18 de octubre de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

¿Qué está pasando para que veamos tantas barbaridades cometidas por chavales?

La sociedad debe preguntarse en voz alta, sin ambages, por la crisis de valores elementales que aflora a diario y se remata con espeluznantes casos, clímax de un problema mayor.

 

 

En apenas 24 horas hemos conocido, conmocionados, a dos sucesos especialmente crueles cometidos por adolescentes. De un lado, el probable asesinato de un bebé a manos de su padre, un niño de 16 años que tiró al río a su pequeño, dado a luz por una niña de 13 años en la soledad de un lúgubre motel.

De otro, la paliza sufrida por otra niña, a las puertas de su instituto, a manos de una jauría de compañeras que además grabaron las imágenes difundidas luego públicamente. Son dos casos distintos, pero unidos por un nexo común.

La fata absoluta de humanidad, de escrúpulos, de conciencia y de sentido del mal. En una palabra, de valores esenciales para conducirse por la vida con el más elemental civismo. No se puede apelar a la inmadurez ni a la irresponsabilidad como explicación de comportamientos tan salvajes, pues la distinción entre lo correcto y lo incorrecto no necesita ni de una gran educación ni de una edad avanzada.

Tampoco basta con apelar al exhibicionismo tecnológico que, en casos como el del acoso escolar, suelen acompañar a las agresiones, en una especie de ceremonia de publicitación de la proeza que a veces se comete precisamente con ese fin exclusivo.

Aunque la responsabilidad de delitos tan graves siempre es individual, la sociedad y sus instituciones han de reflexionar en voz alta, sin medias tintas

Tiene que haber algo más, y aunque la responsabilidad de delitos tan graves siempre es individual, la sociedad y sus instituciones han de reflexionar en voz alta, sin medias tintas, con arrojo, sobre qué está pasando para que la violencia aflore con tanto estrépito a edades tan tiernas.

Nadie lo afronta

Seguramente falla el esquema tradicional de la educación, sustentado en tres pilares esenciales como son la familia, la calle y la escuela. Y con seguridad ninguno de ellos tiene en exclusiva la solución, que tampoco puede ser sectorial. 

Las sociedades proyectan de manera mecánica los valores que marcan su tiempo, y éstos derivan de esa triple realidad, hoy sin duda en crisis por un sinfín de factores económicos, laborales y meramente culturales. Aceptar la dimensión de ese problema, que encuentra en casos así un cruel clímax pero se manifiesta en múltiples detalles cotidianos, es el primer paso. Pero nadie parece dispuesto a darlo.

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