26 de enero de 2020
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

La abstención técnica de Rivera es la obcecación de un político voraz disfrazado

Albert Rivera y Pedro Sánchez en el Congreso.

Albert Rivera y Pedro Sánchez en el Congreso.

Los españoles ven ya como solución unas terceras elecciones. Lo extraño es que los presuntos perjudicados (Sánchez, Rivera e Iglesias) no se den cuenta de que acabarán en la enfermería.

¿Y si a la  tercera fuera la vencida? ¿y si una  nueva repetición no fuera una locura? ¿y si, por extraño que parezca, ya “casi” no queda tiempo para un nuevo Gobierno salido de este fantasmal Parlamento? En Madrid, hace tres días, con las maletas rebosantes para huir del calor inhumano de la capital, cinco personajes de la España real, de la que vive en las instituciones sociales no en las políticas, se impuso como motivo obligado de tertulia una conclusión, una respuesta a estas preguntas, en realidad resumidas en una sola: ¿por qué no intentarlo por tercera vez?

Y no hubo sorpresa; no la hubo por lo menos para este cronista: ¿Por qué no? No la hubo y no voy a entrar en más disquisiciones sobre la inoportunidad, el “dislate” de una repetida convocatoria. Y es que conviene anticipar una impresión: la gente, se diga lo que se diga, no está tan harta como parece. Aquí, en este verano tórrido del 16 empieza a cundir la impresión de que no pasa nada por no tener Gobierno, incluso hay gentes que se malcrían pensando en que se vive mejor sin un Montoro en plenas facultades, que con un Montoro en funciones limitadas, con un Margallo escribiendo libros sobre el porvenir económico de nuestro sistema y la monserga democristiana “de lo social”, que con estos dos maestros de la resistencia sempiterna persiguiendo el uno a todo sujeto susceptible de ser un perverso defraudador de su Hacienda confiscatoria, y el otro encabezando el debate sobre la secesión de Cataluña, asunto éste sobre el que, al menos en teoría, todos sabemos que dobla en conocimientos al pícnico frailón de Junqueras.

Que no, que no, que la gente no está harta, que a la gente esto comienza a traerle por una higa, calentorros como están los españoles del estío, abrasándose bajo un sol que es nuestra principal fuente de ingresos. En tal situación, hablar del desaparecido Sánchez (Dios le mantenga en su covacha terrena), de ese dúo de pesadísmos asesores de Rivera que constituyen Villegas y Girauta, de Iglesias, enfrascando en sus nuevos amoríos y en driblar las continuas golfadas de los Cañamero, Monedero, y aún de Rajoy, empeñado en que sí, en que le crean que está dispuesto a negociar incluso la calidad del percebe gallego, a nuestros veraneantes o incluso a las víctimas que sufren los sartenazos inhumanos del calor urbano, lo que de verdad les está cansando, es que, váyase donde se vaya, la pregunta no sea otra que ésta: ¿qué? ¿se sabe algo de si va a haber Gobierno? 

Y es que a los políticos que venían a la feria ungidos como vestales por estrenar, con Sánchez, Rivera e Iglesias encabezando el paseíllo de los policantanos, ya no se les cree casi nadie

A los periodistas que ahora mismo estamos “part time”, trabajando o paseando, nos traen fritos, de tal modo que muchos colegas, según confiesan, han optado por repreguntar a sus interlocutores de ocasión: “¿y su cultivo de girasoles como marcha?” o ¿es verdad que ustedes los funcionarios se van a forrar a “moscosos” la temporada que viene?”.

Todo esto que relato no es una chanza propia de un achicharrado cerebro veraniego; es la deducción lógica que extraen nuestros paisanos de todo cuanto está ocurriendo en este abrasado solar patrio. Y es que a los políticos que venían a la feria ungidos como vestales por estrenar, con Sánchez, Rivera e Iglesias encabezando el paseíllo de los policantanos, ya no se les cree casi nadie. Su casta es más vieja que la de Romero Robledo. Los antiguos por su lado van cambiando de puesto en puesto, de forma que como Rajoy continúe tirando de banquillo (una ministra a las Cortes, otro a Vitoria, el tercero ofreciéndose en Facebook), nos es que el Gobierno se vaya a ir, es que se va a quedar en los huesos, con titulares ocupados en dos o tres carteras que, encima, no pueden tocar un  papel porque no tienen otra función que estar en funciones.

Así las cosas: no es que nos estemos quedando sin Gobierno, es que el Gobierno se está yendo mientras los voceros del inefable púber Sánchez insisten en que Rajoy se conforme con los buenos días, y mientras Rivera intenta explicar que la abstención técnica es otra cosa más seria que la estupidez de un político voraz disfrazado de brillante clarisa.

De aquí, que la gente -vuelvo a las andadas- esté en que lo arreglen de una vez en un par de de días o si no que nos llamen a las urnas el día de Navidad, porque igual entre turrón y peladilla los españoles nos ponemos sensatos de tanta glucosa en el ciclo de Krebs y enviamos al paro a estos novilleros que no han conseguido aún llenar la plaza portátil de “La vaquilla” de Berlanga.

Y por eso no coinciden con la casta y el castoreño, picadores estos últimos de toros placeados, en que la tercera sería una vergüenza, especulan con que a lo mejor hasta supondría una solución definitiva, entre otras cosas por un pequeño y decisivo detalle: porque en nada, el 8 de septiembre, se inaugurarán las campañas regionales vascas y gallegas y ya no va a haber lugar físico para abrir más urnas. Lo que es extraño es que los presuntos perjudicados de esa tercera intentona, no se den cuenta de que realmente puede existir, de que la gente trata ya de asumirlo como inevitable, y que ellos, por seguir y terminar en el argot taurino, se van a ir a hule de la enfermería donde hiede el olor a necropsia política o serán perseguidos por los mozos del pueblo al grito de no “volváis por aquí, que os tiramos al pilón”.

Así que la tercera no es una gansada; es posible y aún más: probable. Se barrunta.        

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