Carlos y Camilla echan el palacio por la ventana para epatar a los Trump en su visita de Estado
La cena de gala, con Melania rompiendo el protocolo, contrastó con protestas y la tensión en la calle. No faltó el patinazo protocolario del presidente yanqui que el monarca británico no tuvo más remedio que capear.

Los Trump y los Windsor.
El castillo de Windsor, esa mole milenaria que guarda los secretos de la monarquía británica, se puso sus mejores galas este miércoles para recibir a Donald Trump y Melania en su segunda visita de Estado al Reino Unido. Un honor que ningún otro presidente yanqui había tenido antes. Los reyes Carlos III y Camilla tiraron la casa por la ventana con una recepción que mezcló el boato de la corona, la diplomacia post-Brexit y un inevitable aire de tensión. Porque, claro, con Trump nunca hay término medio: o lo amas o lo odias, y los británicos dejaron claro que lo segundo abunda.
Un aterrizaje con pompa y circunstancia
La cosa arrancó con el helicóptero presidencial posándose en el Jardín Amurallado de Windsor, donde Guillermo y Kate Middleton, siempre impecables, dieron la bienvenida a la pareja estadounidense. De ahí, en carruajes tirados por 120 caballos y escoltados por 1.300 soldados —la mayor guardia de honor en décadas—, Trump y Melania entraron en escena. Carlos III lideró la ceremonia.
Trump, fiel a su estilo, se adelantó al rey al inspeccionar las tropas, un patinazo protocolario que Carlos capeó con una sonrisa, evitando el ridículo que ya vivió Isabel II en 2019. El despliegue incluyó un estandarte real en la Torre Real y una visita a la Colección Real, con joyas históricas como documentos de la independencia americana que dejaron a Trump boquiabierto. “Fascinantes”, dijo Carlos, mientras guiaba al presidente por un paseo por la Historia. Luego, todos juntos —con Melania y Camilla— disfrutaron del Beating Retreat, con 200 músicos poniendo banda sonora. Los Red Arrowsn de la RAF, pintaron el cielo de colores, aunque el mal tiempo canceló un sobrevuelo de jets F-35.
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David González
Por la mañana, Trump se puso solemne y rindió homenaje a Isabel II, fallecida en 2022, dejando una corona en su tumba en la Capilla de San Jorge. Con Melania, Marco Rubio y Susie Wiles a su lado, escuchó al coro de la capilla, un momento de calma antes de la tormenta. Un almuerzo privado permitió a los líderes charlar lejos de los focos, preparando el terreno para el plato fuerte de la noche.
Cena de gala: Melania roba el show
La cena de Estado en el Salón de San Jorge fue puro espectáculo británico. Una mesa de 50 metros, adornada con flores rosa, morado y amarillo, reunió a 160 invitados, desde el Primer Ministro Keir Starmer hasta pesos pesados como Sam Altman y Tim Cook. Carlos III, con ganas de vender al Reino Unido como socio clave de EE. UU., soltó un discurso sobre “la conexión inquebrantable” entre ambos países, hablando de guerras compartidas, comercio y cultura.
Trump, sentado junto a una radiante Kate Middleton, no se quedó corto: “Admiro a Su Majestad por su fuerza y dignidad”, dijo, alabando también a Guillermo como “un hombre extraordinario”. Pero sus miradas y gestos, siempre al borde de lo inapropiado, dieron que hablar. Melania, en cambio, se robó el show con un vestido amarillo ajustado que rompió todos los moldes del protocolo. Camilla, fiel a la tradición, lució un diseño de Fiona Clare con la tiara de zafiro belga de Isabel II, puro clasicismo británico.

Los Trump con los Reyes de Inglaterra.
Los reyes regalaron a Trump un libro del 250 aniversario de la Declaración de Independencia y una bandera de Buckingham. Melania se llevó un cuenco de plata y un bolso. Trump respondió con una réplica de una espada de Eisenhower para Carlos y un broche de Tiffany para Camilla. Puro simbolismo para sellar la alianza.
Polémica en las calles
La visita no estuvo exenta de lío. Activistas proyectaron imágenes de Trump con Jeffrey Epstein en Buckingham y Windsor, recordando un escándalo que no muere. Cuatro detenidos y miles de manifestantes en Londres, con el mítico globo de “bebé Trump”, dejaron claro el rechazo de muchos británicos. La seguridad, reforzada tras el asesinato de Charlie Kirk, aliado de Trump, hizo de Windsor —a 40 km de Londres— el escenario perfecto. Según el historiador Robert Lacey, es más “fotogénico” que un Buckingham en obras.
Con el Brexit de fondo, el Reino Unido quiere peso en Ucrania, Oriente Medio y tecnología. Trump, con directivos de bancos y empresas de IA, apuesta por acuerdos comerciales. Starmer buscará un pacto tecnológico el jueves. Pero las diferencias sobre la OTAN y otros temas no facilitan las cosas.
Windsor, con su aura medieval, fue el telón perfecto para una visita que mezcló grandeza y polémica. Trump no habló en el Parlamento, como sí hizo Macron, pero la jornada dejó claro que la relación transatlántica sigue siendo clave, a pesar de los roces.