19 de noviembre de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

El PSOE de Pedro Sánchez no se parece nada al que heredó de Rubalcaba

Si algo representó Rubalcaba para el PSOE y para España, es un proyecto opuesto al de su sucesor. Por eso fue marginado, como tantos otros socialistas cruciales en la historia reciente.



 

 

La despedida a Alfredo Pérez Rubalcaba ha exhibido lo mejor de la política española, por una vez parecida a la sociedad a la que, a menudo, distorsiona y enfrenta más que representa: el reconocimiento unánime, el afecto y el homenaje han llegado desde todos los ámbitos ideológicos, como corresponde en una democracia madura con aquellos que, desde sus principios, han respetado y hecho respetar el espacio común de convivencia entre distintos que es el Estado de Derecho.

Especialmente plausible ha sido el comportamiento generoso de los rivales del exsecretario general del PSOE, con Rajoy al frente, su sucesor en el PP y los máximos dirigentes de Ciudadanos: todos se han sumado a un adiós solemne, del máximo rango institucional, aunque en perfiles similares no obtuvieran el mismo tratamiento.

Los casos de Manuel Fraga o Loyola de Palacio, despedidos entre desprecios indignos y escandalosas faltas de aprecio, contrastan con la dignidad brindada por el centroderecha y demuestra que, hasta en cuestiones fúnebres, la doble vara de medir se impone. Siempre en perjuicio de los mismos, vivos o muertos.

Un heredero solo formal

Quien menos razones tiene para sentir orgullo por este momento de mágico y triste consenso es, sin embargo, quien más lo ha protagonizado. Si alguien ha desatendido, cuando no despreciado, el legado político de Rubalcaba, ése ha sido Pedro Sánchez, sin menoscabo de sus emociones íntimas, sin duda sinceras y humanas.

Rubalcaba representa lo contrario al PSOE de Sánchez, y su negativa a asumirlo le confinó al olvido interno como a tantos otros ilustres

Lo reconoció en vida el propio exvicepresidente del Gobierno con Zapatero, uniéndose al coro de socialistas indispensables para entender la consolidación de la democracia en España y sumándose también, por ello, al grupo de marginados por el heredero de todos ellos.

Con sus sombras, especialmente relativas a un papel harto discutible en aquella jornada de reflexión previa al 11M que convirtió al PP en culpable de un atentado salvaje del que solo eran responsables quienes lo cometieron, Rubalcaba antepuso siempre la defensa de su país a los intereses de su partido o los personales.

 

Por eso se opuso a pactar con Podemos, un partido antisistema que defiende públicamente el fin de la Monarquía Parlamentaria, el derribo de la Constitución o el referéndum de independencia en Cataluña. Y por eso se opuso a alcanzar el poder con el apoyo, por acción u omisión, del separatismo que llevó a Sánchez a La Moncloa.

El precio que pagó en el PSOE

Pero por eso pagó también el mismo precio que los González, Guerra, Leguina, Corcuera o Redondo: el desprecio de Ferraz y la indiferencia de Sánchez, que sí antepuso sus objetivos individuales a cualquier otra lectura. Hay muchas maneras de ser del PSOE, pero las más dignas no son precisamente coincidentes con la de su actual líder. Por mucho que ahora, con el ilustre fallecido reconocido por todos, intente afligirse más que nadie.

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