| 08 de Agosto de 2022 Director Antonio Martín Beaumont

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La RENFE, “no pasa nada porque Dios no quiere”

La Operación Verano, un auténtico fracaso. La estación de tren de Alicante sin nadie que responda y a cargo de dos señores con un chaleco verde y un escudo de seguridad

| Manuel Avilés Edición Alicante

El ministro Marlaska tiene un aparato de propaganda impresionante. Lo mismo que todos. Recuerden a Mayor Oreja, a Zoido, A Fernández Díaz, aquel a quien su ángel de la guarda, llamado Marcelo le buscaba aparcamiento – pura propaganda nacional católica de los cursillos de cristiandad, Franco y el cardenal Herrera Oria en vena-.

Marlaska, como todos los anteriores todos los veranos – se salvó Antonio Asunción porque dimitió antes sin tener que hacerlo, que no tenía nada que ver con Roldán ni con que se fuera a Laos a través de Portugal – proclama Marlaska a bombo y platillo la “Operación Verano” para tranquilizarnos, para que todos durmamos tranquilos a salvo de delincuentes, atracadores, ocupas y gentes de mal vivir que incomodan con sus choricerías a quienes nos consideramos personas de bien. Aquí solo entran los robaperas, los tironeros, los yonquis… los que montan una guerra en un país lejano, se forran vendiendo armas, trafican con mercenarios y se pasan por el forro los genocidios se etiquetan como conflictos internacionales y tienen otro tratamiento, lo mismo que los grandes especuladores, los comisionistas y los que dan pelotazos aprovechándose de la crisis para hacerse multimillonarios.

Marlaska proclama, con su gabinete de prensa y sus periodistas dedicados “full time” a blanquear el aparato y a controlar colegas – cosa que también pasa en jefes de prensa de empresas privadas, ayuntamientos y otros entes-, la operación verano. Todos los instrumentos del Estado – y de sus empresas- están en hipervigilancia para que nos vayamos de vacaciones tranquilos, estemos tranquilos en nuestros viajes y estemos aún más tranquilos si quien viaja solo – a cargo de los aparatos del Estado y de sus empresas- es un menor, vulnerable per se y  necesitado de cuidado.

Los sitúo con datos constatables. Día 4 de Julio 22.30 de la noche. Estación de tren de Alicante. Todo el mundo sabe que es una estación de donde salen y a donde entran miles de pasajeros al día y mucho más en estas fechas. Aparte de algún cercanías, a esa hora, hay anunciadas en los tablero electrónicos: una llegada de Barcelona Sants, una llegada de Madrid Atocha y una llegada de Gijón.

Tres trenes importantes y con el contingente de personal  suficiente como para poner un poco de cuidado en el asunto, que no estamos hablando de un tranvía de Torrellano y otro de Albatera.

La estación  - repito 4 de julio a las 22.30 de la noche- se encuentra a cargo de dos señores con chaleco reflectante y un escudo que pone “Seguridad”. Uno bajito, con el que hablo primero, creo que es portugués por su acento, aunque podría ser de cualquier otro sitio y el otro con el que intento hablar pero no me escucha porque está poniendo y recibiendo mensajes por teléfono, es un señor gigantesco, de casi dos metros y ciento ochenta kilos de peso. Seguridad en canal, que es como tiene que ser. Tengo fotos pero no las entrego por una elemental prudencia, la misma que ellos no tuvieron.

El presidente de Renfe, don Isaías Táboas, es historiador y un hombre antes de José Montilla, luego de Ábalos y ahora no sé de quién. Es decir, un hombre de partido

Me acerco y, educadamente, les digo: Vengo a recoger a un menor, que ha  cumplido doce años antes de ayer y viene desde León. Ha subido a las cinco de la tarde allí y llega ahora en el vagón número  cinco.

No se puede pasar. Tiene usted que esperarlo aquí como todo el mundo hasta que salga.

