont.

Por más cortinas de humo que despliegue, se sabe políticamente muerto y se acompaña de un cortejo fúnebre. Sentenciado por el propio secesionismo que maniobra a sus espaldas.



Carles Puigdemont proyecta sobre el secesionismo una mácula nebulosa, extendida y viscosa. Una tacha incómoda que aún se pasea por delante de sus compañeros provocándoles espasmos. El ex presidente de la Generalidad sigue siendo una pesadilla. Metidos en el fango, el PdeCAT insta a ERC a liquidar el personaje para sobrevivir. Aunque nadie sabe cómo convertirlo en un mal recuerdo del que ningún devoto les pida cuentas.

Puigdemont está cada día más solo, con la figura empequeñecida, sin más compañía que de la de un cortejo fúnebre de incondicionales prestos a esconderse detrás de una máscara que sólo deje otear lo que quieren que se vea. Todos ellos sedientos de venganza. Porque desagravio habrá de haber, y la grey independentista lo sabe, máxime cuando aspira a abandonar en algún sótano hasta su silueta. Y nadie, fuera de cantinelas oficiales, niega tales intenciones. Puigdemont ha observado, desconcertado, cómo se desmorona su poder.

El ex presidente ha empezado a alcanzar la categoría de apestado y se descubre a la intemperie, expuesto a los “traidores”, cuyas maniobras se desatan para regir los destinos de Cataluña. El menguante entorno de Puigdemont habría acogido con prevención el tour carcelario de Roger Torrent que rindió visita en Estremera a su jefe de filas, Oriol Junqueras, y al ex conseller Joaquim Forn, además de pasar por Soto del Real para encontrarse con los “Jordis”. El presidente del Parlamento enmarcó sus citas en la defensa de los derechos de sus 135 diputados, incluidos los de aquellos presos, pero entre una parada y otra, mantuvo en agenda “un compromiso privado” en Madrid. ¿Con quién?

El Gobierno de Mariano Rajoy mira para otro lado... El rencor, en política, es mala compañía. Pero resulta clave para entender ese “suma y sigue” del esperpento independentista, con la tensión alcanzando cotas máximas entre Waterloo y Barcelona, donde los de JxCat, en solitario, registraron una propuesta para reformar la ley de Presidencia y poder investir a distancia a Puigdemont como máxima autoridad. Una jugada tan suicida como las anteriores que pilló fuera de juego a ERC. El ex presidente quiere consumar una quiebra que puede tener difícil recomposición.

Siempre resulta complejo desandar lo andado y tender puentes cuando estos se fracturan en medio de una maraña de recelos y mentiras. Con el desaguisado, Carles Puigdemont ha buscado efectos colaterales: 1) Su propia visibilidad. 2) Una cuña con Junqueras en medio de unas negociaciones tan avanzadas como para estar centradas, entre otros aspectos, en el escollo del control de los medios de comunicación públicos; algunos de la JxCat telefoneaban en secreto este fin de semana a los de ERC subrayando su neutralidad. O 3) Un grado considerable de desconcierto entre el propio secesionismo.

Visto así, la estrategia del ex presidente comportará escasos réditos y es fruto de sus últimos coletazos. La maniobra a la desesperada no solventa absolutamente nada. Porque, en realidad, Puigdemont ya ha acabado con el propio Puigdemont.

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