La ciudad no es para mí. Beatificar a Jonqueras

Una hipotética beatificación de Jonqueras llevaría todo esto a su verdadera y quimérica dimensión y devolvería a los españoles la realidad secuestrada.

No consta en las modestas fuentes de este también muy modesto opinador que se haya iniciado ya, siquiera en las redes sociales, un movimiento serio por la beatificación de Oriol Jonqueras. Aunque cobra tamaño la especie, por probable aunque maliciosa, que la monja Lucía, pudiera pedirlo personalmente en el Vaticano, con el beneplácito de Montserrat en pleno y el aplauso de antiguos y fieles devotos de monseñor Setién. La propuesta podría contar con apoyos ajenos, pero partidarios de un santoral independentista, o al menos republicano. Incluso, en un ejemplo de las altas metas que un diálogo integrador entre diferentes puede alcanzar (y por analogía con los “conflictos políticos”), se sumarían algunos colectivos islámicos, como guiño de cercanía por la común opresión de Santiago y cierra España .

El procès se elevaría a una categoría mística, representada en la beatitud de su líder encarcelado, y la utopía de la república catalana dejaría de ser cosa de idiotas para serlo de iluminados.

Tal vez resultara motivo de mayor desunión para los independentistas, ya que Puigdemont podría recelar de una operación que le relega a simple héroe laico y Torra, apenas neófito en materia de condenas bienvenidas, vería muy lejano similar reconocimiento, pese a emular en méritos civiles y religiosos a su adversario separatista.

Los escapularios provisionales emitidos a favor de Comín y su jefe de filas para sentar sus reales en asientos semejantes a aquellos en los que se ciscaron en España, van más allá del confort que pueden procurar a sus protagonistas.

Pero valdría la pena intentarlo. Transitar de los ropones judiciales a los ropones cardenalicios, para culminar esta comedia costumbrista, postmoderna y chabacana de la destrucción de España, hasta con bula papal. A total satisfacción de tractoristas y populismos diversos.

La inmunidad decretada por la autoridad judicial europea y los escapularios provisionales emitidos a favor de Comín y su jefe de filas para sentar sus reales en asientos semejantes a aquellos en los que se ciscaron en España, van más allá del confort que pueden procurar a sus protagonistas. La ceremonia de la confusión está servida, preparada para ser devorada primero, deglutida después, asimilada y expulsada finalmente, por la domesticada opinión pública.

Poco o nada puede hacerse más allá de la firmeza en los principios de unidad e igualdad de los españoles. Vengan de donde vengan las andanadas y salieran de donde salieran las torpezas.

Los hechos, contundentes y tozudos, son los que fueron por inmune, lo sea o lo fuere, que se considere a su autor. Por inmunizado que ahora se sienta para reincidir animado por esa suerte de absolución permanente urdida en Estrasburgo. Por satisfechos que estén sus abogados y mentores con la humillación de que el Supremo español tenga que pedir el Suplicatorio.

Los sabíamos inmunes a la decencia y a la honradez, incapacitados para practicarlas. No nos impresiona esta inmunidad de salón.

Bien mirado, una hipotética beatificación de Jonqueras llevaría todo esto a su verdadera y quimérica dimensión y devolvería a los españoles la realidad secuestrada. Una realidad alejada del permanente juego de tronos que protagonizan estos mindundis.

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