La columna de Motes: Unplugged

Formar parte del drama de la pandemia no te da ningún tipo de superioridad moral ni mucho menos pero al menos sí que te proporciona cierta distancia y, pese a la tragedia, cierta paz.

La cosa va de desconectar. O de desconectarse. Ma non troppo. A ver. Lo cierto es que no me considero un misántropo. Soy de los conductores que cuando le dan a elegir “manual” o “tarjeta” en los peajes de las autopistas elige la opción de interactuar, aunque solo sea durante un par de segundos, con el humano que vive dentro del cajetín. Lo de los peajes -cuya obsolescencia programada los convierte en un extraño y romántico elemento de rebeldía- merece capítulo a parte. Será objeto de la próxima columna que me comprometo a redactar en esta nueva serie de “infopinión” que me ha ofrecido generosamente el equipo de ESdiario.

Decía que no soy un misántropo -respetable especie social representada por auténticos sátrapas-  pero sí que he decidido temporalmente -es más una consecuencia que una decisión realmente- practicar la misantropía política. Desde el 8 de mayo estoy desconectado. Ese día nuestra familia sufrió el que, seguramente, es el palo más gordo que te puede dar la vida.

Mientras gestionamos a duras penas la reconstrucción y tras el control de daños, parte de los recursos anímicos que he logrado rescatar puedo dedicarlos a recuperar la reflexión escrita pero eso sí: he encerrado en una caja fuerte la rabia y la indignación. Siempre he sido una persona hiperconectada a través de mil canales.

 Parte de los recursos anímicos que he logrado rescatar puedo dedicarlos a recuperar la reflexión escrita pero eso sí: he encerrado en una caja fuerte la rabia y la indignación

Hay a quien podría parecerle agotadora esa hiperconexión pero reconozco que fue una elección personal y satisfactoria. Obligada -seguramente- por mi oficio pero desde luego, vocacional. Sin embargo y como digo, desde una tarde de principios de mayo estoy de servicios mínimos y he limitado el número de imputs: los 5 periódicos de la mañana y poco más. Apagué a Alsina, a Herrera o a la Bueno y limité al máximo las redes -donde nunca he pasado de la categoría de observador realmente-. Y eso sí, menudo descubrimiento, dejé de inyectarme tele informativa en vena para sustituirla por documentales de animales, megaestructuras, canales de golf o historia de las guerras mundiales. A modo de gotero. Es la realidad inerte la que me interesa ahora porque la coetánea, la que en teoría avanza y es dinámica, es un bucle patológico.

Por desgracia creo que esta desconexión no durará siempre. Ahora mismo sólo me atrevo a compartir la siguiente percepción: no hay que bajar la guardia ante el virus, este gobierno que tenemos obtuvo nota en la protección social tras el desastre pero es cómplice en la tragedia.

He dejado libre la butaca de primera fila ante el patio de Monipodio. Y eso que nunca he comulgado con esa generalización de manual de que todos los políticos son iguales que criminaliza a nuestros representantes electos. Pero es que sólo veo cháchara, autoempleo y muy pocas soluciones. Formar parte del drama de la pandemia no te da ningún tipo de superioridad moral ni mucho menos pero al menos sí que te proporciona cierta distancia y, pese a la tragedia, cierta paz.

No obstante y por desgracia creo que esta desconexión no durará siempre. Ahora mismo sólo me atrevo a compartir la siguiente percepción: no hay que bajar la guardia ante el virus, este gobierno que tenemos obtuvo nota en la protección social tras el desastre pero es cómplice en la tragedia. Las víctimas deben exigir responsabilidades y los ciudadanos votar cuando llegue el momento. Ahora mismo no nos queda otra: vamos a dejar pasar el verano más triste de nuestra generación. Y en septiembre toca levantarse. Y conectar.

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