| 16 de Agosto de 2022 Director Antonio Martín Beaumont

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Figura de San Vicente Ferrer en Lorca
Figura de San Vicente Ferrer en Lorca

La lengua y sus utilidades

El tercer idioma del mundo no está para tonterías. El castellano sobrevivirá a Sánchez, a Ibarrretxe y a Urkullu, a Puigdemont y a Aragonés y a todos los que se niegan a reconocerlo

| Manuel Avilés Edición Alicante

No sean malpensados. Cuando lean esto, andaré por esos mundos – de Dios, del diablo o de nadie- arrastrando mi torpe aliño indumentario, que diría Machado, con mi cuerpo cochambroso de un sitio a otro con el libro “De prisiones, putas y pistolas” a cuestas. Más de una vez recuerdo mi época juvenil – treinta y nueve años es ser joven- , cuando ejercía de espía etarrólogo y, al despertarme en algún hotel de la geografía hispana, tenía que encender la luz y mirar la publicidad del sitio porque no sabía dónde estaba durmiendo. Me viene a la memoria en este deambular continuo, aquella película que dirigió y protagonizó Fernando Fernán Gómez: “El viaje a ninguna parte”. Unos cómicos de la legua andaban pasando fatigas de un pueblo a otro, intentando sobrevivir con sus historias de miseria y hambre en el posfranquismo. El gran José Sacristán – aún me dura la impresión de cuando lo conocí en el rodaje de “Todos a la cárcel”- estaba que se salía de la escena junto con Fernán Gómez, Gabino Diego también, aunque ninguno – al menos que yo conozca y para mi gusto- le haya llegado a Sacristán actuando.

Como aquellos cómicos de la lengua, he parado estos días en Lorca. La Fundación Lorquimur debería dar unas clases en Alicante, en la Concejalía de Cultura o en la Diputación o donde proceda, en el resto del país, para explicar cómo se trabaja altruistamente por la cultura de un pueblo. Lorca, ciudad fronteriza  “in illo tempore”,  entre el Reino de Murcia y el Reino de Granada, es una joya y en cada esquina hay un caserón, una iglesia, un monumento que da fe de hasta qué punto los cristianos, tras conquistarla, quisieron dejar constancia de que estaban allí imponiendo su fe, aunque fue absolutamente imposible hacer sombra a su magnífico castillo.

No me voy a meter en el trabajo ímprobo que ha supuesto la reconstrucción tras la catástrofe del terremoto de 2011. Los lorquinos del siglo XV – le mando al editor de Esdiario una foto como testimonio- fueron tan inteligentes y tan valientes que no se dejaron acojonar por el dominico irascible Vicente Ferrer, santo. Este hombre, integrista y taliban de la época, predicó en Lorca contra los judíos. No le hicieron caso y salió de aquella hermosa ciudad diciendo mientras sacudía sus sandalias: “De Lorca ni el polvo”. Entiendo que se refería al de las calles, el que se remueve con el viento, ciega los ojos y levanta hasta los hábitos frailunos, porque si se refería al otro… bueno, mejor me callo y quedo como un caballero.

Vicente Ferrer, el que no quería ni el polvo del Lorca, predicó por allí en 1411, cuando Europa acababa de pasar la peste negra – una especie de covid a lo bestia y sin vacunas-, culpando a los judíos de la epidemia porque los judíos, con la señal de Caín sobre ellos, eran la percha de todos los palos. Los judíos – véase ahora Palestina- han demostrado con creces hasta  qué punto las víctimas se pueden convertir en victimarios.

A lo que vamos, que Vicente Ferrer, santo, los maldijo y afirmó que no volvía por allí ni harto de vino. Los lorquinos, elegantes y señoriales  - véase la foto que mando al editor de Esdiario-  colocaron tiempo ha una estatua del prócer dominico encima de una columna romana. Es un engendro la imagen del fraile, pero ahí está y creo que ahí debe permanecer como símbolo de tolerancia y de espíritu crítico, de burla ante neuróticos paranoides que intentan convertir por cojones a la peña.

La columna que digo, la de la foto, es una pasada. Colocar sobre la columna al predicador dominico es un engendro, dicho sin ánimo de ofender, que la gente de Lorca se sale del tablero por su generosidad, su hospitalidad y su estilo murciano ¡Qué pijo!

Dominico era el santo y esa orden no es sino una unión de dos palabras: domini canes, o sea, perros del señor. Así ejercían en sus predicaciones inquisitoriales de la época. Pues en esa columna subieron los lorquinos a Vicente. La columna milenaria – ella sola hace que valga la pena ir a Lorca- es de la época Augusta porque en esa Vía estaban Lorca y Cartagena, para que vengan otros hablando de pedigrí nacional e independentista con base en no se sabe bien qué razones. Si nosotros – ahora hablaré de la educación- no hubiésemos estudiado en una época en la que había que aprobar para pasar de curso, no podríamos ni leer lo que dice su inscripción latina y lo mismo nos daría que fuese de la época Augusta, de los Visigodos, de los Austrias o incluso mandar destruirla – como los Budas fueron dinamitados por los talibanes-  por si acaso la mandó hacer Franco y está hecha con restos del Valle de los Caídos.

