23 de marzo de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Una peligrosa manera de gobernar que sienta inquietantes precedentes

Pedro Sánchez gobierna por decreto, despreciando el resultado de las urnas, pactando con cualquiera e intentando anular ahora al Senado. En apenas tres meses, su legado no puede ser peor.

 

 

Pedro Sánchez es el presidente que más veces ha recurrido al decreto-ley en sus primeros días en el Gobierno y, además, el único que se ha planteado intentar cambiar la legislación, en compañía de Podemos, para acabar de tal manera con la mayoría parlamentaria de un rival en una cámara con capacidad de veto como el Senado.

Todo ello obedece a la debilidad del grupo socialista y recalca la inquietante manera de entender la política que ya le llevó a Sánchez a La Moncloa: de igual forma que para buscar una mayoría parlamentaria obvió que, por elemental respeto democrático, primero hay que tenerla en las urnas; para paliar ahora las consecuencias de acceder así al Gobierno recurre a mecanismos excepcionales para compensar su falta de apoyo ciudadano.

Si Sánchez ignoró que para buscar mayorías en el Congreso primero hay que tenerlas en las urnas, pisotear todo lo demás le resulta sencillo

El 'todo vale' de Sánchez, plasmado en su acuerdo con los partidos independentistas a los que debió aislar pero ahora les adeuda el cargo, le ha llevado a asaltar literalmente RTVE para colonizar el ente público y ponerlo a su servicio; a designar a militantes sin experiencia para cargos en empresas y organismos estratégicos donde debiera primar la capacidad profesional; a convertir la financiación autonómica y el Consejo de Política Fiscal en un mero cambalache con sus propios barones regionales o, ahora, a estudiar con Pablo Iglesias cómo anular la mayoría del PP en la Cámara Alta para aprobar un techo de gasto distinto al que él mismo apoyó al introducir en la Constitución un mecanismo de regulación del mismo en el artículo 135.

 

Con Sánchez es simplemente imposible saber a qué atenerse, cuáles son sus principios y dónde están los límites, como demuestra su insólito cambio en la cuestión catalana: en apenas dos semanas pasó de reclamar un 155 más contundente y proponer el endurecimiento del delito de rebelión a aceptar los votos soberanistas para lograr en los despachos lo que le negaron las urnas por dos veces.

 

 

Convertir esa alianza provisional con PdeCat, ERC o incluso Bildu en un supuesto ejemplo de una política dialogante y en el clímax de un sano ejercicio de parlamentarismo para, a la vez, pisotear en el Senado una versión mucho más acorde con las urnas de ese juego de mayorías; es el penúltimo despropósito de un presidente que adapta la realidad a sus necesidades personales y prescinde de todo aquello que perturba ese objetivo, incluyendo a los propios ciudadanos.

Sánchez adapta la realidad a sus necesidades personales, prescindiendo de todo lo que le molesta, incluidos los votantes

Esa manera de gestionar el poder, como una herramienta personal ajena a cualquier otro objetivo que no sea el suyo propio, sienta además un peligroso precedente que en el futuro podrá explorar ya cualquier presidente: si no valen ya los votos de los ciudadanos, si se puede pactar con cualquiera y si además se puede gobernar por decreto, ¿para qué sirven las elecciones?

Una herencia terrible

El legado de Sánchez, en términos democráticos, va a ser doloroso y poco acorde con la regeneración que predicaba para camuflar su inaceptable tendencia caciquil y su clamorosa indiferencia hacia los propios españoles.

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