| 21 de Septiembre de 2021 Director Antonio Martín Beaumont

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Foto de familia de todos los ministros en la escalinata del Palacio de la Moncloa / Eduardo Parra / Europa Press
Foto de familia de todos los ministros en la escalinata del Palacio de la Moncloa / Eduardo Parra / Europa Press

Vivo sin vivir en mí

Sin trabajo no se sostiene nada, ni las pensiones, ni la sanidad ni la educación, ni el orden público y nos tiramos a la calle con el cuchillo jamonero al cinto hasta los jubilados

| Manuel Avilés Edición Alicante

No se asusten que no me he vuelto místico. No me parezco en nada a Santa Teresa ni a San Juan de la Cruz y no voy a escribir un “Cantico espiritual del siglo XXI”. Ando en Gijón – ya lo saben porque este mundo mercantil me obliga a decirlo- con De prisiones, putas y pistolas, en la Semana Negra, que es el Top de todas las semanas negras literarias de España. Estoy en modo Charles Bukowski, vino, mujeres, fabada, arroz con leche, sidra, mis amigos policías de mi época de Director de Seguridad Ciudadana aquí y los michelines desatados hasta el punto de que, como en la maleta solo he traído la bolsa de aseo y tres mudas de todo, me he tenido que comprar una faja para entrar en los pantalones.

Me saltan los artículos de Esdiario y los leo, aunque no estoy para mucha filosofía ni para mucha política. La Nombela dice que no le gusta la Ley de Eutanasia. Discrepo – además de odiarla a muerte por no llevarme a la fiesta de cumpleaños que cuenta en A contratiempo-. La Ley de Eutanasia es una de las pocas cosas buenas que ha hecho el gobierno Sánchez. ¿Para qué queremos hacer como que vivimos si no podemos oír un concierto, leer el Libelo de sangre o Entre vinos hablaos, tener un vis a vis en condiciones y triunfando, comernos un arroz con Los ángeles de Charlie – Olga Luján, Sandra Aza y Nombela- y darnos un paseo descalzos por la playa de San Juan, salpicándonos y rebozándonos en arena como boquerones antes de la fritura? Dice el curerío – metiéndose en todo como acostumbran para ordenarnos la vida y la muerte- que la vida es de Dios y el hombre no puede disponer de ella. ¡Tela y tela…, con un par! Me recuerdan al cura que nos daba Derecho canónico en la UA, Martínez Valls se llamaba, y que andaba todo el día a vueltas con el acto conyugal cuando, en teoría, él tenía que ser analfabeto en ese asunto pecaminoso. Pregúntenle a Paco Blat, abogado prestigioso de La Vila, que por poco me mete en un suspenso eterno por decirle al cura que era como un manchego hablando de barcos: unos tíos con faldas, sin hijos ni mujer que los cabree y los acojone con broncas diarias, con una organización que los bendice y les da todo resuelto a su manera y nos quieren dirigir a los que andamos como puta por rastrojo – nótese la similitud con las putas de la novela- intentando sobrevivir en medio de la crisis, del paro y de las pensiones en la cuerda floja – otra novela-.

Me llaman en la recepción del hotel. Nos vamos otra vez, sin habernos repuesto mínimamente de la resaca – cada vez me parezco más a Bukowski- a comer cachopos, a beber más sidra y lo que se tercie. ¿Cómo voy a ser un hombre de provecho, aunque sea en la tercera o la cuarta edad con este ritmo literario? Llamo a mi agente y le pido socorro: Por favor, Gregori Kerrigan, mándame un chumbi o un zum o como cojones se llame eso, pasta por teléfono porque estoy al borde de la indigencia. He perdido la cartera, he perdido la tarjeta, no tengo un duro y estoy pidiendo limosna – nadie me ha dado aún ni medio euro-  en la calle Corrida – ¡ qué nombre tiene la principal calle de Gijón!- sin posibilidad de poner en práctica la denominación callejera de ese participio, salvo que quiera ir preso por escándalo público e ir al infierno – véanse los curas de más arriba- por practicar el nefando vicio solitario a la intemperie y a la vista de los viandantes.

