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la filipina llegó a nuestro país en 1969

Amor y exilio: Tía Tessy, anfitriona de Isabel Preysler en España que pagó un precio por enamorarse

Isabel Preysler llegó a Madrid en 1969, acogida por su tía Teresa «Tessy» Arrastia y Miguel Pérez Rubio, pareja exiliada de Filipinas por un escándalo amoroso que les costó abandonar cónyuges e hijos.

Isabel Preysler

Isabel Preyslereuropa press

David González
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Cuando Isabel Preysler arribó a España en marzo de 1969, forzada por sus progenitores para apartarla de Junie Kalaw como ya hemos contado, se instaló en un dormitorio con baño propio en un piso de 200 metros cuadrados ubicado en la avenida del Generalísimo (hoy Paseo de la Castellana): su tía materna Teresa «Tessy» Arrastia y su compañero de entonces, el diplomático Miguel Pérez Rubio. Fueron sus anfitriones. Beatriz Arrastia y Carlos Preysler, padres de la filipina, confiaron en la tía Tessy para guiar la nueva vida de Isabel. Según sus biógrafos, la joven Preysler había sido educada desde que apenas levantaba unos palmos del suelo para relacionarse y entrar en los círculos de la alta sociedad de su país. «Desde pequeña ya destacó por su sentido de la independencia y prefería realizar sus actividades en solitario», contó Juan Luis Galiacho en Mujeres del gran poder. «De esta forma podía pasar horas y horas. Sus padres la matricularon en el elitista colegio de Nuestra Señora de la Asunción, de Manila. Pero su currículo estudiantil es bastante mediocre. Aprobaba las asignaturas por los pelos. Lo peor que llevaba eran las matemáticas y la física. Y mostraba aptitudes para los idiomas, la historia y la geografía», añade.

Teresa Arrastia llevaba años en Madrid junto al embajador Miguel Pérez Rubio. Juntos protagonizaron uno de los mayores escándalos de la alta sociedad filipina a principios de los años 60. Se instalaron en España huyendo del escándalo que provocó su amor en la pacata sociedad de la Manila de entonces.

Tanto ella como Miguel Pérez Rubio dejaron atrás en Filipinas a sus cónyuges legítimos e incluso a sus descendientes para convivir como pareja en Madrid. Para colmo, Miguel era el esposo de la confidente más cercana de Teresa.

La biografía de Miguel Pérez Rubio estuvo marcada desde el origen por la entrega a su oficio, la diplomacia, y su compleja vinculación con la nación de su nacimiento, Filipinas. A la larga, ninguna pareja pudo rivalizar con tales devociones. Su periplo vital superaba con creces un mero cotilleo de salón. A los 16 años padeció la invasión japonesa de Filipinas al final de la Segunda Guerra Mundial. Pese a que España permaneció neutral en la contienda (y Franco suscribió incluso un pacto de respaldo a Japón), las fuerzas niponas masacraron a miles de españoles y filipinos en solo un mes, incluidos los refugiados en el consulado español. Miguel Pérez Rubio, nacido en Manila pero de raigambre tan española que entre sus antepasados figuraba el literato Ramón Gómez de la Serna, combatió en la resistencia contra las tropas japonesas. Ser sobrino del titular de exteriores le preservó la existencia en el instante crítico cuando lo capturaron. Pero su núcleo familiar no tuvo igual fortuna: su padre, su madre, su tía y sus hermanos perecieron a manos de los soldados japoneses en su domicilio.

Desde entonces siempre albergó el anhelo de servir a Filipinas en su interior. En los años ochenta, en un periodo de alejamiento de Tessy, y tras el derrumbe de la tiranía de Ferdinand Marcos, cuando la flamante mandataria filipina Cory Aquino lo convocó de vuelta al país para asumir como su director de protocolo, aceptó. Acababa de someterse a una intervención cardíaca y superaba los sesenta años, pero lo hizo. De hecho, en el intento de golpe que buscó derrocar al ejecutivo de Aquino, él y su asistente fueron los únicos en atender el llamado de su presidenta y dirigirse al palacio presidencial bajo fuego. Miguel Pérez Rubio alcanzó a pie el palacio presidencial de Malacañang a las 2.30 de la madrugada tras eludir proyectiles y sortear cuerpos sin vida. Al ingresar, el jefe de protocolo se quitó la sangre de los zapatos con papel antes de ponerse a trabajar.

El precio terrible de un amor prohibido

A Isabel Preysler siempre le marcó el precio que su tía tuvo que pagar por seguir los designios de su corazón. En Filipinas donde el divorcio estaba (y está) prohibido, Tessy hubo de renunciar al contacto con los hijos de matrimonio. Un precio especialmente duro cuando su hijo Enrique falleció el 4 de noviembre de 1964. Era el primo favorito de la Preysler y su tía casi no pudo despedirlo. Lo vivido en esas fechas ha dejado una huella imborrable en la memoria de la 'reina de corazones'.

El libro de memorias de Isabel Preysler.

El libro de memorias de Isabel Preysler.Espasa

"Al enterarse de su fallecimiento, tía Tessy, se apresuró, destrozada e inconsolable, a viajar hasta Manila para despedirse de su hijo. Aterrizó a Hong Kong con tío Miguel, pero el trayecto que quedaba hasta Filipinas lo tuvo que hacer sola, porque si no los hubieran detenido al cruzar la frontera por bígamos. Tío Enrique [exmarido de Tessy], destrozado por su abandono y por la repentina muerte de su hijo, le prohibió tajantemente que se presentase en el velatorio", escribe Isabel en Mi verdadera historia.

Las súplicas de la madre de Isabel hicieron que se permitiera que Tessy viera a su hijo muerto, pero de madrugada en la iglesia en la que se velaba el cuerpo y sólo durante unos minutos. "Corrió por el pasillo central hasta llegar al altar y abrazó con fuerza el ataúd de su hijo entre sollozos y sin que nadie pudiese separarla del féretro. [...] Fue tristísimo verla destrozada sin poder recibir el consuelo de sus otros dos hijos, porque ellos, aunque llevaran meses sin verla y hubieran querido correr a sus brazos, tenían prohibido acercase en público a su madre", remata Isabel su triste relato.

Teresa Arrastia fue quien 'recoge' en Madrid a Isabel Preysler, una mujer que escandalizó a la Filipinas de los sesenta, y que no podía imaginar la cantidad en noticas rosas que protagonizaría su sobrina. Una historia, la de tía Tessy, que podría ser un precedente para la de Isabel que quedó marcada por la historia de una mujer que pagó un precio altísimo por ser coherente con sus sentimientos. Un precio que, afortunadamente, nunca ha tenido que pagar la Preysler por seguir los mandatos de su corazón.

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