Pasolini, un incómodo caso en Italia: 50 años de un asesinato sin resolver
Intelectual controvertido y crítico del poder, el director de cine fue asesinado brutalmente en Ostia tras una cita con el chapero Pino Pelosi, condenado inicialmente por homicidio en solitario.
Pier Paolo Pasolini.
A lo largo de su trayectoria, Pier Paolo Pasolini (1922-1975) demostró una enorme fascinación por la cultura popular y un placer innato por la controversia. Su pensamiento resultaba complicado de etiquetar: católico y marxista, homosexual asumido y crítico implacable del consumismo burgués, se alineó siempre con los más vulnerables. “Se entiende que añoro la revolución pura y directa de la gente oprimida cuyo único objetivo es ser libre y dueña de sí misma. Imagino que aún puede llegar un momento así en la vida de Italia y del mundo. Quiero decir a calzón quitado. Yo bajo al infierno y sé cosas que no perturban la paz de los otros. Pero tened cuidado. El infierno está subiendo y las ganas y necesidad de dar un garrotazo, de agredir y de matar es fuerte y es general”, declaró a un reportero de La Stampa la víspera de su muerte, como si presintiera su fin inminente.
En esa misma entrevista añadió: “Las pocas personas que han escrito la historia son las que han dicho no (los santos, los eremitas, pero también los intelectuales), y no los cortesanos y los asistentes de los cardenales. Para ser eficaz, el rechazo no puede ser puntual, ha de ser grande, total”. Autor de filmes icónicos como El Evangelio según San Mateo (1964), El Decamerón (1971), Edipo rey (1967) y Salò o los 120 días de Sodoma (1975), además de novelas como Chicos del arroyo (1955) y Una vida violenta (1959), Pasolini legó un patrimonio cultural incalculable. Con 53 años era una de las personalidades más relevantes de la intelectualidad italiana de posguerra y símbolo de las batallas contra el establishment.
Antes de morir completó Salò, película extremadamente cruda vetada en numerosos países, y la novela inconclusa Petróleo, donde exploraba delitos estatales y el entramado corrupto del poder. Se dice que Pasolini frecuentaba muchachos prostitutos, hábito peligroso que lo llevó a concertar una cita el 2 de noviembre de 1975 con Giuseppe “Pino” Pelosi, un adolescente de 17 años dedicado a la prostitución callejera.
Según la versión inicial de Pelosi, cenaron en el restaurante Biondo Tevere –pasta y cerveza– y partieron hacia Ostia para “magrearse un poco” a cambio de veinte mil liras. En un terreno baldío próximo al mar, Pelosi se arrepintió. Pasolini, enfurecido, bajó del Alfa Romeo blandiendo un palo de madera. El joven afirmó defenderse con un garrote, golpear al director hasta derribarlo y, al huir en el vehículo, arrollarlo accidentalmente. El cuerpo fue hallado irreconocible: rostro destrozado, múltiples fracturas, genitales aplastados, parcialmente chamuscado tras ser rociado con gasolina e incendiado.
Interceptado por carabinieri conduciendo el Alfa Romeo, Pelosi admitió el robo y, al descubrirse el cadáver, el homicidio. Catalogado como “crimen pasional”, fue sentenciado a nueve años y medio por “homicidio en colaboración” –sin precisar cómplices–, pena leve por su minoría de edad. Sin embargo, las piezas no encajaban: ¿Cómo un chico enclenque venció solo al fornido Pasolini? Apenas tenía salpicaduras de sangre; un suéter ajeno apareció en el coche; nadie explicó el origen del garrote ni la quema del cuerpo. La periodista Oriana Fallaci, en L’Europeo, sostuvo que el asesinato fue orquestado por al menos tres individuos, tesis rechazada por el gobierno democristiano de Aldo Moro y la magistratura, que preferían la versión pasional para evitar escándalos.
En 2005, al conmemorarse treinta años, Pelosi rompió el silencio en Rai 3: había mentido por miedo. Tras practicar sexo oral en el coche, salió a orinar y aparecieron tres hombres de 45-46 años con acento sureño que insultaron a Pasolini (“maricón, sucio comunista”) y lo molieron a palos. Amenazado de muerte junto a su familia, asumió la culpa. Huyó aterrorizado, pasando sobre el cuerpo. Aunque contradictorio, el relato cobró plausibilidad por el suéter y la imposibilidad física de que actuara solo.
La familia exigió reapertura. Sergio Citti, amigo de Pasolini, declaró que el director acudió a Ostia víctima de chantaje por rollos robados de Salò. Convocado de nuevo, Pelosi precisó: “Fueron tres romanos; dos, los hermanos Borsellino (Franco y Giuseppe, ya fallecidos). Lo convencieron con la excusa de negociar las cintas; llevaba dinero para la transacción. Fue una emboscada planeada”.
Un análisis de ADN en 2009 halló cinco perfiles genéticos distintos en las prendas de Pasolini, impulsando la reapertura a petición del exalcalde Walter Veltroni. Años de interrogatorios no vincularon a nadie; el caso se archivó en 2015. Pelosi murió poco después, a los 59 años.
Siempre planeó la sospecha de un crimen político disfrazado. Pasolini investigaba en Petróleo la muerte (camuflada como accidente) del empresario Enrico Mattei, presidente de Eni, y conocía nombres clave. “Fue un complot entre servicios secretos, Iglesia y políticos. Pasolini era peligroso para la sociedad italiana y la democracia”, afirmó el cineasta Federico Bruno, quien lo estudió para un documental. “Es injusto borrarlo de la memoria. Denunció pobreza, corrupción y miserias; rompió esquemas estéticos como Buñuel en Los olvidados”.
En octubre de 2023, la Comisión Parlamentaria Antimafia calificó el caso “crimen sin resolver” y pidió reapertura. Dos años después, la Fiscalía de Roma guarda silencio. Al cumplirse 50 años de aquella noche fatídica, el enigma persiste. Pasolini soñaba con una revolución de los oprimidos; su última entrevista fue premonitoria: “El infierno está subiendo”.