22 de marzo de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Un respeto al Rey Juan Carlos, objeto de hostigamiento de Podemos

 

 

En la misma línea de acoso constante al Rey Felipe, objeto de una indisimulada campaña que añade a las tensiones con el soberanismo las referentes al modelo de Estado, Podemos ha reforzado ahora su estrategia incorporando a Juan Carlos I a sus obsesiones.

Su empeño en hacerle comparecer en el Congreso, a sabiendas de que no lo puede hacer y de que una abrumadora mayoría del Parlamento ni lo quiere ni lo pide; obedece al deseo de minar a la Casa Real y de patrimonializar un espíritu seudorepublicano que le permita distinguir un poco su alicaída propuesta política de la del PSOE.

Don Juan Carlos fue la primera víctima del populismo, que aprovechó un momento de zozobra y crisis nacional para provocar su abdicación

Servirse de la estabilidad institucional para obtener algún tipo de dudoso rédito político es lamentable y hace buena la caricatura de Podemos como un partido antisistema que, sin embargo, no renuncia a las bondades del sistema en materia de obtención de fondos públicos o, sin criticar esto, hasta de vigilancia 24 horas del domicilio del líder de ese partido.

La irresponsabilidad de Podemos al añadir al conflicto en Cataluña una versión demagógica y agresiva del debate monárquico le confirma como un partido de minorías, sin visión de Estado y abonado al ruido del que depende, sin embargo, la gobernación de España.

Víctima del populismo

Pero además es un acto de profunda injusticia hacia una figura indispensable de la historia reciente de España, sin la cual simplemente no se entiende el salto de la dictadura a la democracia. Seguramente don Juan Carlos fue la primera víctima del populismo, que aprovechó un momento de zozobra y crisis nacional para provocar su abdicación.

 

Pero probablemente pueda ser también su primer antídoto si, como es de esperar, la sociedad española y sus instituciones se sacuden el complejo y restituyen su figura con la dignidad y el agradecimiento que merecen por sonoros que hayan sido algunos de sus errores humanos.

El balance es tan absolutamente positivo y a su favor, que no dejarlo claro equivale a alimentar un debate capcioso en el que, en realidad, no se discute sobre el modelo de Estado, sino sobre su vigencia en los parámetros democráticos que conocemos.

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