22 de enero de 2020
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

El plebiscito

Iglesias, en 2014

Iglesias, en 2014

¿Por qué Iglesias consulta a la militancia de Podemos? Por la misma razón por la que se compra una mansión que desmonta toda la imagen de su partido: porque no les respeta.

 

 

Durante estos últimos días la palabra estrella es “incoherencia”. La que supone que Pablo Iglesias, que ha fundado su liderazgo y su discurso en la imagen de líder ascético de la famélica legión, se haya comprado una mansión con piscina riñonera y baño portátil de chiringuito balinés.

Pero lo que de verdad es significativo de esta compra no es esa obscena colisión entre el personaje y su retrato de proletario puro ajeno a las tentaciones burguesas -esculpido y difundido por él mismo hasta el hartazgo-, sino lo mucho que nos revela acerca de lo que Pablo Iglesias piensa de los militantes de Podemos.

Si algo ha demostrado el Camarada de Galapagar es que los conoce bien, ya sea porque su dominio de las redes sociales le permite olfatear en tiempo real por dónde campean sus odios y devociones, o porque la naturaleza le haya hecho partícipe de ese misterioso instinto que permite a las madres adelantarse a las fechorías de sus hijos.

Los militantes de blanquearán el pecado del Gran Líder con tal de evitar el caos. Iglesias lo sabe. Por eso los desprecia.

Por ello, supone una cierta ingenuidad creerse que Iglesias no era consciente de que, al menos, podía haber una posibilidad de que pasase lo que pasó cuando compró su versión castiza de la dacha de Lenin. Lo sabía. Simplemente, no le importó. Y no le importó porque sabía también que, llegado el momento, los militantes de Podemos se lo tragarían.

De Errejón a Espinar

Primero fue la beca-regalo de Errejón. Después, el trilerismo fiscal de Monedero para proteger los fondos de reptiles pagados por el régimen bolivariano. Inmediatamente llegó el escándalo del asistente de Echenique, al que tenía sin contrato y sin cotizar a la Seguridad Social. Y poco más tarde los 30.000 € de Espinar, ganados con la especulación de una vivienda protegida. Todo esto lo supieron los militantes de Podemos y lo dejaron pasar.

 

 

Es por esta razón por la que, en el plebiscito, Pablo Iglesias no pregunta a los militantes si tiene que renunciar a la casa. En realidad, en el plebiscito no pregunta nada. Tan sólo amenaza: o te humillas públicamente bendiciendo mi casa o me voy y el partido se derrumba.

Y cuando los militantes lo legitimen, que lo harán, Pablo Iglesias los habrá hecho suyos. Nada une más que el supremo acto de cesión voluntaria al Líder de la propia dignidad. El Gran Salto Adelante de ciudadano a camarada-cosa. 

A blanquear

Se suele decir que el hombre es siervo de sus miedos. Pero Pablo Iglesias sabe que esto no es del todo cierto. El hombre es, por encima de todas las cosas, siervo de su sueño. Y está dispuesto a pagar cualquier precio porque otro se lo alcance. Incluso el de su dignidad.

El trágala se repetirá. Los militantes de Podemos blanquearán el pecado del Gran Líder con tal de evitar el caos y, con él, el naufragio de su sueño revolucionario de adolescencia. Pablo Iglesias lo sabe. Por eso los desprecia.

Y por eso se compró la casa.

 

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