Egos y estrategia: el desencuentro creciente entre PSPV y Compromís en Valencia

Los momentos ´felices´en la relación Ribó-Gómez cada vez parecen más recuerdos del pasado

Los momentos ´felices´en la relación Ribó-Gómez cada vez parecen más recuerdos del pasado

Mientras que en la inmensa mayoría de municipios que comparten gobierno, socialistas y compromisarios han aparcado sus diferencias, en la capital autonómica la distancia aumenta.

La discusión suscitada por una supuesta conversación salarial entre Compromís y PP constituye el mejor síntoma del distanciamiento entre el alcalde Joan Ribó y su equipo, y su socio de gobierno casi por obligación, que no por devoción, el PSPV, que encabeza la ahora aspirante a vicealcaldesa Sandra Gómez. El Partido Socialista no se ha andado con remilgos y ha roto las negociaciones tras acusar al primer edil de pactar a sus espaldas una subida de sueldos con el PP.

Le ha acusado y le ha plantado en unas negociaciones que están dilatándose hasta la extenuación y, sobre todo, hasta el desespero para algunos de los implicados y para quienes las cubren informativamente. Ribó, al igual que el resto de alcaldes, fue investido el sábado 15 de junio, en un pleno en el que el PSPV le prestó o regaló (según se mire) sus votos para evitar cualquier sorpresa. Posiblemente, al ser el candidato de la lista más votada, no los hubiera necesitado. No obstante, aún así los obtuvo.

 

 

El alcalde los logró después de dar plantón durante más de dos semanas a la portavoz socialista. Estaba tan seguro de su apoyo que le bastó una reunión previa al pleno y, sobre todo, una foto con sonrisa incluida junto a la candidata socialista a la alcaldía, para meter en su zurrón los siete votos de la candidatura que encabezó Sandra Gómez. Demostró que, sin demasiado esfuerzo, era capaz de arrimar el ascua socialista a su sardina compromisaria.

Ribó ha ido demostrando, sin demasiado esfuerzo, que es capaz de arrimar la sardina socialista a su ascua compromisaria. En el PSPV esa actitud ya cansa

Desde entonces, poco se ha avanzado. Pasaron esas tres semanas entre las elecciones y la investidura sin acuerdos concretos. Y han transcurrido casi otras tantas con bastantes más desencuentros que encuentros.

Mientras que en la inmensa mayoría de consistorios valencianos los pactos suscritos entre socialistas y compromisarios están más que rubricados, en la capital autonómica el alcalde sigue ostentando todas las delegaciones. Aún no las ha repartido y, a juzgar por su actitud, tampoco parece tener prisa. Realiza cesiones de poder a ediles de su confianza, de Compromís, cuando no queda más remedio, sobre todo para cuestiones burocráticas, y poco más.

La creciente distancia entre Ribó y Gómez que se percibió en la campaña electoral no ha dejado de alargarse. Los abrazos entre la portavoz socialista y la alcaldable de Unidas Podemos, María Oliver, contrastaban con las miradas de desconfianza entre el primer edil y la aspirante del PSPV a sucederlo.  A esta circunstancia se unía el hecho de que, según las encuestas, Gómez era la candidata con mayores posibilidades de desbancar a Ribó. Por tanto, su rival más directa. Ambos lo sabían y, sin grandes alharas públicas, se lanzaban sus dardos. En ocasiones bastante sibilinos.

La ostentación con la que el alcalde celebró su victoria en la noche electoral con esa salida triunfal de la sede de Compromís, las críticas en sus primeras palabras a la defenestrada Unidas Podemos, y, desde entonces, a juicio de los socialistas, el desprecio que han sufrido por parte de Ribó y su equipo, que los consideran "prescindibles" y que no tienen reparo en recalcar públicamente que el PSPV es quien necesita más a Compromís que a la inversa, han ahondado en la herida.

La ostentación de poder del alcalde y los menosprecios que sufren, en opinión del grupo socialista, no hacen más que ahondar en la herida entre ambos partidos

La petición de la vicealcaldía para Sandra Gómez que Ribó niega sin aportar argumentos sólidos y basado más en motivos de estrategia, en restar visibilidad a quien aspira a sucederlo sin ser su delfín, está enconando la negociación hasta límites insospechados. Ha bastado ahora una pequeña chispa, un tema tratado sobre sueldos entre Ribó y la alcaldable del PP, María José Catalá, para que prendiera la llama en un terreno casi yermo.

Mientras, tanto PP como Ciudadanos intentan sembrar cizaña en ese distanciamiento que ya es más que un desencuentro matrimonial. Empieza a constituir un amago de separación. El portavoz de Ciudadanos, Fernando Giner, ha avanzado que se opone a cualquier subida salarial de concejales y asesores, mientras que desde las filas populares han recordado que ha sido el resto de partidos quien ha negociado ya la incorporación o continuidad de asesores y no ellos.

Por otra parte, la naturalidad con la que Ribó ha deslizado que hablar de cuestiones de cargos constituye una práctica normal en esa primera cita con Catalá demuestra, una vez más, que por mucho que se empeñen en tratar de convencer a la ciudadanía de que lo primero es el qué, el programa y un largo etcétera de cuestiones más etéreas, al final a los representantes políticos les une lo más pragmático y ordinario: liberaciones, cargos y asesores. Orquestar su equipo.

Y mientras tanto, el tiempo transcurre, se cae parte de un techado del Palau de la Música, el alcalde no reparte delegaciones y tampoco se prodiga en actos y la vida sigue en Valencia. Sin gobierno municipal.

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