Imaginaos una pandemia de covid y que solo hubiera tatuadores, raperos, youtubers, bailarines de tuerking y networkers. Un desastre

Se erigió la columna en el siglo I antes de Cristo, que ya había lorquinos por allí y en su inscripción latina -ojo a la importancia del latín tan despreciado e ignorado por todos los analfabetos- dice: “Al emperador César Augusto, cónsul, generalísimo – de aquí copió Franco el título cuando se hizo con el poder entre los generales golpistas- en catorce campañas y Pontifex Maximus”. Y no sigo con la traducción ni con las palabas en latín porque tampoco me quiero tirar más faroles de los imprescindibles.

¿Por qué les cuento esta historia de Vicente Ferrer, de la estatua y la columna romana? Porque entre el volcán de La Palma – otra vez  mi solidaridad con esas gentes en la desgracia que están sufriendo-; la detención del fugado Puigdemont – con mucho menos pedigrí histórico que los lorquinos-; la luz a ciento ochenta pavos el megavatio y los jetas de las eléctricas diciendo que no se forran; y el canguelo de Sánchez para que los italianos no lo manden a que responda ante el Supremo, posiblemente no hayamos caído en la cuenta de decisiones importantes que ha adoptado la Ministra de Educación Pilar Alegría. Me encanta esta mujer, como me pone la que era alcaldesa de Puertollano, en contraposición a la nefasta Celaa, una niña bien vasca que iba de mujer izquierdosa.

¿Qué es eso de pasar de un curso a otro con asignaturas suspensas? ¿Qué es eso de que no haya exámenes en septiembre? ¿Estamos creando analfabetos? Si se aprueba a la gente a mogollón se devalúan los títulos como si fueran másteres de la juancarlos, que los hacen sin aparecer por allí. Como ya le he leído a alguna colega en este mismo diario, menos mal que hubo gente que estudió medicina, biología, matemáticas y lengua. Imaginaos una pandemia de covid y que solo hubiera tatuadores, raperos, youtubers, bailarines de tuerking y networkers. Un desastre. Si en la ancianidad hay que cortarme una pierna por un trombo quiero que lo haga Ingrid, cirujana que se dejó las pestañas estudiando y aprobando, y no un indocumentado que estaba todo el día con los videojuegos y aprobaba por decreto ministerial.

Todo mi respeto a las lenguas de todos los sitios. El euskera hay que conservarlo y potenciarlo. El catalán también.  Y el gallego. Entiendo que cada autonomía quiera diferenciarse y tener su propia personalidad con su propia lengua, pero despreciar, arrinconar y proscribir el castellano es un sacrilegio que merece el infierno directamente. He leído que dice la ministra: “la administración tiene que garantizar el derecho de los alumnos a recibir enseñanzas en castellano”. ¿Se imaginan a un niño de Burdeos al que pretendan darle clase en un idioma distinto del francés? ¿Se imaginan a uno de Hamburgo que no estudie en su clase en alemán o a uno de Liverpool que no estudie en inglés?

Con todo el respeto y toda la consideración al euskera, al catalán, al mallorquín y al gallego, la lengua castellana es un tesoro muy superior a esas lenguas peninsulares – solo hay que echar mano de la literatura y repasarla aunque sea por encima-. Como todo tesoro es innegociable, intocable. El tercer idioma del mundo no está para tonterías. El castellano sobrevivirá a Sánchez, a Ibarrretxe y a Urkullu, a Puigdemont y a Aragonés - ¡qué apellido tan español! – y a todos los memos que se niegan a reconocerlo como una gran creación histórica y lo quieren machacar arrinconándolo. Lean a Cervantes, a Gonzalo de Berceo, al Arcipreste de Hita, a Quevedo, a Lope, a Bécquer, a Cadalso o a Delibes. Y si no los leen, dejen de dictar disposiciones estúpidas para que las obedezcamos. He leído a Ramon Llull y su “Llibre de meravelles” – mi “Ya hemos estado en el infierno” tiene en su portada la ermita donde vivía este hombre en el siglo XIII- ; he leído “Tirant lo blanc” porque en mi época se estudiaban los libros de caballerías; he leído a Mercé Rodoreda y a Josep Pla. He leído a Rosalía de Castro y hasta he oído hablar del intento de Leizarraga de traducir la Biblia al euskera. ¿Alguno de ellos es comparable a Cervantes, a García Márquez, a Delibes, a Cortázar, a Carlos Fuentes? Por favor, eviten las comparaciones imbéciles.