¿Me dice usted que no hay ninguna persona a cargo del menor, que ha hecho el viaje solo y que un niño que no ha salido nunca de su casa ni ha venido jamás a Alicante tiene que salir desde el fondo del andén por su cuenta? ¿Quién responde si le pasa algo?

Ese no es nuestro problema y sigue con su guasapeo porque sus problemas deben de ser atender a otra gente o simplemente jugar con el móvil. Se piran los dos.

Aparece un señor con camisa celeste y pantalón gris pero sin ningún identificativo ferroviario. Oiga – le pregunto- usted es interventor del tren que viene de Gijón. No – contesta educadamente-. 

Le suelto la misma monserga del menor que viene solo y si hay alguien encargado de eso en la “Operación de máxima seguridad del verano”. Si el menor viene solo desde León eso es responsabilidad de la persona que lo haya subido al tren allí.

¡Perdoooooon! ¿Me está usted diciendo que, con el control de accesos de los señores del chaleco verde, con los escáneres que detectan objetos prohibidos, con el control de billetes que hacen las señoritas de las cabinas y el control de la señorita azafata del AVE y del Alvia, se puede subir un menor que ha cumplido doce años ayer, a un tren de largo recorrido para hacer ochocientos kilómetros sin ningún control?

A mí no me pida explicaciones – responde con ganas de irse-. Yo no le pido explicaciones – respondo con idéntica educación- pero como el niño no salga por esa cristalera cuando hayan salido todos los pasajeros del tren de Gijón, la querella va a llegar desde el Presidente de Renfe hasta el último de ustedes. Por una dejadez mucho menor he visto yo a más de cuatro y de cuarenta, expedientados cuando en este país había menos enchufes.

El presidente de Renfe, don Isaías Táboas, es historiador y un hombre antes de José Montilla, luego de Ábalos y ahora no sé de quién. Es decir, un hombre de partido. Renfe, ente monstruoso, complicado, difícil de gestionar y con mil teclas que tocar para que funcione y la dirige un licenciado en historia, hombre de partido. La seguridad de Alicante que comanda un enfermero – dignísimos todos, pero que ignoran aquello de zapatero a tus zapatos y si eres historiador pues métete con la Memoria Histórica y evita que se hagan las barbaridades que se están haciendo-.

En fin, vuelvo al redil porque me emociono y me salgo del sitio. La Operación Verano, un auténtico fracaso. La estación de tren de Alicante sin nadie que responda y a cargo de dos señores con un chaleco verde y un escudo de seguridad.

Llamo a la Subdelegada del Gobierno y es la única que está en su sitio – a esta señora hay que valorarla bastante más de lo que la valoran algunos indocumentados que se llaman líderes y grandes gestores políticos-. La policía viene, pero llega tarde. El niño es espabilado y sale del tren solo – como ha venido todo el viaje- se patea el andén y llega hasta la cristalera por la que yo podría haberme colado porque desde que empezaron a salir viajeros del Alvia de Gijón los del chaleco azul han debido irse a controlar la seguridad en otro sitio. He preferido ser cívico.

“No pasa na porque Dios no quiere”  este país es el mejor del mundo porque funciona a pesar de sus dirigentes. El gran Desantes – catedrático de Internacional privado y servidor de Don Biblio en la biblioteca de los libros felices- me contó algo que viene magníficamente. Chesterton entró una vez a una iglesia donde un cura estaba predicando. Se convirtió al catolicismo inmediatamente. Su argumento fue el que sigue: Si con la cantidad de gilipolleces que dice este tío en su sermón, la iglesia sigue teniendo gente, no hay duda de que esta es la religión verdadera.

Lo mismo pasa a este país. Voy a ver qué pasa cuando el niño vuelva en tren a León o si, acojonado, tendré que llevarlo yo mismo en el coche. Lo haré si es el gigante del chaleco verde el que organiza la intendencia y la seguridad del viaje.