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Estremecedora confesión: Carmen Lomana, víctima de la trama de bebés robados

En medio de la indignación creciente, un nombre inesperado ha sacudido los platós de televisión...

Carmen Lomana en ARCO, esta pasada edición.

Carmen Lomana en ARCO, esta pasada edición.Europa Press

David Lozano
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Bilbao vuelve a colocarse en el epicentro de una de las tramas más turbias de la historia reciente de España: la de los bebés robados. Bajo el paraguas de la Fundación María Madre, supuestamente benéfica, habría operado durante años una red dedicada a la compraventa de recién nacidos, disfrazada de ayuda social. Las piezas del puzle comienzan a encajar y las conexiones apuntan alto. Muy alto.

En medio de la indignación creciente, un nombre inesperado ha sacudido los platós de televisión: Carmen Lomana. La empresaria y colaboradora del programa Y ahora Sonsoles en Antena 3 confesó en directo que, hace más de dos décadas, le ofrecieron uno de esos bebés. Fue explícita. Fue valiente. Y fue, también, profundamente perturbadora.

“Me dijeron que había una señora en Bilbao que ayudaba a gente a tener niños”, explicó con aplomo, sin rodeos. Y añadió: “Te inscriben en el hospital como si fueras tú quien da a luz. En el paritorio te entregan al bebé, te vas con él y ya es tu hijo”. Palabras que hielan la sangre. Porque no se trataba de adopciones legales, sino de un proceso en el que se sustituía una identidad por otra, borrando huellas y memorias, al más puro estilo de una película de espionaje, solo que real.

Lomana, conocida por su franqueza y por no esquivar temas delicados, reconoció en el plató que, en aquel momento, no aceptó el ofrecimiento. “Yo solo quería un hijo con Guillermo”, dijo refiriéndose a su difunto marido, Guillermo Capdevila. Y aquí comienza una historia íntima, desgarradora y apenas conocida hasta ahora.

En una intervención previa, en Fin de Semana de COPE, el programa que conduce Cristina López Schlichting (apellido de origen alemán), Lomana ya había confesado haber sufrido una ligadura de trompas innecesaria tras un aborto. Aquel episodio, según relató, marcó su vida. Lo intentó todo: fecundación in vitro, tratamientos en el extranjero, incluso el pensamiento de adoptar. Pero nada funcionó. Y entonces llegaron las propuestas.

La más surrealista —y escandalosa, según confesó— llegó tiempo después de enviudar. “Me ofrecieron otro bebé, pero esta vez desde la Diputación de Gipuzkoa. Era chino”, relató ante el asombro de Sonsoles Ónega y del resto del plató. “No es normal que una institución pública te ofrezca eso”, apuntaron sus compañeros. Ella respondió con una frase que lo decía todo: “Hablamos de hace veintitantos años”.

Lomana insistió en que nunca se habló de dinero, ni aceptó ninguna de las propuestas. Pero sí hizo una reflexión que ha sacudido las redes: “Hay mujeres que se sienten desgraciadas si no pueden tener un bebé en brazos, aunque no sea suyo. Si, en el momento del parto, te lo dan porque la madre no lo quiere o se lo quitan... seguro que muchos estarían dispuestos a pagar lo que fuera”.

El impacto de su testimonio ha sido tal que asociaciones como Sevilla Bebés Robados ya han anunciado su intención de pedir a la Fiscalía Provincial que cite a declarar a la socialité, con el objetivo de esclarecer cuánto sabía de estas redes. Porque, más allá de lo anecdótico, lo que Lomana revela es que estos ofrecimientos circulaban con naturalidad entre ciertas élites. Que todos sabían, pero nadie hablaba. Hasta ahora.

Doña Mercedes, una de las presuntas cabecillas de la red, es señalada como responsable de coordinar viviendas donde residían mujeres embarazadas hasta el parto. Después, los bebés eran entregados a familias con posibles, sin dejar rastro. Un sistema que recuerda a las peores etapas del franquismo, pero que, según parece, pervivió durante décadas, y no precisamente en la clandestinidad total.

La pregunta ahora no es solo si Carmen Lomana fue víctima o testigo privilegiada de una red ilegal. La verdadera cuestión es cuántas personas más recibieron esas llamadas, esas ofertas, ese “regalo”. Porque la trama, como muchas veces en España, parece haber tenido padrinos, y no precisamente discretos.

Un testimonio estremecedor, que no solo pone los pelos de punta, sino que vuelve a poner sobre la mesa la necesidad de que la justicia y las instituciones tiren del hilo. Porque si todo lo que se está diciendo es cierto —y las pruebas apuntan a que lo es—, estamos ante uno de los capítulos más vergonzosos, silenciados y perversos de nuestra historia reciente. Y esta vez, con nombres propios.

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