21 de octubre de 2017 | DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

La jugada maestra de Rajoy con el artículo 155 rompe la cintura a Puigdemont

Rajoy, este miércoles, presidiendo el Consejo de Ministros extraordinario que activó el mecanismo del 155.

Rajoy, este miércoles, presidiendo el Consejo de Ministros extraordinario que activó el mecanismo del 155.

Ahora, al inquilino de la Generalitat se le ha acabado el tiempo de las artimañas y las emboscadas. Debe contestar sí o no a una pregunta bien sencilla.

Dicen los tratados de historia que en las más graves crisis de estado es donde se ven las hechuras de los grandes políticos. Ha llegado la hora de la verdad en el órdago ilegal del independentismo catalán.

Se ha acabado el tiempo del regate corto, del filibusterismo parlamentario más estrambótico -como el que todos los españoles y europeos pudieron ver este martes en el Parlamento de Cataluña-, del victimismo tramposo de los secesionistas en busca de un reconocimiento internacional que no tienen y, en definitiva, el final de la escapada de un largo tiempo de desgobierno en Cataluña, cuyos graves efectos están sufriendo en primer lugar los propios catalanes desde hace ya demasiados años.

El Gobierno -no tenía otra salida posible- respondió este miércoles con prontitud, claridad y contundencia al sainete vivido el martes en la Cámara catalana con una declaración de independencia interruptus, un presidente de la Generalitat desautorizado por sus propios conmilitones del PDCAT y títere de los más radicales objetivos de Esquerra y la CUP.

El bloque constitucional ha dado un ejemplo de lealtad al marco legal, de generosidad y de priorizar el interés general, frente a los posibles futuros réditos electorales.

Tras una fructífera negociación con Pedro Sánchez y Albert Rivera, y agotadas todas las vías de la buena fe y la lealtad institucional, Mariano Rajoy activó el botón del pánico para el independentismo y sus líderes: el requerimiento previo a Puigdemont antes de poner en marcha el inédito protocolo de aplicación del artículo 155 de nuestra Constitución. Ahora, al inquilino de la Generalitat se le ha acabado el tiempo de las artimañas y las emboscadas. Debe contestar sí o no a una pregunta bien sencilla: ¿Ha declarado la independencia unilateral o está dispuesto a regresar al camino del Estado de Derecho?

Lo enfatizó bien el presidente del Gobierno este miércoles en la solemne sesión plenaria del Congreso sobre Cataluña. "En manos del señor Puigdemont está volver a la normalidad y restablecer la legalidad institucional o alargar un período de tensiones. Espero que acierte en su respuesta". Y no es que sea a Rajoy a quien se le ha acabado la paciencia. Se le ha acabado a todos los españoles y a los propios catalanes, como demuestran la imparable fuga de las empresas más señeras de la economía catalana o la masiva manifestación del pasado domingo en las calles de Barcelona.

Cabecera de la manifestación del pasado domingo en Barcelona en favor de la unidad de España y la Constitución.

 

En estas últimas veinticuatro horas, la gravedad de la situación ha obligado a retratarse a todos los líderes políticos. Satisfactorio será para sus votantes cuando llegue el momento de que sean llamados a las urnas. El bloque constitucional ha dado un ejemplo de lealtad al marco legal, de generosidad y de haber sabido priorizar la garantía de la cohesión territorial de España y el interés general, frente a los posibles futuros réditos electorales.

En el momento decisivo, PP, PSOE y Ciudadanos han sabido estar a la altura de las circunstancias. Y han hecho lo propio, en una coyuntura endiablada, Mariano Rajoy, Pedro Sánchez y Albert Rivera, dando a las instituciones legítimas de la democracia toda la cobertura constitucional y respaldo moral frente a los golpistas. Y a la altura del reto ha emergido la figura, ¡vaya sí lo ha hecho!, del Rey Felipe VI en el momento más crucial de su reinado.

Ahora, al inquilino de la Generalitat se le ha acabado el tiempo de las artimañas y las emboscadas.

Otros, simplemente, han arrojado al suelo sus caretas. Dice el dicho que se puede engañar a todos un tiempo y engañar todo el tiempo a algunos. Pero que no se puede engañar todo el tiempo a todos. Pablo Iglesias ha optado a lo largo de estos meses por navegar en la equidistancia y por ejercer la peor práctica posible en política: decirle a cada uno aquello que quiere escuchar. Defender un referéndum de autodeterminación para cada región de España que lo exija o abogar por la fraternidad de los "pueblos de España" como nuevo modelo de Estado debería deslegitimar a cualquier político español que aspire a gobernar este país.

Han sido tiempos complicados. Muy complicados. De miedo. Incluso. Seguramente vendrán otros que tampoco van a ser fáciles. Pero ha llegado el final de la escapada para los oportunistas y los visionarios arquitectos del más grave desafío que España ha sufrido desde la Transición. Ahora todo lo fían a la "mediación". Pero no hay mediación posible entra la ley democrática y la desobediencia o la ilegalidad.

Todo el mundo se ha retratado ya. Los españoles, seguro, han tomado nota. Y si algo ha demostrado la historia de España es que los españoles son un pueblo sabio y tolerante.

 

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