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Mujeres estudiantes con burka y pañuelo / PPI / ZUMA PRESS / CONTACTOPHOTO
Mujeres estudiantes con burka y pañuelo / PPI / ZUMA PRESS / CONTACTOPHOTO

¿Todo el mundo es bueno?

Occidente no está lo suficientemente preparado para poder combatir los efectos perniciosos del integrismo, porque está mirando para otro lado, bajo el autoengaño de una pretendida igualdad

| Mónica Nombela Edición Alicante

Irse de vacaciones no es equivalente a gozar de paz y tranquilidad. Este mes de agosto ha sido de todo menos pacífico. El incendio de Ávila, del que di cuenta hace unos días en una crónica publicada en ESdiario, me pilló con mi familia en mitad de una encrucijada una noche, con dudas de si coger o no el coche e irnos de nuestra casa, huyendo de la quema. Las 22.000 hectáreas calcinadas en esta provincia son buena parte de las más de 50.000 que han ardido en España este verano. Una catástrofe medioambiental de primer orden. A los pocos días, vino la DANA a arrasar buena parte de España -milagrosamente, Alicante esta vez se ha librado, pero no lo digamos muy alto ni cantemos victoria, al menos hasta que pase el otoño, que el Mediterráneo tiene todavía temperaturas muy altas-. Estos fenómenos, unidos a la borrasca Filomena de principios de año, son una prueba palpable de que el cambio climático es una realidad incontestable. Para luchar contra dicha realidad, tal vez lo de subir el precio de las bolsas de plástico a 15 céntimos en el súper no sea más que un gesto simbólico, con un impacto inapreciable en el efecto invernadero y el deshielo de los Polos, pero sí directamente perceptible, en cambio, por nuestros bolsillos. Están haciendo negocio con un tema muy serio. Una barbaridad.

Al margen de los desastres medioambientales, el mes de agosto nos ha traído también la desgracia que ha ocurrido en Afganistán. El asalto al poder por parte de los talibanes, y el papelón de Occidente en todo este lío, es una tragedia para este país en general, pero muy especialmente para las mujeres en particular. Ya no se ven féminas paseando por las calles, las han encerrado a todas en casa, a algunas las han matado, y mientras escribo esto noto cómo me sube el cabreo hasta la raíz del pelo.

Tengo la amarga sensación de que Occidente no está lo suficientemente bien preparado para poder combatir los efectos perniciosos del integrismo, porque está mirando para otro lado, bajo el autoengaño de una pretendida igualdad de derechos de todos los ciudadanos, pero mal entendida. Queremos ser tan tolerantes que pueden acabar metiéndonos un gol por la escuadra, al menor despiste.

Estuve hace unos pocos años pasando unos días en Qatar, considerado uno de los más modernos dentro de los países árabes. Es cierto que los extranjeros andábamos por la calle vestidos como queríamos, e incluso pude ver alguna mujer con pantalones muy cortos y con tirantes. Las qataríes no, porque iban vestidas con la abaya, en el mejor de los casos. Otras llevaban la cabeza tapada, o sea, un hiyab, y no pocas llevaban burka, e incluso a alguna que me crucé de compras por un centro comercial de lujo no se le veían ni los ojos. A la fiesta de la boda a la que asistí en Doha solo estaban invitadas mujeres, que debajo de sus ropajes oscuros iban vestidas de súper lujo, con unos taconazos de escándalo, pintadas como puertas y enjoyadas hasta los dientes. Todo bien oculto, para que no se supiera, para que no se viera, salvo en la fiesta y hasta que llegaron el novio y su comitiva, momento en que prácticamente todas las asistentes al convite se volvieron a tapar, por supuesto cara incluida, en un santiamén. ¿Les parece moderno? ¿Les parece divertido? A mí me pareció ancestral, machista al máximo y ofensivo.

Las feministas que en su ignorancia se han llegado a creer que en España las mujeres estamos en la misma situación que en los países árabes, deberían visitarlos

Es obvio que la fascinación que Oriente ha despertado en el inconsciente colectivo occidental, que siempre nos evoca el escenario de las Mil y una noches, tiene parte de culpa de que veamos con buenos ojos lo que no puede sino ser rechazado de plano y sin paliativos. El discurso chorra de muchas feministas europeas es muy pernicioso y está tan desenfocado que hemos de procurar combatirlo de raíz también. Esas feministas, que no tienen ni idea de nada y hablan de oídas, porque no han salido jamás de su pueblo, y que en su ignorancia se han llegado a creer que en España las mujeres estamos en la misma situación que en los países árabes, deberían visitarlos para que vieran que en la mayoría de ellos las mujeres sí están realmente sometidas y que ni remotamente se equiparan en derechos a los hombres. En España, por suerte, estamos en otra fase evolutiva.

 

Para que veamos las perniciosas mentalidades de algunos, en nuestro propio país un tal Malik Ibn Benaisa -un orador musulmán de Melilla, y en perfecto español- comentó lo que dijo un profeta de nombre irrepetible, en una conferencia: “Toda mujer que se perfuma y sale de su casa, paseándose delante de los hombres que huelen su perfume es una fornicadora”; también dijo “querida hermana, no te depiles las cejas, no está permitido. Que Alá maldiga a las mujeres que se depilan las cejas y a las que depilan a otras. Está prohibido. Su belleza es para su esposo”. Ante tal sarta de disparates, ¿qué hacer? ¿Se puede considerar que las cosas que dijo este orador, que considero que atentan contra el más elemental principio de igualdad de ambos sexos, protegido por nuestra Constitución, está amparado por el derecho a la libertad de expresión? El tal Malik salió indemne ante las acusaciones de apología de la violencia de género y de discriminación por razón de sexo, ¿por qué? Por lo que les decía, que no estamos preparados para combatir este tipo de ataques, cometidos de manera pacífica y desde dentro, que atentan contra nuestra esencia. Nuestro sistema parece un blandiblub, incapaz de blindarse contra el integrismo, porque nos creemos, en plan infantilón, como decía el genial Summers, que “to er mundo é güeno”.

Mónica Nombela Olmo

​Abogada y escritora