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El orgullo de ser mujer, madre, abogada y columnista

El Gobierno ha metido el acelerador a tope para poder sacar el proyecto de ley LGTBI y trans en la semana del “Orgullo”. Pura propaganda y postureo

El orgullo de ser mujer, madre, abogada y columnista

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Empiezo por decir que el orgullo, en sentido positivo, lo entiendo relacionado con los méritos académicos o profesionales, los éxitos artísticos, la belleza, o con el hecho de destacar en alguna disciplina en particular. No entiendo que hoy día, en nuestro país y con los avances logrados, tenga sentido proclamarse orgulloso por ser gay, hetero, fluido, binario o mediopensionista, puesto que en mi mente somos todos iguales, y obviamente los LGTBI entran dentro de ese pronombre. Considero que cada uno ha de elegir con quién se acuesta o no y que la aspiración por la que deberíamos pelear es esa, la igualdad real y efectiva entre hombres y mujeres, sean como sean sexualmente hablando.

Espero de corazón que el machismo heteropatriarcal no dé paso ahora al rodillo LGTBI y cuantas letras le quieran añadir al término, y también espero que es tono se acabe convirtiendo en el dominio de las feministas acérrimas, hambrientas de venganza al cabo de siglos de dominio masculino. Insisto, aspiro a que seamos todos iguales y no creo ser la única que tenga esta sana aspiración. Absténganse de considerarme fóbica a los gais: tengo unos cuantos amigos gais y siento una especial simpatía por ellos. En mi caso, es simplemente un deseo de que imperen el sentido común y la racionalidad y no caigamos, como consecuencia de un efecto pendular, en hacer sentirse mal o inferiores a los hombres. Repito: viva la igualdad.

En toda esta época de profundos cambios algunos sectores ven como un gran avance el proyecto de ley LGTBI, ideado por esa ministra a la que la mayoría estamos deseando ver fuera del Gobierno. Ay, qué largo se nos está haciendo. Irene Montero nunca pudo aspirar a más, ni un Gobierno de España a menos, que acabar de verse arrastrado a los caprichos megalómanos de alguien sin formación, pero con mucha ambición y necesidad de destacar; alguien que desde su peligrosa ignorancia está arrastrando a todo un país, y especialmente a su juventud, por los lodazales de la moda de hacerse transexual. Sería chistoso, tal vez, si no fuera para cortarse las venas. Me pregunto si este Gobierno va a ser tan irresponsable de seguir cualquier idea, por absurda que sea, de este genio del pensamiento occidental. Pero ya se sabe que Sánchez y los socialistas están vendidos y dependen de los votos de los correligionarios de Montero para mantenerse a flote. Y con ello se están cubriendo de gloria.

Para empezar, los países a los que España pretende emular con este proyecto de Ley están ya dando marcha atrás en sus respectivas leyes trans. Han llegado a la conclusión de que no se puede acceder a la reasignación de sexo de manera frívola, como por desgracia contempla el proyecto de Ley español, que pretende permitir a los mayores de catorce años hormonarse, sin necesidad de consentimiento de sus padres, ni informes de psicólogos o médicos que lo avalen, ni de autorización judicial. Voy a decirlo claro: me parece un disparate auténtico.

Es imprescindible pensar bien qué hacer con la ley antes de su aprobación

Los adolescentes están en el momento de revolución de sus hormonas y muchos no saben si van o vienen en ningún aspecto, no solo en el sexual. Son frecuentes ciertos devaneos o interés por el propio sexo en jóvenes que se encuentran en tránsito desde la niñez y que después, cuando llegan a adultas, son puramente heterosexuales y no se plantean otras opciones. Esto es lo más frecuente, porque la heterosexualidad es lo más extendido, por el momento. Por ello, dejar en manos de los propios menores, sin necesidad de concurso de sus padres ni de profesionales, un tema de una gravedad tan enorme, y con efectos irreversibles es extremadamente grave. Los menores lo son porque su falta de madurez les impide tomar determinadas decisiones en plenitud de consciencia. De ahí que tengan la capacidad de obrar limitada y por ello me parezca simplemente aberrante este proyecto de ley (con minúscula, que no merece otra cosa). El incremento de casos de jóvenes que se declaran trans es ya síntoma no ya de que el “orgullo” va calando, sino de lo despistados que andan muchos y lo presas que son de las modas, de las redes sociales, y en muchos casos de la pornografía y los depredadores sexuales.

Es imprescindible pensar bien qué hacer con la ley antes de su aprobación, puesto que cuenta con tantos detractores y también por eso de cuando las barbas de tu vecino veas pelar. ¡Clama al cielo! Estamos hablando de países especialmente avanzados, como Finlandia o Suecia, que ahora se están negando a hormonar a los adolescentes.

Me mandan un artículo de un prestigioso psiquiatra, llamado Celso Arango, que dice: “Está habiendo un incremento bestial de adolescentes que asumen ser trans sin serlo”. Arango, jefe de Servicio de Psiquiatría del Niño y del Adolescente del Hospital Gregorio Marañón, advierte de una inquietante realidad, la eclosión de adolescentes que resuelven sus crisis asumiendo que son trans, cuando en realidad tienen otros problemas psicológicos o trastornos, que no se resuelven con la terapia hormonal para el cambio de sexo. Ya son miles de personas las que alertan de su grave error al haberse cambiado de sexo, puesto de después de hacerlo han visto que seguían teniendo los mismos problemas de antes.

Y todo esto por no hablar de la indudable picaresca a que puede llevar a muchos espabilados que, en el deporte, por poner un ejemplo, decidan “hacerse” mujeres con el único propósito de poder ganar, en una competición claramente desigual y sin un solo informe médico que lo avale. Claramente injusto, pero ya doy por hecho que, en caso de aprobarse la ley, pasará.

Quienes de veras quieran cambiarse de sexo -solía ser una cifra mínima de la población- han de ser adultos plenamente convencidos de ello y contar con toda la información respecto de los efectos de las terapias y operaciones. No podemos dejar en manos del Gobierno la salud y bienestar de los menores en este tipo de decisiones tan graves, sin que los padres intervengan para nada. Estando así las cosas, ¿por qué no dejamos a los de catorce que conduzcan un coche, o los metemos en la cárcel si cometen un delito? En fin, confiemos en el buen hacer de Sus Señorías y en que paren este sinsentido a tiempo.

Mónica Nombela

Letrada directora de Nombela Abogados

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