En medio de esta ruina – el móvil no lo he perdido de milagro, Gori Kerrigan mándame un zumbi, por favor- me salta un mensaje que, a la vez que me hunde más en la miseria, hace que surja en mi la esperanza. Ha caído el gobierno. Sánchez ha organizado una crisis de cojones, una debacle en toda regla y se ha cargado a la mitad para salvarse a sí mismo. Entran no sé cuántas mujeres jovencitas – más que un gobierno va a parecer el noviciado de las madres carmelitas- para rebajar la edad media y para atar los fondos europeos. Vamos bien, abuelos que os manifestáis con el silbato y la banderita a las puertas de los ayuntamientos.  Si emplean los fondos en crear empleo estable y de calidad, sobrevivirán las pensiones. Si los dedican a la mamandurria y los enchufes, a buscar empleos del tipo señor Cantó, tenemos menos porvenir que un vampiro mellado.

A mí me pone este gobierno. Me pone la ministra de Puertollano, la que ha sustituido al inútil de Iceta, una cuota catalana que jamás me explicaré

Vivo sin vivir en mí. Estoy en ascuas, con el alma en un hilo. ¿Me caerá algo en este cambio de gobierno? No sé… una secretaría general de algo, una dirección general de algo… una presidencia de una caja de ahorros de esas  en las que solo se va a cobrar, algo en una eléctrica, una telefónica o una petrolera. ¡Algo, cojones! Duermo con el teléfono encendido por si suena y… es de Madrid, pero no llama ni dios. Deben de estar buscando acomodo a los salientes y no hay nada para los que ni siquiera hemos entrado.

Al estilo Cantó, me cuentan las malas lenguas que Ábalos, Calvo y Redondo, salían cantando una musiquilla que suena a faccioso: “si te dicen que caí, me fui al puesto que tengo allí. Volverán banderas victoriosas….” ¡Cojones! ¿De qué puesto hablan porque yo quiero uno así? ¿Presidente de Paradores, de Correos, de Renfe, de los Puertos y Aeropuertos de España? Una cosa patriótica. Uno así necesito para llegar a mis últimos días con relevancia y potencia, leches, que no me tiro ni al suelo. Que me ha llegado un mensaje al face que dice: “Tranquilo Morata, que yo tampoco meto nada”, y me siento identificado y pintando menos que Pichiculo en Londres. Tampoco pido tanto, solo quiero un funeral como los de primera en mi pueblo. Presidido por el alcalde Mehincho y con el cura vestido de pontifical. Con velas, luces, catafalco e incensario  y el sacristán, Barbateja, cantando el miserere con voz caprina y berreona. Eso es un entierro de postín y no los civiles, con un tío tocando el violonchelo y una feminista recitando a Gloria Fuertes, hostias, que los curas saben enterrar como nadie.

 

A mí me pone este gobierno. Me pone la ministra de Puertollano, la que ha sustituido al inútil de Iceta, una cuota catalana que jamás me explicaré, cosas de los partidos. Ahora, más inexplicablemente, en Cultura y Deportes, un tío que no ha hecho un abdominal en su vida y que aprobaba la gimnasia por enchufe. Solo por esta Isabel Territorial – de la ministra de Ciencia no digo nada porque yo soy de letras hay que darle al Gobierno esos cien días de cortesía que se pregonan universalmente. A ver si cambian el ritmo y la decadencia.

Pónganse a trabajar.  Déjense de mariconadas y  levanten el país de una puta vez. ¿Saben lo que el país quiere y necesita? Trabajo y trabajo, que hay más de cuatro millones de parados y la vida es muy jodida cuando no entra un duro en la casa. Sin trabajo no se sostiene nada, ni las pensiones, ni la sanidad ni la educación, ni el orden público ni el copón de la baraja. Sin trabajo nos tiramos a la calle con el cuchillo jamonero al cinto hasta los jubilados y, sin trabajo, ni las cárceles sirven para nada porque se colapsan de chorizos indigentes y hay que darles a todos el tercer grado después de niquelarlos y arreglar su estampa ruinosa inherente a toda pobreza. Déjense de mariconadas y creen puestos de trabajo de calidad para que el país progrese. Todo lo demás, como dicen en mi tierra, son pollas.

PD.

El Tribunal Constitucional, echando una mano para que el país funcione, dice que las restricciones no han estado mal pero si el modo de aplicarlas y que habría sido preciso el Estado de Excepción en lugar del de alarma. Así me gusta: a la mierda todos los controles de multas y los juzgados llenos de pleitos  - por si no había bastantes- por el asunto de la pandemia. ¡Qué divertido es todo!