16 de diciembre de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT
  • Pascual Tamburri

    Ruta Norte

    Pascual Tamburri nació en Pamplona y vive Navarra. Es licenciado en Filosofía y Letras, en Ciencias Políticas y en Derecho, doctor en Historia Medieval y profesor de Instituto. Ha investigado y publicado más de dos décadas y sigue creyendo que hay futuro para España y sus campos.

¿Qué pasaría si el PP asesinase a Pablo Iglesias?

Un líder de la oposición asesinado por las fuerzas gubernamentales rompería España. No va a pasar en 2016. Pasó en 1936.

Un líder de la oposición asesinado por las fuerzas gubernamentales rompería España. No va a pasar en 2016. Pasó en 1936.

El líder de la oposición, asesinado por oficiales de las Fuerzas de Orden Público y militantes armados de un partido de la mayoría. Si fuese la España de 2016, sería el fin de la paz.

En una madrugada de julio, un grupo que viajaba en un vehículo de la Policía, entre ellos un capitán de la Guardia Civil y algunos militantes armados de la mayoría política, fue a buscar al conocido diputado a su domicilio. Obligado a acompañarles, sería asesinado minutos después, con varios disparos, y abandonado ya muerto, a la puerta de un cementerio.

¿Se imagina usted qué pasaría si la víctima de eso fuese uno de los líderes de la oposición política, un parlamentario especialmente agresivo contra el Gobierno? En cualquier país del mundo un escándalo, y el fin de ese Gobierno o, alternativamente, el fin de la democracia allí. En España hoy, si la víctima de algo así fuese Pablo Iglesias a manos de gentes vinculadas al PP, sería el inicio de una violencia social de dimensiones brutales.

Conociendo España hoy y lo que queda del PP, eso no va a pasar de ninguna manera en julio de 2016. La extrema izquierda puede estar tranquila mientras se lame las heridas –no tan graves- de unas elecciones que, bromas aparte, nadie discute.

Pero algo parecido a eso sí ha sucedido en España. Hace 80 años, en 1936. Eso sí, quienes controlaban el Gobierno eran el PSOE y la extrema izquierda. Ah, la “memoria”. Con una constitución ya de partida mala y sectaria, ellos querían más, usar el poder para hacer su revolución. En aquellos primeros meses se aliaron y rompieron la legalidad constitucional. En la práctica, con la violencia en la calle, la libertad y la democracia pasaron a ser palabras vacías.

El centroderecha, dividido y sin saber qué hacer, tuvo su culpa. Una de las fuerzas enfrentadas al Frente Popular –que entonces sí ganó y gobernó- era Renovación Española. Su líder, José Calvo Sotelo, había sido muchas cosas antes, también ministro con don Miguel Primo de Rivera y luego enemigo político de su hijo. No era un demócrata, pero sí un defensor de la identidad española y un monárquico convencido, maurista en su tiempo y católico activo. Corporativista a su modo, más o menos amigo a ratos de la Italia fascista pero nunca fascista él, fue enemigo tanto de la derecha que aceptaba la República tal cual como del centro y de la Falange. Curiosamente, en febrero de 1936 y antes de las elecciones planteó un pronunciamiento militar conservador ante una posible victoria de izquierdas, y Francisco Franco se negó diciendo que "yo lo que creo es que, en resumidas cuentas, el Ejército debe soportar lo que salga de las urnas".

Calvo Sotelo, tras aquello diputado monárquico y líder al menos moral de gran parte de la oposición parlamentaria, fue asesinado en la madrugada del 13 de julio de 1936 por un grupo de socialistas armados con el apoyo, vehículos y armas de la Guardia de Asalto y de al menos un oficial de la Guardia Civil. Eso, tras discursos incendiarios de oposición como el del 16 de junio de 1936 en el Congreso, frente a la izquierda y la extrema izquierda. “Yo acepto con gusto y no desdeño ninguna de las responsabilidades que se puedan derivar de actos que yo realice, y las responsabilidades ajenas, si son para el bien de mi patria. Yo digo lo que Santo Domingo de Silos contestó a un rey castellano: 'Señor, la vida podéis quitarme, pero más no podéis'. Y es preferible morir con honra a vivir con vilipendio”. A comienzos de julio, el socialista Ángel Galarza le dijo en las Cortes que el uso de la violencia era legítimo contra quien utilizaba el escaño "para erigirse en jefe del fascismo y quiere terminar con el Parlamento y con los partidos [...] Pensando en S.S. encuentro justificado todo, incluso el atentado que le prive de la vida".

Pese a su protagonismo, hoy parece probado que Calvo Sotelo fue asesinado porque los ejecutores no encontraron en su casa al líder de la oposición legalista mayoritaria, José María Gil Robles –prudentemente en Biarritz. Fernando Condés, capitán de la Guardia Civil e instructor de La Motorizada –grupo armado juvenil del PSOE del que era miembro el autor del disparo final, Luis Cuenca- actuó como oficial al mando de la camioneta policial, que salió del Cuartel policial de Pontejos. Ese apoyo extendió la culpabilidad del crimen a oficiales de la Guardia de Asalto, como el teniente coronel Sánchez Plaza y el comandante Ricardo Burillo. Vamos, como si hoy un comando de Nuevas Generaciones del PP viajando en unas furgonetas de la Policía no encontrase a Pedro Sánchez en casa y sustituyese su secuestro y asesinato por el de Pablo Iglesias.

¿Qué pasaría hoy después de algo así? No lo sabemos, pero seguramente nada pacífico.

Sí sabemos qué pasó entonces. Precisamente el asesinato hizo posible el intento de golpe del 18 de julio. Stanley G. Payne ha demostrado que la izquierda jugó con fuego, intentando provocar un alzamiento militar chapucero que fracasase y les diese más fuerza, y a la vez cometiendo este magnicidio. El asesinato de Calvo Sotelo hizo decidirse a los indecisos y unirse a todos los amenazados, desde conservadores a carlistas y a falangistas, además de militares más tibios o técnicamente más preparados que sabían que no había posibilidad de golpe de Estado “limpio” y que se iría a una lucha feroz entre dos bandos. Francisco Franco, en los recuerdos de su primo y ayudante Francisco Franco Salgado-Araujo, pasó a decir “que ya no se podía esperar más y que perdía por completo la esperanza de que el Gobierno cambiase de conducta al realizar este crimen de Estado, asesinando alevosamente a un diputado de la nación valiéndose de la fuerza de orden público a su servicio”.

Lo dijo Gil Robles, ya desesperado, en el último encuentro parlamentario: "Vosotros, que estáis fraguando la violencia, seréis las primeras víctimas de ella". Si la mayoría podía asesinar al líder de la oposición, si se podía detener y ejecutar a cualquier enemigo político de la izquierda, si el mismo funeral de Calvo Sotelo podía ser tiroteado impunemente por el Frente Popular, ya no había ni apariencia de democracia en España. Ya todo era posible y valía la pena intentarlo. El asesinato del líder derechista llevó al Alzamiento, a la guerra civil y a la creación de un régimen que al menos formalmente lo tomó a él como referencia.

Tiene su ironía que los mismos que hoy se alzarían en armas para vengar un asesinato político del segundo Pablo Iglesias nieguen, hablando de “memoria”, la importancia del asesinato político de José Calvo Sotelo. Que no es “memoria” sectaria, sino un hecho histórico de hace 80 años.

 

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