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Arruinan el mejor momento televisivo de Bárbara Rey con una traumática filtración sobre su vida

La vedette triunfa en Bailando con las estrellas, de Telecinco, pero no termina de ser feliz. Ahora sabemos cuál es muy mayor trauma

Bárbara Rey,

Bárbara Rey,Europa Press

David Lozano
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Puede volver a brillar bajo los focos, puede bailar con elegancia sobre un plató y ser trending topic cada sábado, pero Bárbara Rey no es feliz. Detrás de los aplausos y de su regreso triunfal a Telecinco con Bailando con las estrellas, hay un vacío que ni la fama, ni la televisión, ni los recuerdos dorados de su pasado pueden llenar: no poder ejercer de abuela. Ese es, hoy, su verdadero drama.

La artista confiesa que lo que más la atormenta no es el paso del tiempo ni las polémicas que la han perseguido, sino no poder ver a su nieta, Carola, la hija de su hijo Ángel Cristo Jr. y Ana Herminia. La niña, de ocho años, es —en sus palabras— “maravillosa, dulce, llena de luz… se parece mucho a mí: le gusta cantar, bailar y ponerse todo lo que brilla”.

Pero toda esa ternura choca con un muro invisible que la separa de ella: el veto de su propio hijo.

Este fin de semana, Ángel Cristo Jr. reapareció públicamente junto a su esposa en la entrega de los Premios Mediterráneos 2025, y lo hizo con declaraciones que reabren una herida que nunca llegó a cerrar:

“Para ejercer de abuela hay que ganárselo, y mi hija no va a tener contacto con mi madre porque la quiero proteger. Yo no le prohíbo que vea a su nieta, pero a través de mí no lo va a conseguir. Llega un poco tarde para actuar como abuela; ya podría haberlo hecho antes de que yo hablase en televisión.”

Palabras duras, afiladas, que dejan entrever un resentimiento que va más allá de los micrófonos. Entre madre e hijo ya no hay diálogo ni puentes, solo una distancia que parece crecer con cada declaración. Nadie da el primer paso, y cada aparición pública de uno reabre el dolor del otro.

Para Bárbara, ese rechazo es un trauma que no cicatriza. En su entorno reconocen que se aferra al recuerdo de los años en que podía abrazar a Carola sin condiciones, cuando la niña correteaba por su casa y la miraba con la fascinación con la que solo los nietos miran a sus abuelos. Hoy, esa imagen es una nostalgia que duele.

Mientras tanto, Ángel Cristo y Ana Herminia se muestran unidos, sonrientes y firmes en su decisión. Ella misma, en declaraciones recientes, no duda en subir el tono:

“Me encantaría entrevistar a mi suegra. La primera pregunta sería por qué miente tanto. A veces le digo a Ángel que su madre se cree sus propias mentiras, que es una mitómana.”

Frases que dejan sin aire cualquier intento de reconciliación.

Y así, entre luces, cámaras y silencios, Bárbara Rey vive una paradoja cruel: el público la aclama de nuevo, la televisión la recibe con entusiasmo, pero su vida íntima se resquebraja donde más le duele.

El éxito, esta vez, no basta. Porque detrás del maquillaje y de las lentejuelas, hay una mujer que añora algo tan simple —y tan inalcanzable— como poder abrazar a su nieta.

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